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4. El primer bien de la persona amada

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El primer bien: confirmar en el ser

1. Los bienes radicales de la persona amada

El conjunto de artículos titulados El verdadero rostro del amor tiene como principal objetivo responder a la pregunta: ¿cuál es el bien que se busca para la persona amada?, ¿qué es lo que realmente la perfecciona?; o, desde una perspectiva más determinada, ¿cómo se concreta el amor a los demás?

Al iniciar una respuesta, nos encontramos con dos caminos: el del análisis y el de la síntesis.

El análisis

Si nos introducimos por el primero, el de la descripción detallada de los bienes de la persona amada, el sendero se torna infinito.

Para quienes quiero debo perseguir todos los bienes que les aprovechen realmente, en la medida en que estén a mi alcance.

Pero, entonces, la tarea deviene inacabable, pues el número de esos bienes no tiene límite.

¿Por qué habría de abstenerme de proporcionar un bien a mi mujer, a mis hijos o amigos, si está en mi mano conseguirlo y contribuye a su perfeccionamiento?

Embocar esta vereda nos introduce, pues, en un callejón sin término.

el primer bien de la persona amada

Para la persona amada,
debo intentar conseguir
todos los bienes que le aprovechen.

Y la síntesis

Probemos la otra vía, la de la síntesis o resumen, y veremos que la cuestión se simplifica.

Podremos afirmar que todos los bienes de la persona amada se reducen a dos:

1. Que esa persona sea, que exista.

2. Y que sea buena, que vaya alcanzando su plenitud en cuanto persona y, como consecuencia, la felicidad y la dicha.

Todos los bienes de la persona amada
se reducen a dos:
que sea y que sea buena.

2. Un “sí” a la persona amada

Con todo nuestro ser

Como sugerí en otro artículo, amar a una persona es confirmarla en el ser, decirle que sí, no tanto con palabras, sino con la vida entera:

con nuestras cualidades;

con nuestras limitaciones;

y también con nuestros defectos, cuando los reconocemos y sabemos enfrentarnos a ellos.

Amar es apuntalar, con todo nuestro ser, el ser de la persona amada. Volcar en apoyo de quien amamos cuanto somos, sentimos, podemos, poseemos o deseamos incluso remotamente conseguir.

Amar es apoyar,
con todo nuestro ser,
el ser de la persona amada.

Buscando su plenitud

Y hacerlo, todo, por su bien: es decir, buscando que la persona amada alcance su plenitud o se acerque a ella.

La cuestión viene de antiguo: como mínimo, de Aristóteles.

Y en nuestros tiempos la ha puesto de relieve Pieper.

Cuando nos enamoramos —viene a decir este filósofo alemán—, lo primero que surge en nosotros es un radical a la persona amada.

Un sí que, de ordinario, se encarna en sentimientos y exclamaciones del tipo: ¡es estupendo que existas!, ¡yo quiero, con todas las fuerzas de mi alma, que tú existas!, ¡qué maravilla que hayas sido creado o creada!

Amar a una persona es decirle que sí,
no tanto con palabras,
sino con la vida entera.

Confirmar eficazmente su ser

1. Un “sí” eficaz a la persona amada

“Realmente real” para quien ama

Esa confirmación no es una veleidad, un deseo ineficaz o inconsistente.

Al contrario, el amor tiene como principal efecto hacer realmente real, para quien ama, a la persona amada: conseguir que, para el amante, la persona amada exista de veras.

Lo ilustraré con un ejemplo:

Cuando damos un paseo o hacemos un viaje, cuando nos trasladamos de un lugar a otro, nos cruzamos con cientos de personas.

Pero, de ordinario, ninguna de ellas es la persona amada. 

Más bien, se trata de personas anónimas, de las que no podremos decir nada, a las que no sabríamos reconocer y que no influyen en nuestro comportamiento.

Cabría afirmar que ninguna de ellas existe para nosotros: nos daría igual que no hubieran nacido o que, en su lugar, hubiera otras (es como si no existieran).

el primer bien de la persona amada

Y capaz de modificar su conducta

Lo contrario ocurre con la persona o las personas amadas.

Cuando entro en casa, cuando me reúno con mis amigos, a los que sí quiero, todos existen para mí.

Despiertan sentimientos y reflexiones, me instan a ocuparme de ellos y modifican mi modo de obrar.

Me llevan a estar en los detalles materiales y espirituales, para hacer más gozosa su vida.

Y, cuando se trata de personas muy queridas y cercanas, me ayudan a sacar lo mejor de mípara ponerlo al servicio de quienes quiero.

El primero y principal efecto del amor humano
es hacer realmente real,
para quien ama,
a la persona amada.

Los dos opuestos del amor: la indiferencia y el odio

Confirmar en el ser, hacer de la persona amada alguien realmente real: en eso consiste el amor, ahí encontramos su núcleo más radical.

Se advertirá mejor si lo enfocamos desde el extremo opuesto.

Lo contrario del amor, al que va unida la vida, son:

Por un lado, la indiferencia, que actúa como si el otro no existiera.

Lo ningunea, lo convierte en ninguno, en nada.

Y, por otro, en su sentido más duro y certero, el odio, al que se liga la muerte.

La indiferencia es, en cierto modo, más radical, pues supone la no-existencia del otro y obra como si no existiera.

Mientras que el odio resulta más activo, en la medida misma en que va siendo más hondo y real: busca aniquilar al sujeto al que rechaza y, si puede, acaba con él.

Al amor se oponen la indiferencia y el odio,
aunque de distinto modo.

Eliminar a quien se odia

En última instancia, con más o menos conciencia, cuando alguien odia de veras pretende eliminar el ser de lo no-querido, de una de estas dos maneras:

Suprimiéndolo en cuanto otro, valorándolo solo en la medida en que sirve a mis propios gustos o intereses: configurándolo, con palabras de Delibes, como un apéndice de mi egoísmo o una prótesis de mi yo.

O anulándolo de forma radical y absoluta (no solo para mí): arrojándolo fuera del conjunto de los existentes o impidiendo que entre en el festín de la vida: eutanasia, aborto, contraceptivos, terrorismo, fobias racistas o de otro tipo, violencia en general…

Y si, por una excesiva y casi neurótica atención de cada uno de sus miembros a sí mismo, toda una civilización se encuentra dominada por el desamor, dará a luz a una cultura del desinterés o de la indolencia, del egoísmo, del descarte, del terror o incluso de la muerte.

Cuando alguien odia, y odia de veras,
pretende eliminar al ser no-querido.

2. Un “sí” absoluto a la persona amada

el primer bien de la persona amada

¡No sin la persona amada!

Volvamos a las dimensiones afirmativas.

El amor auténtico no solo confirma en el ser a la persona amada.

Lo hace con tal franqueza y radicalidad que aquel o aquella a quien se ama resulta imprescindible para todo: desde lo más menudo e intrascendente, hasta el conjunto del universo.

Ortega lo ha expuesto con maestría, en sus Estudios sobre el amor:

Amar a una persona es estar empeñado en que exista;

no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde aquella persona esté ausente.

Amar a una persona
es estar empeñado en que exista;
no admitir un universo en el que la persona amada esté ausente.

¿No sin la persona amada?

Cabe entonces formular un interrogante práctico, de enorme relevancia, sobre todo para los esposos: ¿eres capaz de concebir la vida sin la persona amada, sin tu cónyuge?; ¿te ves a ti mismo funcionando con relativa normalidad sin él o sin ella?

No se trata de que si, por desgracia, fallece uno de los cónyuges, el otro no se rehaga, con la ayuda de Dios y de las restantes personas que lo aman.

Sino de si, en este preciso instante —ahora, cuando lees—, te sientes capaz de seguir viviendo, sin la persona a la que dices amar con locura: si te imaginas, si eres capaz de concebirte sin la persona amada.

Si la respuesta es afirmativa, tal vez ese amor no se haya fortalecido ni madurado como sería de desear.

¿Te “ves” ahora mismo viviendo
sin la persona a la que más amas,
sin “tu persona amada”?

(Continuará)

Tomás Melendo
Presidente de Edufamilia
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es