En este momento estás viendo 14. Defectos, limitaciones, diferencias

14. Defectos, limitaciones, diferencias

Defectos, limitaciones y diferencias

En el conjunto de la vida familiar

Distinguir adecuadamente entre defectos, limitaciones y diferencias es de capital importancia para la educación de los hijos y para un correcto desarrollo de la vida conyugal.

Se trata de algo relativamente fácil de entender y aceptar, aunque más difícil de vivir.

Pero su importancia en la práctica es tanta que puede determinar el éxito o el fracaso de toda la vida en familia y, muy particularmente, del matrimonio.

Compensa, entonces, que dediquemos unos minutos a comprender esa distinción y a reflexionar sobre ella.

Fácil de entender y aceptar,
algo más difícil de vivir,
y con una importancia que no cabría exagerar.

En la educación de los hijos

En la educación de nuestros hijos resulta imprescindible aceptar a cada uno tal como es, con sus diferencias respecto a los demás, sus limitaciones y sus defectos.

Distinguir entre estas tres realidades, y adoptar con cada una la actitud y el comportamiento adecuados condiciona tremendamente el clima del hogar y el crecimiento y desarrollo de quienes lo integran.

Hay que aceptar y querer a cada hijo tal como es,
con sus defectos, limitaciones y diferencias.

Defectos ≠ limitaciones ≠ diferencias

En el seno del matrimonio y en la educación de los hijos
es fundamental distinguir claramente
entre defectos, limitaciones y diferencias . . .
y obrar en consecuencia.

Diferentes, también en nuestros defectos

Fácil de decir y entender, pero difícil de poner en práctica

Si nos tomáramos en serio la tan repetida afirmación de que cada persona es única e irrepetible, habríamos de concluir, en primer término, que todos somos diferentes a todos los demás.

Y diferentes en todo, también en nuestros defectos, en nuestras limitaciones ¡y en nuestras diferencias!

Pero una cosa es saberlo y otra vivirlo.

Y otra, mucho más difícil, vivirlo con nuestros hijos.

Y mucho más complicado aún vivirlo con nuestro cónyuge, que es con quien más lo tenemos que vivir.

¡Nos molestan!

Y es que los defectos nos molestan, las limitaciones nos molestan y también las diferencias nos molestan.

Y, como nos molestan, tendemos a meterlos en el mismo saco: el de los defectos, que es necesario corregir; obviamente, por su bien (el de nuestros hijos y nuestro cónyuge), ¡no faltaría más!

Existe una tendencia bastante generalizada a tratar
las diferencias y las limitaciones como defectos,
que deben ser corregidos.

Distingamos

Si aprendemos a distinguir entre estas tres realidades, nos ahorraremos muchos disgustos y bastantes problemas.

Diferencias

Las diferencias, sin más, no son defectos, por más que nos cueste convivir con ellas.

Cada persona es como es, única e irrepetible. E incomparable e insustituible, no lo olvidemos.

Y solo siéndolo a fondo podrá llegar a ser quien está llamada a ser: su mejor versión, como suele decirse.

Pero, en cualquier caso, la suya ¡solo la suya!:

diferente a cualquier otra mejor versión, incluyendo la que nosotros desearíamos para él o para ella,

la que nos gustaría,

la que nos evitaría problemas o incomodidades, etcétera.

Si hemos educado igual a todos nuestros hijos,
al menos a todos menos uno los hemos educado . . . ¡mal!

Limitaciones

En abstracto, admitimos sin dificultad que todos somos limitados. Y también que hay que contar con las limitaciones propias y ajenas.

Mucho más nos cuestan, en el día a día, aceptar las limitaciones de quienes conviven con nosotros, particulares y concretas ¡y cercanas!

Y muchísimo más si nosotros no las tenemos

 ¡Y no quiero contarte si se trata de algo que se nos da bien o incluso muy bien: que nos sale solo!

Simplemente, «no podemos comprender como él o ella no son capaces de poner por obra algo tan sencillo…».

Sencillo para nosotros, como nos quedará claro en cuanto pensemos un poco.

No necesariamente para los demás.

Los demás son ¡diferentes!

¡Y nadie está obligado a ser perfecto!

Ninguno de nuestros hijos
tiene el deber de ser perfecto:
no le pidamos lo que no nos puede (ni debe) dar.

defectos, limitaciones, diferencias

Defectos

Hasta aquí las limitaciones y las diferencias.

Los defectos van por otro lado.

Ante todo, dejemos claro lo que es realmente un defecto.

No es un defecto

Ya hemos visto que un defecto no es «lo que nos molesta y porque nos molesta», aunque normalmente los defectos nos molesten, como también las limitaciones y las diferencias.

Ni es una simple limitación ni, menos, una diferencia.

Sí es un defecto

En sentido propio, un defecto es algo que hace daño a quien lo tiene porque perjudica también a quienes lo rodean, y viceversa.

Lo que le impide desarrollarse como persona, porque lo hace también más difícil para quienes conviven con él.

Eso y solo eso.

Nada tiene que ver con que nos moleste, aunque nos moleste.

En sentido propio, un defecto es algo
que hace daño a quien lo tiene,
porque también perjudica a quienes lo rodean.

defectos, limitaciones, diferencias

Seamos coherentes

Aunque cueste, ¡y vaya si cuesta!, las conclusiones son claras.

1. Las diferencias hay que amarlas y promoverlas, por más que nos puedan fastidiar.

2. Las limitaciones hay que tenerlas en cuenta, para no pedir a alguien lo que no puede dar y, sobre todo, para ignorarlas y centrar nuestra atención en sus cualidades y fortalezas, que es lo que debemos promover.

3. ¿Y los defectos?

A la persona hay que quererla con sus defectos y disponernos amablemente, y con suma paciencia, a ayudarle a superarlos ¡sobre todo a través de nuestro amor!

Y saber y considerar, aunque sea obvio, que a cada uno/a nos cuesta superar los propios defectos, no los de los demás.

Es obvio, pero conviene pensarlo
con calma al menos una vez:
a cada unonos cuesta superar
nuestros propios defectos,
no los de los demás.

Seamos aún más coherentes

Lo expreso adrede con tono más provocativo y cercano a la vida vivida, en el matrimonio y en la familia:

1. Diferencias

Las diferencias de mi cónyuge o de cada uno de mis hijos no solo debo respetarlas, sino, en el sentido más fuerte de la expresión, venerarlas y promoverlas con todas las fuerzas y los medios a mi alcance, me molesten o me agraden.

Solo entonces puedo decir que los quiero de veras, que los quiero bien, que quiero su bien.

De lo contrario, les estoy negando la capacidad de crecer como personas, como esa persona única que cada uno es (ninguna persona puede crecer como persona sino desarrollando su propio modo de ser, no otro).

Y, por consiguiente, la de ser felices.

2. Limitaciones

Las limitaciones son algo con lo que tengo que contar y que debo aprender a respetar.

Es absurdo, y fuente de frustraciones, que pida a alguien lo que no puede darme, por más que a mí me resulte facilísimo y no consiga entender cómo él o ella son incapaces de realizarlo.

3. Defectos

¿Y los defectos? A sabiendas de que voy a provocar escándalo, me lanzo a sentenciar:

Los defectos han de llegar a producirnos ternura.

No solo los de los hijos, sino también los del cónyuge.

Sí: también los del cónyuge.

Repito: ¡también los del cónyuge!

Pero este es un tema que no puedo ni debo tratar aquí.

Los defectos del cónyuge y los de los hijos
tienen que llegar a producirnos ternura.

Aceptar los defectos

La persona que tiene defectos ha de ser amada
sin condiciones:
sus defectos deben ser, ante todo, aceptados.

Aceptación incondicional

En este contexto, aceptación incondicional equivale a incondicionada e incondicionable: nada puede hacerla cambiar.

En el matrimonio

El trato con el propio cónyuge y la educación de los hijos deben estar trenzados con amor: son, en última instancia, manifestaciones fundamentales de amor.

Se dan, por tanto, en las dos esferas los tres momentos o componentes del amor:

1. La confirmación en el ser: ¡es maravilloso que existas!

2. La búsqueda eficaz de la plenitud de la persona querida: te quiero y te quiero feliz y, por tanto, buena.

3. La entrega del propio ser, a través de la que manifiesto confirmo a la persona amada y provoco su desarrollo:

«Me pongo plenamente a tu servicio para que tú alcances la maravilla de perfección que estás llamado a ser y que mi amor ha descubierto en ti».

En la educación de los hijos

La educación parece más relacionada con el segundo elemento: quien ama de veras a otra persona quiere que esa persona sea buena y feliz.

Pero ¡cuidado!: ese querer solo resultará eficaz si está precedido, acompañado y como arropado por la aceptación incondicional —incondicionada e incondicionable— de aquel a quien queremos ayudar.

No es posible confirmar en el ser a quien se ama —amarlo realmente— si el deseo de que mejore llega y pretende imponerse demasiado pronto, por decirlo con un deje de metáfora e ironía.

Desde el primer instante y siempre —amor ¡incondicional!— hay que aceptar y querer a cada hijo como efectivamente es, hoy y ahora:

con todos y cada uno de sus defectos, por más destructivos que parezcan y que efectivamente lo sean.

Querer a una persona supone
aceptarla incondicionalmente tal como es.

Quererlos tal como son, aquí y ahora

defectos, limitaciones, diferencias

No antes de lo debido

Si pretendemos que alguien mejore antes de tiempo, se sentirá rechazado, no querido, porque de veras no lo amamos a él, aunque nos parezca lo contrario.

Como consecuencia, no podremos ayudarlo a desarrollarse.

De especial aplicación con los hijos rebeldes, que pasan de nosotros y del resto de la familia;

que están siempre a la contra;

que viven su vida ¡dentro de nuestro hogar!;

que se niegan con los hechos a estudiar y a trabajar…

Así, precisamente así, debemos quererlos: ¡por más que nos duelan! y precisamente porque nos duelen más.

Sin dar por bueno lo que no lo es

No habría que aclarar que esto no significa que aprobemos su comportamiento:

El rechazo tajante y radical ¡y sereno! de su conducta puede y debe convivir con la plena aceptación de su persona, aún más radical que ese rechazo:

una aceptación sin condiciones y que nada debería condicionar.

Si pretendemos que alguien mejore
antes de haberlo aceptado de manera incondicional,
se sentirá rechazado.

Aceptarlos sin reservas

Quererlos como realmente son

Si en nuestro afán de ayudarlos, no aceptamos a nuestros hijos como realmente son, con todos sus dolorosos y lacerantes defectos.

Si por encima y por «delante» de todo buscamos que cambien, difícilmente lograremos ayudarlos.

En el fondo-fondo, y aunque nos cueste admitirlo, no los queremos a ellos, sino a su alias mejorado según nuestras expectativas.

Un rechazo inadvertido

Al sentirse rechazados, se encerrarán en sí mismos.

¡Y harán vano nuestro intento de llegar hasta ellos, ilustrar su inteligencia, mover su voluntad y ayudarlos a ser mejores personas!

Al contrario, nuestro amor incondicional constituye el mejor motor para su desarrollo: al amor da alas a la persona amada, permitiéndole y animándole a volar más y más alto.

La persona que se sabe y se sienta amada
experimenta por eso mismo
un profundo anhelo de mejora.

Y ayudar a superar los defectos

Una vez aceptados,
debemos ayudar a quienes queremos
a superar sus defectos,
teniendo bien en cuenta que,
justo por ser defectos,
resultan muy difíciles de vencer.

Perder y ganar

¿Por qué…, por qué…?

La pregunta se impone por sí misma, pero tal vez nunca nos la hayamos planteado expresamente ni hayamos indagado en su respuesta:

¿Por qué, si está más que comprobado que fomentar cualidades es más estratégico y eficaz que corregir defectos —y quien más quien menos tenemos incluso experiencia propia—, nos empeñamos en centrar casi toda nuestra atención en estos últimos, en los defectos?

Y eso, tanto en la educación de nuestros hijos como en el trato con nuestro cónyuge.

Tres posibles respuestas

1) O es que no estamos tan persuadidos de que lo que acabo de repetir sea verdadero: de que atender a las cualidades y fomentarlas es más «rentable» que afear y corregir los defectos.

2) O es que, si lo admitimos, no sabemos qué hacer con los defectos y esa ignorancia nos desconcierta.

3) O es que, aun estando convencidos e intuyendo la solución, no somos capaces de soportar los defectos de los otros.

¿Por qué nos empeñamos
en recordar y corregir sin tregua
los defectos de nuestros hijos?

Jugando a perdedores

Qué pasa con los defectos

Es obvio que, por su misma naturaleza, los defectos son muy difíciles de superar.

Por tanto, si enfrentamos a nuestros hijos constantemente con sus defectos, los estamos condenando a un fracaso casi continuo, con todas las consecuencias que de ahí se derivan:

baja autoestima,

roces con sus hermanos y con nosotros,

deterioro del ambiente de familia,

problemas escolares y con sus compañeros y amigos, etcétera.

¿Por qué, entonces, lo hacemos?

Los defectos de nuestros hijos saltan a la vista… o al oído… o a la ropa… o a los muebles…

No hay que prestar mucha atención para descubrirlos.

Y además, cuando estamos en nuestras cosas, nos resultan molestos.

Se los corregimos, incluso a gritos, y pensamos que lo estamos haciendo bien, que los estamos educando.

Y qué con las cualidades

Y de las cualidades, sin embargo, no hacemos el menor caso.

¿Que exagero?

Prueba a confeccionar, mentalmente o por escrito, la lista de los defectos de uno de tus hijos.

Basta que recuerdes las veces en que, en los últimos diez días les has dicho algo como:

«eres un desordenado»,

«solo piensas en ti mismo»,

«no se puede contar contigo para nada»,

«nunca escuchas cuando te hablo»,

«jamás me dices lo que haces, con quién sales o adónde vas».

¿Serías capaz de hacer una lista simétrica de las cualidades:

con nombre propio

o, al menos, con una descripción relativamente pormenorizada?

No me sirve el «pero es muy bueno», porque eso lo son todos y por defecto:

vienen así de fábrica.

Conocemos muy bien los defectos de nuestros hijos;
pero probablemente ignoramos sus cualidades.

defectos, limitaciones, diferencias

Ganar, en tres pasos... o en cuatro

La solución

¿Luego…?

Permíteme un consejo:

1. Reúnete con tu cónyuge y escribe la lista de las cualidades de cada hijo, empezando por el más difícil, el que nunca se está quieto o tranquilo o callado, el que te cae peor.

2. A continuación, con la práctica adquirida, haz otro tanto con los restantes.

3. Pide a tu cónyuge que te recuerde esas cualidades cuando Herodes-aniquila-niños esté a punto de convertirse en tu héroe preferido y pienses que ese hijo o esa hija ¡no tienen remedio!

4. ¡Y ahora viene lo bueno!

De nuevo de acuerdo con tu cónyuge, dispón la dinámica del hogar de modo que cada uno de los miembros de la familia —incluidos vosotros dos— se encuentre con el mayor número de posibilidades de dar lo mejor de sí, desarrollando sus mejores y más destacadas cualidades. 

Cuando estas hayan crecido, él mismo o ella misma (también tú o tu cónyuge) se enfrentará con sus defectos y, además, con posibilidades de éxito.

Eficaz, pero exigente

¿Que todo eso exige mucha dedicación, tiempo y empeño?

Por supuesto, ¡quién lo va a negar! Añadiría que incluso más de lo que piensas.

Pero ¿no habíamos quedado en que tu familia era lo más importante?; ¿no estábamos de acuerdo en que era imposible educar a un hijo sin dedicarle todo el tiempo que necesite, sin prisas ni precipitaciones?

¿Os es que eso de que nuestra familia es lo primero se queda solo en teoría, como algo que hay que decir, pero que no influye en nuestra vida?

Conoce las cualidades de tus hijos,
pide a tu cónyuge que te las recuerde,
dispón la marcha del hogar del modo más oportuno
para que puedan desarrollarse.

«Sí, pero con mi cónyuge»

Defectos y cualidades del cónyuge

Todo lo anterior, cambiando lo que haya que cambiar —y esfuérzate en no cambiarlo demasiado— es igualmente eficaz con tu cónyuge.

Prueba ¡y comprueba!

De momento, pues no es lo que principalmente nos ocupa, me limito a copiar una historieta tomada de Ugo Borghello, que me viene ayudando desde hace años:

Narra una fábula que el demonio merodeaba por los barrios con el fin de dividir y arruinar a las familias.

Entraba en una casa bajo la apariencia de un peregrino cansado y, mientras lo atendían se las ingeniaba para hacer a la mujer caer en la cuenta de que el marido la trataba como una esclava, mientras él permanecía tranquilamente sentado, charlando con el huésped, o cosas por el estilo.

Y así proseguía insidiando, hasta que lograba hacer estallar una rabiosa discusión.

Defectos, no; cualidades, sí

Pero un día entró en una casa donde todos sus intentos fracasaron.

Fue él entonces quien se enfadó, y, desesperado, exclamó:

“¿Pero vosotros no discutís nunca?”

“No, porque desde el primer día hicimos un pacto: cada cual deberá fijarse solo en los propios defectos y en los méritos o cualidades del cónyuge”.

Basta reflexionar un poco sobre la anécdota para advertir que quien se comporta de este modo lleva todas las de ganar.

Cada cual deberá fijarse solo en los propios defectos
y en los méritos o cualidades del cónyuge.

¿Corregir defectos o fomentar cualidades?

Normalmente multiplicamos
aquello a lo que prestamos atención,
aunque sea con el propósito de corregirlo.

defectos, limitaciones, diferencias

Ignorar los defectos, condición de eficacia

Como ya he comentado, y pese a que al reflexionar sobre ello a menudo nos puede llagar a parecer obvio, resulta difícil convencerse operativamente, en la educación de nuestros hijos y en el trato con nuestro cónyuge, de que fomentar cualidades es siempre mucho más rentable que corregir defectos.

Y más todavía —añado ahora— de que lo mejor que puede hacerse con los defectos es ¡ignorarlos!

¿Qué es eso de ignorar los defectos de las personas a las que amo? ¿Cómo voy a ayudarles a vencerlos si no los saco a la luz? ¿No significa más bien desentenderme de ellas, no quererlas de veras?

No. Significa empeñarte en prestar atención a lo mejor de cada uno, que es lo auténticamente eficaz.

Lo mejor que puede hacerse con los defectos es
¡ignorarlos!,
¡no prestarles la menor atención!

Primer experimento

Para los más recalcitrantes, me limito a transcribir, literalmente, la primera parte del experimento que recoge Elisabeth Lukas (en Equilibrio y curación a través de la logoterapia. Barcelona: Paidós, 2004, pp. 55-57).

Estas son sus palabras:

«La elección de a qué prestamos preferentemente nuestra atención es un acto del que dependen muchas cosas, tal como se demuestra en el pequeño experimento de la psicología conductista que presentamos a continuación:

Desarrollo

“Eran las 9:20 de la mañana en una clase de niños de enseñanza primaria; cuarenta y ocho alumnos y dos profesores. El aula disponía de dos espacios con una pared corredera en medio. Las mesas estaban distribuidas en seis grupos de ocho niños cada uno. Los alumnos habían recibido unos deberes, que debían realizar en su sitio, mientras los dos profesores, jóvenes y capacitados, enseñaban a leer por separado en grupos reducidos.

Los observadores entraban en el aula, se sentaban y, durante los veinte minutos siguientes, iban anotando, a intervalos de diez segundos, el número de niños que no estaban en su sitio. El estudio se prolongó durante seis días. Los observadores también anotaban la frecuencia con que los profesores pedían a los niños que se sentaran o que volvieran a su sitio.

Durante estos primeros seis días, se registraron tres niños alejados de su silla cada diez segundos, mientras que los profesores dijeron ‘sentaos’ unas siete veces durante los veinte minutos de observación.

Siete advertencias,
tres infracciones.

Cambio de rumbo

Entonces ocurrió algo sorprendente.

Se pidió a los profesores que dijeran ‘sentaos’ a los niños con más frecuencia.

Durante los doce días siguientes, los maestros dijeron 27,5 veces ‘sentaos’ en cada intervalo de veinte minutos, y hubo más niños levantados (una media de 4,5 cada diez segundos).

Veintisiete advertencias «y media»,
cuatro infracciones «y media»

defectos, limitaciones, diferencias

Nuevo cambio de sentido

Hicimos otra prueba.

Durante los ocho días siguientes, los profesores volvieron a decir solo 7 veces ‘sentaos’ en los veinte minutos.

La cantidad de alumnos que abandonaros su silla volvió a la media de tres cada diez segundos.

Siete advertencias,
tres infracciones.

Una nueva inversión de ruta

Entonces, volvimos a pedir a los profesores que dijeran ‘sentaos’ más a menudo (28 veces en veinte minutos).

Los niños volvieron a levantarse otra vez con más frecuencia, 4 veces cada diez segundos.

Veintiocho advertencias,
cuatro infracciones.

defectos, limitaciones, diferencias

Comprobación definitiva

Finalmente, pedimos a los profesores que se abstuvieran completamente de decir ‘sentaos’

y, en su lugar, elogiaran el hecho de trabajar y quedarse sentado.

Lo hicieron bien, y menos de dos niños se levantaron cada diez segundos (la cifra más baja de todas las observaciones).”

Ninguna advertencia
(solo elogios),
solo dos infracciones
(el menor número
en absoluto).

Más correcciones-advertencias, más infracciones.
Menos correcciones-advertencias, menos infracciones.
Elogios justificados, ¡la mejor conducta!

Enseñanza: la “trampa” de la crítica

La crítica se realimenta

Lo que quedó comprobado en este experimento fue la llamada “trampa de la crítica”, es decir, que, en la mayoría de los casos, lo que hace la crítica reforzada es provocar realmente la conducta que se critica.

Y como la conducta perturbadora que se crítica se ve reforzada, entonces se crítica más todavía, y esta crítica vuelve a reforzar la conducta, a no ser que se reduzca la crítica a pesar de la conducta perturbadora repetida y se dirija la atención hacia lo positivo, lo cual, en la vida real, fuera de un marco experimental, no resulta fácil.

El corto y el largo y definitivo plazo

A ello se añade el agravante de que la crítica obtiene a menudo un éxito a corto plazo, que hace olvidar el mecanismo fundamental de la trampa.

Así, el ‘sentaos’ de los profesores en el día a día escolar antes citado hace que los niños se sienten momentáneamente, aunque después se vuelve a levantar con una frecuencia todavía mayor, y aquel sentarse momentáneo puede crear la ilusión de que la crítica era correcta y oportuna.

Sin embargo, su efecto final es el contrario, porque obliga a los profesores a fijarse en lo negativo y no en lo positivo, y porque aquello en lo que nos fijamos mentalmente siempre experimenta un refuerzo».

defectos, limitaciones, diferencias

La “trampa de la crítica”:
en la mayoría de los casos, la crítica reiterada
provoca más y más la conducta que se critica.

Segundo experimento

No contentos con esta primera comprobación experimental, los autores de la prueba quisieron reforzarla.

De nuevo lo cuenta Lukas, cuyas palabras transcribo también de manera literal:

Desarrollo

El refuerzo de lo negativo

«Veamos cuánto se puede reforzar lo negativo si solo nos fijamos en ello:

“En un experimento, transformamos una clase ‘buena’ en una clase ‘mala’ por unas semanas. Sugerimos al profesor que no elogiara más a sus alumnos. Cuando dejó de elogiarlos, la conducta perturbadora no deseada aumentó de un 8,7% a un 25,5%. El profesor reprobó el mal comportamiento y se abstuvo de elogiar la conducta de los niños que estaban haciendo sus deberes.

Cuando pedimos al profesor que, en lugar de 5 veces en veinte minutos, reprobara a sus alumnos 16 veces en veinte minutos, la conducta perturbadora aumentó todavía más. Subió hasta una media de 31,2% y se mantuvo durante unos días por encima del 50%.

La mala conducta aún se acentuó más por la atención que se le prestaba a la misma.

La eficacia del elogio

Cuando los niños volvieron a ser elogiados, retornó la predisposición al trabajo.”

El exceso de advertencias y correcciones 
transforma un comportamiento positivo
en otro reprobable.

Moraleja

El experimento muestra cómo una conducta perturbadora no deseada de un grupo de niños puede aumentar, en pocas semanas, de un 8,7% a la alarmante cifra de 50%.

¡Y solo con la atención que se presta a esta conducta

Una conducta perturbadora aumenta
por el solo hecho de prestarle atención.

Tomás Melendo
Presidente de Edufamilia
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es