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4. Amor auténtico: de persona a persona

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1. Amor auténtico: el amor de donación

Amor auténtico: para siempre y desde el fondo

Con vocación de eternidad

El romance del enamoramiento apunta a la plenitud que todo auténtico amor anticipa.

En el prometedor chispazo del romanticismo está presente, a veces sin clara conciencia, el imperativo de un modo de amar sólido y sin término. De otro tipo de amor, de un amor auténtico, que trasciende el carácter efímero del atractivo corporal y de las emociones más o menos intensas pero siempre inestables.

Distinguir entre los dos amores y englobar el primero en el segundo, sin suprimirlo, resulta indispensable para cimentar con solidez un matrimonio, descubrir la dinámica que lo rige y llevarlo a su plenitud y felicidad.

Porque, aunque suela hundir sus raíces en el enamoramiento y en absoluto se oponga a él, el de donación es otro modo de amar.

Nace ya con vocación de eternidad: para siempre.

amor auténtico de persona a persona

El amor auténtico nace ya con vocación de eternidad:
¡para siempre!

Anclado en lo más hondo de la persona

El amor auténtico pone sin duda en juego las dimensiones perecederas del varón o de la mujer, ligadas a la materia.

Pero implica a la entera persona de cada uno de ellos.

Activa, por lo menos:

todo el vigor del entendimiento;

la fuerza inigualable de la voluntad;

la libre capacidad de construirse a sí mismo y de hacer el bien a los otros;

¡y la inclinación a la entrega que, como resumen de todo lo anterior, reclama la condición propia de la persona!

Con otras palabras, lleva a descubrir algo único, profundo y grandioso, dotado de una riqueza íntima y de una densidad que solo la inteligencia bien enamorada es capaz de apreciar.

Alguien, más que algo, que se eleva infinitamente por encima del atractivo externo y de la capacidad de despertar en nosotros emociones incluso imborrables.

El amor auténtico nos descubre
la grandeza más íntima y profunda
de la persona a quien amamos.

Descubridor de la “persona” amada

Semejante forma de amar no pueden experimentarla quienes se mueven en la superficie.

Solo se construye a través de la mutua y voluntaria donación de las personas, de toda la irrepetible persona: su quien.

Una entrega que nunca habría que confundir ni con los estremecimientos sentimentales ni, menos aún, con el mero comercio de los cuerpos.

Desde que despunta este nuevo amor, el amor auténtico, importa sobre todo, muy por encima del resto, quién eres. Y pasan a un segundo plano lo que eres: social, económica o culturalmente; y cómo eres: más o menos atractivo, bullicioso, inteligente, etc.

Cuando germina un amor auténtico,
“lo” que eres y “cómo” eres
importan mucho menos que “quién” eres.

Destinado a la entrega

El amor auténtico tiene como objeto o término una persona singular e irrepetible, con vocación de eternidad, llamada a mantener para siempre un diálogo intimísimo de amor con Dios y por eso maravillosa y capaz de dar pleno sentido a mi propia vida.

Y de ahí surge el anhelo recíproco de entrega personal.

Un afán que puede ejemplificarse con este diálogo idealizado, hipotético y algo cursi entre quienes se aman de veras:

Te quiero, y desearía demostrártelo regalándote lo mejor que tengo.

Pues lo mejor que tienes y podrías entregarme eres tú misma.

De acuerdo: te doy mi vida, te doy todo lo que soy.

Pues yo también, durante mi entera existencia, seré todo y solo tuyo.

Te doy mi propia persona,
lo más valioso que tengo,
lo único realmente valioso que tengo (y soy).

Reiteración y refuerzo de la entrega “personal” a través de los regalos

A partir de entonces, los presentes con que se obsequian los amantes tienden a multiplicarse.

Pero, sobre todo, cambian de significado.

No pretenden solo ni primariamente servir como medio para congraciarse con la otra persona, disponerla favorablemente, granjearse su aprecio, amistad y confianza.

En el fondo, aunque a menudo no acaben de advertirlo, esos regalos son un símbolo o una prenda de la entrega recíproca, presentida y deseada, de ellos mismos.

“¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar”, escribió con acierto Salinas.

O, con palabras más sencillas, que cualquier enamorado ardiente haría suyas:

Desearía vivir siempre contigo, pero no puedo estar en más de un sitio a la vez y mis obligaciones me imponen en muchos momentos la separación física.

Te dejo, por eso, para que esté siempre junto a ti, lo más valioso que he conseguido encontrar; y te lo entrego con tanto cariño que en realidad lo que hay en ese obsequio es ¡mi propia persona!

amor auténtico de persona a persona

El auténtico regalo de quienes se aman
es siempre “encarnación” de la propia persona.

Amor auténtico o estrictamente personal: entre persona y persona

Todo a la luz de la grandeza personal

Como puede advertirse, la clave del drástico cambio que acabo de sugerir gira en torno a una realidad bastante clara: la entrada en vigor de las valencias estrictamente personales, que el amor auténtico siempre pone en primer plano.

Con independencia del modo como se llegue hasta él y de su índole más o menos expresa y observable, en el inicio del amor de donación se sitúa siempre el descubrimiento de la persona del ser querido, que hace vibrar a su vez nuestras fibras personales más recónditas.

Ya no cuentan tan solo los atributos, incluso encomiables, de quien nos fascina.

El amor auténtico surge de más dentro y va más allá: advierte con particular perspicacia la grandeza personal irrepetible del ser querido.

Es como si la entera maravilla de la condición de persona —perfectissimum in tota natura: lo más perfecto (lo “perfectísimo”) que puede existir, como decían los clásicos— se percibiera con vigor irresistible encarnada en un determinado sujeto del otro sexo, con el que uno desea compartir la propia existencia.

Como si ese portento de bondad y belleza, anclados en la nobleza incomparable de su ser personal, elevara hasta su rango sublime a todos y cada uno de los integrantes de quien queremos:

sus cualidades, que desde siempre nos habían atraído,

pero también sus lagunas y defectos,

de modo que incluso estos, por pertenecer al sujeto amado, se incorporan a la unidad inefable, compacta e intimísima de la persona toda y se convierten también en objeto de amor.

El amor auténtico
advierte con particular perspicacia
la grandeza personal irrepetible del ser querido.

En el amor auténtico “todo” queda engrandecido por el carácter único e irrepetible de la persona amada

Por otra parte, y también este extremo presenta resonancias prácticas, las virtudes físicas o espirituales que hasta entonces nos atraían y ahora nos siguen subyugando, quedan marcadas con la unicidad singularísima que constituye a la persona querida.

Dejan de ser comunes o similares a las de otros individuos y, por ese motivo, se atenúa casi hasta el infinito la posibilidad y la tentación de sentirnos atraídos por atributos semejantes de otras personas:

sencillamente porque al enraizarlos en el núcleo de la condición personal, los de quien amamos se advierten y son radicalmente únicos, sin parangón, y nada parecido podríamos encontrar en un sujeto distinto, porque no existe nada parecido.

Como recuerda Ortega, .

nada inmuniza tanto al varón para otras atracciones sexuales como el amoroso entusiasmo por una determinada mujer.

Todo en la persona amada es único,
imposible de encontrar en otra persona.

2. Amor auténtico, entrega, felicidad

Entrega libre y voluntaria de la persona

El amor auténtico nos saca de nuestro yo y nos lleva hacia el otro

Y ahí, en la entrega directa y plena de la persona reside la clave del éxito.

Pues mientras el derivado de la simple atracción y de los sentimientos giraba en cierto modo en torno al propio yo, tendiendo a satisfacer nuestros deseos de estar con quien queremos, el amor auténtico o de donación invierte radicalmente ese estado de cosas.

Nos saca de nosotros mismos y nos lleva a reconocer y querer, a través del entendimiento y la voluntad, el bien de la amada o del amado: su bien más real y concreto, no un bien genérico, difuminado y confuso entre una nube de efluvios románticos.

Este modo de amar, característico del matrimonio y conocido a menudo como amor esponsal o conyugal, culmina inevitablemente en la entrega:

lleva a ofrecerse uno mismo al otro con total gratuidad, a ponerse plenamente a su servicio, a dar la propia e íntegra persona, recibida también de manera incondicional por el cónyuge.

No es solo, pues, el placer, ni solo el afecto ni las resonancias emotivas. Se trata de dar lo más grandioso que tenemos, nuestro propio yo personal, que es lo que el otro con más o menos conciencia desea y en todo caso necesita: no lo que deseamos y necesitamos darle nosotros y que por eso nos contenta.

La alegría profunda y duradera, efecto del amor en su sentido más elevado, del amor auténtico, nace justo de esta entrega sin término y gratuita: realizada no con vistas a un determinado interés o al goce, siempre efímeros, sino a la perfección y a la felicidad del otro, a su engrandecimiento personal definitivo.

El amor derivado de la atracción y los sentimientos
gira en torno al propio yo;
el amor auténtico (de donación)
nos hace estar pendientes de la persona amada.

Un amor difícil de entender en la actualidad

Amor romántico o amor de donación…

¿Cómo captar mejor la diferencia entre estos dos modos de amar? ¿Cómo calar hasta el fondo en la realidad de que el verdadero amor desemboca siempre en la entrega uno mismo, en la donación altruista, por encima del goce y del propio contentamiento, aunque englobándolos siempre que sea posible?

Tal vez hoy no resulte fácil, por diversos factores, que conviene considerar.

A saber:

que la nuestra es en gran medida una sociedad teñida de individualismo egocéntrico, que hace que todo gire en torno a uno mismo;

que está también transida de utilitarismo o afán de extraer un beneficio individual de cuanto hacemos;

que eso cristaliza en una civilización del «usar y tirar» o, como ha se escrito autorizadamente, en «una civilización de las cosas y no de las personas, una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas»;

y que en tal contexto, el de «la civilización del placer, la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una institución que dificulta la libertad de sus miembros».

En una cultura marcada por el individualismo y el hedonismo
es casi imposible que cuaje el amor auténtico.

Una felicidad casi imposible de lograr

En un mundo con este tipo de relaciones personales, la merecida satisfacción del amor sincero tiende a desaparecer y, con ella, el amor mismo.

Como demuestran entre otros índices las repletas consultas de los psiquiatras, la cultura actual, cargada de amenazas para un yo ensalzado y protegido en exceso, puede deteriorar a quienes se someten a ella y acaba por engendrar hastío, desencanto, indiferencia, pasotismo y desventura.

Por el contrario, la felicidad está ligada al perfeccionamiento de la persona, es como su corolario o resonancia en el sujeto.

Y nadie mejora como persona sino en la medida en que ama con amor de voluntad y, llevando a plenitud ese modo de amar, se da, haciendo del engrandecimiento y de la felicidad del otro —en nuestro caso, del cónyuge— la vocación y el sentido de la propia existencia.

De ahí que la dicha de cualquier matrimonio resulte directamente proporcional a la recíproca entrega de quienes lo componen: a la decisión, profundidad y vigor con que se aman.

La felicidad es directa y exclusivamente proporcional
a la hondura y vigor con que se ama,
siempre que se trate de amor auténtico.

El amor y solo el amor

Y eso, con independencia de las circunstancias que con tanto énfasis proponen algunos sectores de la civilización presente como requisito ineludible para la felicidad: salud, dinero, disponibilidad de tiempo y medios de diversión, experiencias cada vez más alambicadas…

Algunas de las mejores secuencias de la ya clásica Tierra de penumbras, en las que la grandeza y plenitud del amor se recortan sobre la cercanía de la muerte, consiguen transmitirlo con exquisita sobriedad.

A su vez, nuestro Fray Luis de León lo expresó con un deje de serena poesía:

De la misma manera que es rico un hombre que tiene una preciosa esmeralda o un preciado diamante, aunque no tenga otra cosa, y el poseer esta piedra no es poseer esta piedra, sino poseer en ella un tesoro abreviado;

así, una buena mujer no es una mujer, sino un montón de riquezas, y quien la posee es rico con ella sola, y solo ella le puede hacer bienaventurado y dichoso.

Igual que un buen marido a su esposa.

El varón y la mujer
se tornan mutuamente felices
cuando se quieren de veras.

amor y enamoramiento

No el enamoramiento,
sino el amor auténtico o de donación
es capaz de sostener un matrimonio
y hacer felices a los cónyuges.

(Continuará)

Tomás Melendo / Lourdes Millán
Presidente y vicepresidente de Edufamilia
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es