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5. Los primeros efectos del amor

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1. Como consecuencia del amor, resplandece el universo

los primeros efectos del amor

La radical afirmación de la persona amada, núcleo principal del amor —como vimos en el artículo precedente—, presenta dos claras manifestaciones:

una compuesta por los efectos del amor que cabría calificar como positivos;

y otra en la que los efectos del amor van de la mano de realidades “negativas”.

Expondré ahora los efectos positivos del amor, dejando para otro escrito el análisis de los que cabría llamar negativos.

El núcleo radical del amor se manifiesta primeramente
mediante efectos positivos.

Confirmación radiante

La comprobación gozosa del amor se da, de la manera más patente, en el enamoramiento.

Cuando uno se enamora o cuando sigue más y más enamorado —que ese es el destino del matrimonio: el desarrollo del amor—, no es solo que el ser querido resulte maravilloso, excepcional; es que el entero conjunto de cuanto existe resplandece con una luz inédita, con un fulgor, con unas irisaciones absolutamente desconocidos fuera de la condición de enamorado.

Y aquí cabría recordar un sinnúmero de poemas y canciones, que manifiestan intuitivamente el brillo particular de la naturaleza toda, como consecuencia de la transformación que experimenta quien enloquece de amor.

Bien clara resulta, a los efectos, la conocida canción latinoamericana:

Hoy todo me parece más bonito, hoy canta con más fuerza el ruiseñor… ¡Estoy contento, yo no sé qué es lo que siento!, ¡voy cantando como el río y como el viento…!

Como también lo son las certeras palabras de Alberoni:

El enamorado desea amor incluso si sufre, incluso si se atormenta. La vida sin amor le parece estéril, muerta e insoportable.

La persona amada no es solamente más hermosa y deseable que las otras. Es la puerta, la única puerta para penetrar en este nuevo mundo, para acceder a esta vida más intensa.

A través de ella, en presencia de ella, gracias a ella, encontramos el punto de contacto con la fuente última de las cosas, con la naturaleza, con el cosmos y con lo absoluto.

Pues, según señala Gautier —y considero la afirmación de una hondura poco común, aunque cueste percibirla o aceptarla—, «supone ya una gran felicidad poder amar, aun no siendo correspondido».

La persona amada es la única puerta
que nos da acceso a un mundo enriquecido.

¿Razones?

Intentaré apuntar los motivos profundos de este enriquecimiento derivado del amor.

No me parece sencillo, por lo que pido al lector que no se preocupe si no acaba de entender lo que expongo.

Hace ya bastante tiempo, en un trabajo especializado, llegué a la conclusión de que cabría concebir la belleza como «el ser llevado a plenitud y hecho presencia»: desplegado hasta su culmen y brillantemente manifiesto.

Y hacía ver, de acuerdo con la tesis más clásica de Occidente, que semejante plenitud requiere la integridad.

Que una obra artísticamente inacabada difícilmente es bella.

Y que, por el contrario, lo que conocemos como toque maestro, ese detalle final propio del genio, puede transformar un trabajo, incluso físicamente sin terminar, en un prodigio de hermosura.

Pues bien, aquel a quien amo vendría a ser como el toque genial del propio cosmos.

Es justo la persona amada quien completa el mundo, me lo acerca, y hace que todo él reverbere con un vigor y una intensidad que unos momentos antes de enamorarnos resultaban imposibles de predecir.

La persona amada es como el toque genial del universo,
que completa el mundo,
me lo acerca,
y hace que reverbere
con un vigor y una intensidad inimaginables.

Transfiguración

Cuando el maravilloso vigor del amor hace presa en nosotros, todo revive y se transfigura: incrementa su categoría, manifiesta su radiante y más honda brillantez.

En relación con la vida matrimonial —donde el despliegue del amor está llamado a manifestarse de una manera privilegiada—, lo ha expresado certeramente Rafael Morales:

Yo estaba junto a ti. Calladamente / se abrasaba el paisaje en el ocaso / y era de fuego el corazón del mundo / en el silencio cálido del campo.

Un no sé qué secreto, sordo, ciego, / me colmaba de amor; yo ensimismado, / estaba fijo en ti, no comprendiendo / el profundo misterio de tus labios.

Puse mi boca en su insistencia pura / con un temblor casi de luz, de pájaro, / y vi el paisaje convertirse en ala / y arder mi frente contra el cielo alto.

¡Ay, locura de amor!, ya todo estaba / en vuelo y en caricia transformado… / Todo era bello, venturoso, abierto… / y el aire ya tornóse casi humano.

También resultan reveladoras las palabras de Alberoni.

En efecto, cuando los bríos del amor despiertan en nosotros, cuando en nuestra existencia entra la persona amada,

toda nuestra vida física y sensorial se dilata, se hace más intensa; sentimos olores que no sentíamos, percibimos colores, luces que no veíamos habitualmente, y también se amplía nuestra vida intelectual porque descubrimos relaciones que antes creíamos opacas.

Un gesto, una mirada, un movimiento de la persona amada nos habla hasta lo más íntimo, nos habla de ella, de su pasado, de cuando era un niño o una niña; comprendemos sus sentimientos, comprendemos los nuestros.

Experimentamos, entonces, deseos

… de estar en el cuerpo del otro, un vivirse y un ser vivido por él en una fusión corpórea, que se prolonga como ternura por las debilidades del amado, sus ingenuidades, sus defectos, sus imperfecciones. Entonces, logramos amar hasta una herida de él transfigurada por la dulzura.

Y, en otro lugar, escribe:

El enamoramiento nos hace amar al otro por lo que es, hace amables incluso sus defectos, incluso sus carencias, incluso sus enfermedades.

Cuando nos enamoramos es como si abriéramos los ojos. Vemos un mundo maravilloso y la persona amada nos parece un prodigio del ser. Cada ser es, en sí mismo, perfecto, distinto de los otros, único e inconfundible.

Así agradecemos a nuestro amado que exista, porque su existencia no solo nos enriquece a nosotros mismos, sino también al mundo.

El influjo del amor hace amables
incluso los defectos del ser amado.

los primeros efectos del amor

2. Los defectos de la persona amada, suavizados por el amor

A la luz de lo que acabo de apuntar, se entiende mejor lo que sucede con los defectos del ser querido como consecuencia del amor que le profesamos.

En concreto, los del cónyuge, que son posiblemente los que más problemas causen.

En tres etapas

Medio en broma, medio en serio, me decía un amigo que, con ellos, ocurre algo bien curioso.

Durante la época de noviazgo, podemos llegar al ingenuo convencimiento de que la persona amada no tiene defectos.

O, más bien, es posible que partamos de semejante convicción y que nos mantengamos firmes en ella.

Y no porque nuestro novio o nuestra novia haga ningún esfuerzo particular para ocultarlos o, simplemente, los disimule.

Sino porque los ratos que pasamos juntos, precedidos del anhelo por encontrarnos con quien más queremos, son los mejores del día.

De ordinario, nos hallamos especialmente relajados y llenos de júbilo. Y, movidos por auténtico cariño, justo para hacerlo o hacerla feliz, sin proponérnoslo y a veces sin advertirlo siquiera, mostramos lo mejor y más atractivo de nosotros.

Más adelante, incluso en el mismo viaje de novios o en la noche de boda, esos defectos se nos muestran con toda su crudeza, tercos y resistentes.

Podrían ser el inesperado ronquido de aquel con quien nos acabamos de casar, su continuo dar vueltas en la cama, la tendencia inadvertida a ocupar en ella el lugar que nos corresponde…

Y, como no los habíamos descubierto en los meses previos al matrimonio, como ni siquiera los imaginábamos, nos desconciertan y tienden a desfigurar la imagen un tanto idílica que habíamos forjado de la persona amada.

Además, como a nosotros nos resulta fácil evitarlos —porque no son los nuestros, los que realmente nos parecen invencibles—, podemos incluso concluir que nuestro cónyuge obra de ese desafortunado modo ¡precisamente para molestarnos!

Del «no tiene defectos»
podríamos pasar
al «solo lo hace para fastidiarme».

¡Más defectos!

Injustos, sin pretenderlo

Aunque en el fondo constituya una verdad obvia, a menudo no advertimos que los únicos defectos que a cada uno nos suponen esfuerzo y lucha son los nuestros.

Los propios se nos presentan como insuperables y fácilmente los disculpamos, justo porque percibimos claramente la dificultad de eliminarlos: ¡vivimos ese conflicto en carne propia!

Al contrario, los de los demás, si no coinciden con los nuestros, nos parecen sencillísimos de suprimir.

De ahí que, si nos descuidamos, los califiquemos como extravagancias y chiquilladas. Como manías sin justificación, y menos en una persona a quien nos unen los lazos sinceros del amor.

O, dando un paso más y trayéndolo al propio terreno, como una manera especialmente hiriente, infundada e inoportuna, que utilizan quienes nos rodean para hacernos la vida imposible.

Un auténtico defecto

Por otro lado, no cabe considerar como defecto de alguien, simplemente, lo que nos molesta, porque choca con nuestro modo de ser.

Un auténtico defecto supone siempre para quien lo tiene un daño real, que lo incapacita para el armónico desarrollo de su humanidad.

A todo lo anterior habría que agregar que, de ordinario, habremos vivido durante años en el seno de la propia familia de origen, con unos modos de actuar relativamente estables.

Entonces, de manera semiconsciente, puesto que no conocemos otro, concluimos que ese, el de nuestro hogar, es el modo normal y bueno de hacer las cosas ¡para todo el mundo!

Como consecuencia, en bastantes ocasiones, tras la boda, habrá un buen número de comportamientos de nuestro cónyuge —nacido y crecido en un ambiente diverso— que nos desconciertan, nos incomodan o incluso nos parecen inadecuados, erróneos y éticamente reprobables: ¡malos! y dignos de ser corregidos.

Somos injustos con él o con ella,
¡y sin advertirlo!

los primeros efectos del amor

Distingue y triunfarás

En definitiva, para salir de este atolladero, habría que distinguir bien entre auténticos defectos, simples limitaciones y meras diferencias en el modo de ser y de obrar de los demás, incluida la persona amada.

¿Qué sucede si no tenemos en cuenta esas distinciones?

Pues que minucias como las de dormir con la ventana abierta o cerrada; leer o no en la cama; disponer la mesa, los cubiertos y la comida de un modo u otro; tener un horario inamovible o una amplia elasticidad en función de las necesidades, de la disponibilidad o incluso de la mera costumbre o de las ganas…

Tales menudencias, y otras del mismo estilo, pueden transformarse en montañas insuperables. En obstáculos casi invencibles, que acaban por dar al traste con un matrimonio, que contaba con todas las posibilidades de salir adelante y hacer muy felices a sus componentes.

Cómo sacarles partido

Un último comentario. He sugerido en un par de ocasiones, en artículos precedentes, que amamos con todo lo que somos ¡y con todo aquello de lo que carecemos!

Y me refería, muy particularmente, a este tipo de insuficiencias: nuestros defectos.

La verdad es que pueden transformarse en algo insufrible, en particular para nosotros mismos, que tanto tiempo llevamos aguantándonos. Pero también que, con la experiencia que da el paso de los años y un sereno batallar contra ellos, podemos convertirlos en nuevo y eficacísimo instrumento del amor:

En primer término, porque deberían hacernos más comprensivos con las manías de los otros.

Además, porque —con una pizca de buen humor: riéndonos de nosotros mismos— no es muy difícil utilizarlos como medio para hacer más amable la vida a quienes nos rodean.

Por ejemplo, trayéndolos escandalosamente a colación cuando alguno de nuestros hijos, o nuestro cónyuge, se sienten hundidos o desanimados por caer una y otra vez en sus propias faltas.

Si los dos miembros del matrimonio están dispuestos a luchar de veras, el propio combate sirve casi como justificación para el del esposo o la esposa, consigo mismo y con cada uno de los hijos.

Cuando los dos cónyuges están decididos a luchar,
el propio combate ayuda a comprender mejor
el del otro miembro del matrimonio.

¡Y más todavía!

Volvamos a los defectos y al itinerario normal de un matrimonio normal, en el que los dos buscan la felicidad del otro, poniendo en juego todos los resortes del amor.

En tales casos, si se continúa alimentando y crece el auténtico cariño, con el tiempo las aguas vuelven a su cauce:

Movidos por un amor más maduro, marido y mujer se esfuerzan por evitar cuanto pudiera perturbar la paz y la armonía familiar o molestar a la persona amada: al cónyuge y a los hijos.

No cambian de manera radical —excepto en contadas ocasiones—, porque ese cambio es bastante difícil entre los seres humanos.

Pero mejoran: buscan los medios de hacer que aquellos detalles que apenas pueden soslayar sean menos gravosos para el cónyuge.

Y ese empeño por complacerlo provoca, en el cónyuge, auténtica ternura.

Entonces, como afirmaba Alberoni, logramos amar hasta una herida de él transformada por la dulzura.

En resumen y enlazándolo expresamente con la formación y el desarrollo humano:

las personas somos capaces de perfeccionarnos en proporción y como consecuencia directa del amor que nos dan;

avanzamos velozmente cuando nos quieren mucho y es casi imposible que mejoremos si nadie nos ama de veras.

Las personas mejoramos
en proporción y como consecuencia directa
del amor que nos dan.

los primeros efectos del amor

3. Nuestra propia mejora, derivada del amor de la persona amada

Mejora personal = incremento del amor

Pero hay más.

A caballo del amor no solo se pule y acrecienta aquello que nos rodea y, muy en particular, la persona amada.

El embellecimiento es total.

También nos completamos nosotros, cambiamos de clave, de calidad.

En un libro ya antiguo, dirigido a adolescentes, aseguraba el doctor Carnot, a propósito del amor surgido en ellos:

Un buen día, sin saber por qué, está uno alegre, se siente mejor. Todo parece más amable en derredor. Se tienen ganas de reír y de cantar, de caminar a grandes pasos a través de las calles. Se está mejor dispuesto para el trabajo.

Al mismo tiempo, descubrimos en nosotros mismos una fuerza desconocida que nos empuja al deseo de realizar algo grande. Tenemos necesidad de salir de nosotros mismos, de abrirnos. Nos volvemos más cordiales, más generosos, más entusiastas, más benévolos para con todo el mundo.

¡Ha nacido el amor!

Acaso estas palabras pequen de excesivamente sentimentales o exageradas. Pero lo que dicen no es una simple metáfora. Veremos que una de las verdades más profundas de la antropología de todos los tiempos, en la que han insistido los mejores de nuestros contemporáneos, es que el amor nos perfecciona, que nos hace crecer hasta límites a menudo insospechados.

Más aún, solo la fuerza del amor inteligente es capaz de hacer progresar al hombre como tal. Es decir, no desde puntos de vistas sectoriales, como la profesión, las aptitudes, las capacidades físicas, las destrezas, la propia imagen…; sino justo en cuanto persona.

Lo sostenía Wojtyla desde sus años jóvenes:

A la gente le gusta creer que Wujek querría ver casado a todo el mundo. Pero se trata de una imagen falsa. El problema más importante lo constituye en realidad otra cosa. Todo el mundo […] vive, por encima de todo, por el amor. La capacidad de amar de modo auténtico, y no la gran capacidad intelectual, constituye la parte más profunda de una personalidad. No es accidental que el mayor de los preceptos sea el de amar.

«Todo el mundo vive,
por encima de todo,
por el amor».

Distintos modos de revelarse

Esta principalidad del amor ha tenido diversas manifestaciones a lo largo de la historia.

Valga, como botón de muestra, la siguiente reflexión de Marías, derivada de la consideración del amor cortés:

  El hombre va a desear y admirar ciertas condiciones en la mujer: la gentileza, la compasión, si es posible el intelletto d’amore; pero la mujer va a exigir también: cortesía, destrezas, esfuerzo, valor, sacrificio, decir cosas hermosas. Es el doble motor de la mutua perfección, que se despliega, enriquece y transforma en el Renacimiento, y se diversifica en estilos nacionales.

O estos versos de Morales, que nos aseguran que todo —hombre y mundo—, tocado por el nervio alado del amor, despliega su propia energía, hasta alcanzar, de forma paulatina, la plenitud final:

Pero tú no eres libre, no lo eres, / hombre sin nadie, hombre que no amas; / estás solo en la tierra: nada eres, / oh, prisionero de divina ansia. // Llena de amor tus labios y tu frente / y confunde tu alma en otra alma, / y todo el cosmos girará contigo, / pleno de dicha, como inmensa ala.

Solo el vigor derivado del amor inteligente
hace progresar al hombre,
a la persona amada,
justo en cuanto persona.

(Continuará)

Tomás Melendo
Presidente de Edufamilia
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es