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2. La voluntad, fundamento del amor

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Querer: la voluntad ¡y más!

La voluntad, pero no aislada: ¡todo nuestro ser!

Sobre todo, la voluntad

Cuando Aristóteles describe el amor como querer, pretende dejar claro que el núcleo del amor se asienta en la voluntad.

Que amar es, esencial y fundamentalmente, un acto voluntario y libre.

Una determinada determinación, estable e imperecedera, como sugería en el artículo precedente.

Pero “tirando” del resto de nuestro ser

No obstante, quienes tenemos la suerte de llevar muchos años enamorados, sabemos que el amor no se agota ahí, en la sola y desnuda voluntad.

Que, hablando con propiedad, se ama con toda la persona.

Que, para amar de veras, hay que ponerlo en juego todo:

Desde los actos más trascendentes, como la oración, la reflexión y el sacrificio por el ser amado, o el diseño conjunto de un proyecto de vida en común.

Pasando por los sentimientos, afectos y emociones: ternura, gratitud, delicadeza, confianza, amabilidad y afabilidad, empatía y simpatía…

Hasta las acciones más menudas y en apariencia irrelevantes, en las que se concreta el bien que buscamos para la persona amada.

Entre otras:

El empeño por mostrarse elegantes y atractivos: él y ella, ella y él (es decir: también él).

El esfuerzo de la sonrisa amable, la caricia delicada o la mirada de aprobación, consuelo, complicidad o cariño…

Los pequeños detalles, que hacen más jugoso y entrañable el retorno al hogar; que iluminan la vida cotidiana con destellos fulgurantes de entrega; que encarnan y dan vida a la dedicación de los padres a cada hijo o de los hermanos entre sí o de los hijos con sus padres…

La omisión de todo aquello que dañe o moleste a nuestro cónyuge y a nuestros hijos.

¡Absolutamente todo!

Amamos con todo lo que somos, sabemos, sentimos, tenemos, hacemos, anhelamos ¡e incluso nos falta!

Es decir, también con nuestras limitaciones y con nuestras carencias o defectos, en la media en que los damos a conocer o, al menos, los reconocemos y pedimos ayuda o, si procede, perdón.

Absolutamente con todo.

En este sentido, amar equivale a apoyar, con todo nuestro ser, el ser de la persona amada.

Amar consiste en volcar todo nuestro ser
en apoyo y promoción de la persona querida.

Pero… ¡la voluntad!

Una multitud diversísima

Son muchos, por tanto, y muy variados, los actos de amor:

La palabra o el silencio comprensivos, dictados por las necesidades del otro, más que por nuestras apetencias.

La sonrisa franca, sincera y acogedora, también cuando no tenemos ganas.

La esmerada atención a quienes nos rodean, poniendo entre paréntesis nuestras ilusiones, para descubrir eficazmente y dar vida a lo que cada uno de ellos necesita.

El trabajo constante y esforzado o la generosa disponibilidad hacia los hijos, amigos o compañeros, también cuando andamos muy escasos de tiempo.

La puesta a punto de la propia imagen, o la de la casa, o del lugar de trabajo, con detalles a menudo casi imperceptibles, pero que hacen más agradable la vida a los demás.

El empeño constante por omitir cuanto empeore la relación con los demás o perturbe una convivencia armónica.

Unidos por un mismo querer

Numerosísimos y muy diversos, según acabo de sugerir.

Pero esos inmensos repertorios de acciones o actividades solo se transforman en auténtico amor cuando van de la mano del querer libre y voluntario.

O, con palabras más directas: solo son amor en la medida en que se encuentran englobadas o inmersas en la operación más propia de la voluntad, el querer.

Una acción que busca de manera noble, constante y, en lo posible, eficaz, el bien de la persona amada.

Cualquier actividad legítima se transforma en amor
en cuanto quiere y busca el bien de la persona amada.

la voluntad, fundamento del amor

El equilibrio imprescindible

Es muy importante mantener el equilibrio entre las dos posturas a las que acabo de aludir.

Dos maneras de entender el amor que, aisladas y sin relación entre sí, darían origen a peligrosos errores teóricos y a desviaciones de la conducta, a veces irreparables:

Ni “voluntarismo”

De un lado, la que reduce todo el amor a un mero acto de la voluntad, sin repercusiones ni intervención de las restantes potencias y actividades.

Se trata de esas personas “frías y obstinadas”, que pretenden sacarlo todo adelante a base de esfuerzo, sin apenas poner en ello el corazón ni pedir ayuda, aunque la necesiten.

Ni “sentimentalismo”

Y, en el polo contrario, la que entiende el amor al margen del ejercicio de la voluntad: como si se tratara, por acudir al caso más frecuente, de un mero sentimiento o de un conjunto de ellos.

Es decir, dejándose llevar por las apetencias del momento, el estado subjetivo, los afectos, sin indagar con la inteligencia cuál es el verdadero bien y poner en juego la voluntad para alcanzarlo.

En los dos casos estamos ante posturas parciales, incompletas y, por lo mismo, peligrosas.

¡Amor total, aunque ordenado!

Muy al contrario, conviene repetir y dejar claro que:

El amor implica a la persona toda: no solo ciertos elementos o facultades, ni siquiera los más nobles, como el entendimiento o la voluntad.

Pero se enraíza, como en su núcleo, en la voluntad, en el acto inteligente de querer: pues, si no se centra en él y de él se nutre, decae en sentimentalismo, en el imperio de los deseos o caprichos, en la arbitrariedad.

Al amar ponemos en juego toda la persona,
pero dirigida por la voluntad inteligente.

En torno al acto de la voluntad inteligente

Veámoslo más despacio.

1. Toda la persona

Por una parte, es toda la persona quien se encuentra plena, íntima y enérgicamente implicada en cualquier acto de amor verdadero, cuyo término será siempre el bien de otra persona.

El amor es una realidad inter-personal, en el sentido más amplio, hondo e intenso de esta expresión.

Se establece entre personas y compromete lo más personal de cada una de ellas.

El amor es una realidad inter-personal,
en el sentido más amplio y fuerte de esta expresión.

2. Bajo el imperio de la voluntad

La voluntad…

Por otra parte, y justo por implicar a la persona toda, el motor del amor auténtico es siempre un acto de la voluntad.

Un acto de la voluntad dirigido a lo más noble que existe —otra persona—, para proporcionarle un bien que efectivamente lo sea.

Es decir, algo que la perfeccione, que le ayude a ser una persona mejor y, como consecuencia, más feliz.

Y, como acabo de sugerir, para suministrarle ese bien, la voluntad moverá, en quien ama, todos los resortes necesarios.

… que mueve a las demás potencias o facultades

Es decir, pondrá en juego:

Siempre, la inteligencia, imprescindible para descubrir lo que más conviene en cada momento a quien queremos.

Y, según de qué se trate en cada caso, todos los actos que se requieran para conseguirlo (si es algo ya existente) o para confeccionarlo (si ha de surgir como fruto de nuestras acciones) y, así, ofrecérselo a quien amamos.

Y todo lo anterior, acompañado de los sentimientos oportunos.

El amor implica, pues, a la persona toda, pero su núcleo es un acto de voluntad inteligente, conocido como querer.

El amor implica a toda la persona,
pero su núcleo es un acto de voluntad: el querer.

la voluntad, fundamento del amor

El querer de la voluntad: núcleo de todo amor

Amar, querer.

Estamos ante palabras y realidades clave.

¿Por qué?

Porque su recta comprensión permite conocer más adecuadamente la naturaleza del amor, vivirlo con mayor eficacia y contribuir, de este modo, a levantar una sociedad más humana, más justa, más afable y más feliz.

Lo que «no» es el amor

Examinemos primero lo que no es el amor, aunque a veces se confunda con él.

El amor no se identifica con los me gusta, me atrae, me apetece, me interesa, me arrebata, me apasiona, me late, me provoca… y todo lo significado por expresiones similares.

Pues, al término, si se las considera aisladas, todas esas afecciones y realidades, así como los actos que de ellas se derivan, resultan más propios de los animales que del hombre o, al menos, son comunes a unos y otro.

Mientras que, en su significado más preciso, el querer de la voluntad no corresponde a ningún animal, sino que es exclusivo del ser humano.

Las apetencias y sensaciones
son comunes a los animales y al hombre;
el querer es propia y exclusivamente humano.

A) Los animales

Los animales se mueven por atracción-repulsión, por instintos, por apetencias. Por lo que experimentan en cada momento: hambre, sed, calor, frío, cansancio, miedo, impulso sexual…

Impelidos por lo que sienten, y sin poderlo evitar, buscan lo que les resulta beneficioso y rechazan lo que pone en peligro su supervivencia: la de cada uno de ellos o la de su especie en cuanto que es la suya.

Y, desde tal punto de vista, más que moverse, son movidos por su propio estado fisiológico, tal como lo perciben, buscando su propio bien.

Magis aguntur quam agunt, explicaba Tomás de Aquino. Más que hacer, son hechos hacer. Más que actuar, reaccionan.

En resumen: los animales reaccionan de manera necesaria a lo que en cada momento y situación experimentan, que deriva de su particular estado fisiológico en aquel instante.

B) El hombre

El hombre, no.

El hombre trasciende las simples necesidades biológicas.

No es forzosamente arrastrado por ellas, aunque las perciba de manera análoga al animal.

El hombre puede realizar acciones no explicables en absoluto desde el punto de vista de su propia supervivencia, individual o específica.

Y entonces manifiesta, mejor que nunca, su superioridad respecto a los animales.

El hombre es capaz de poner entre paréntesis las sensaciones y los sentimientos derivados de sus instintos: sus gustos, sus apetencias, sus fobias…

y atender a lo que, gracias a su inteligencia, advierte como bueno en sí mismo y, por consiguiente, como bueno también para los demás.

En resumen: en la medida en que actúa humanamente, el hombre no se limita a reaccionar ante lo que dictan sus instintos o pulsiones, sino que, con la voluntad, quiere libremente el bien (o rechaza el mal) que le presenta la inteligencia.

la voluntad, fundamento del amor
la voluntad, fundamento del amor

Más que actuar, los animales reaccionan o son movidos;
el hombre, al contrario, actúa en sentido propio:
quiere libremente.

Lo que «sí» es el amor

Querer el bien, aunque me cueste

Es decir, marcando más aún las diferencias, el hombre:

Puede querer y realizar una acción en sí misma buena, por más que a él no le atraiga ni le apetezca ni le interese e incluso le desagrade y repugne y reporte cierto daño físico o psíquico.

Como sucede, a veces, por poner ejemplos cercanos y familiares, en el cuidado de los hijos de corta edad, que pueden resultar agotadores, o de los ancianos y enfermos.

Evitar el mal, aunque me cautive

O, al contrario, es capaz de no querer ni llevar a cabo determinada acción, si con su inteligencia advierte que ese acto es en sí mismo malo, que no contribuye al bien de los otros, aunque le apetezca enormemente o se esté muriendo de ganas por realizarlo.

Acudiendo ahora a una situación que puede repetirse con cierta frecuencia en la vida de cualquier matrimonio, el esposo desistirá de tener relaciones íntimas con su esposa, y viceversa, cuando exista una causa justificada: malestar, agotamiento, enfermedad… Y lo hará libre y gustosamente, aunque le cueste.

De manera análoga, cualquier miembro madura de una familia renuncia al viaje que le entusiasma y lleva largo tiempo planeando si se pone enfermo de gravedad su cónyuge o alguno de los hijos. Y también lo habrá con libertad y gusto, aunque le cueste.

La inteligencia y la voluntad, “por encima” de los sentimientos

Expresado aún con otras palabras, el ser humano, varón o mujer:

Puede dejar a un lado lo que siente y cómo se encuentra desde el punto de vista fisiológico y psíquico, y moverse por lo que es en sí mismo bueno o malo, conocido a través de su inteligencia.

Puede actuar buscando lo que es bueno para otro, anteponiéndolo al propio bien, si fuere necesario.

Y a menudo actúa de ese modo.

Es decir: puede amar y, con mucha frecuencia, ama.

El hombre manifiesta su superioridad respecto a los animales
cuando deja a un lado lo que siente
y realiza acciones no explicables desde el punto de vista
de su mera conservación individual o específica.

la voluntad, fundamento del amor

Muy por encima de los animales

Por tanto, uno de los hechos que mejor revela su superioridad sobre los animales es precisamente que el hombre, si las circunstancias lo exigen:

Puede hacer caso omiso de sus propios gustos y apetencias, de sus sensaciones, emociones o sentimientos, y conjugar en primera persona:

El yo quiero libremente aquello que la inteligencia me hace ver como bueno.

O, en su caso, el no quiero, también libremente, lo malo en cuanto tal, lo que me daña o perjudica a quienes me rodean.

Puede anteponer el querer libre al mero sentir.

Sus sensaciones y sentimientos no tienen la última palabra.

Esa última palabra corresponde al amor, que, como acabamos de ver, no es propiamente un sentimiento, sino un acto libre de la voluntad, en conexión con la inteligencia: un querer, en el sentido más noble de este verbo.

El hombre puede conjugar en primera persona
el quiero y el no quiero . . .
y también el querer-querer.

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Más voluntad: querer y querer-querer

Teniendo en cuenta lo expuesto hasta ahora, cabe hablar de tres etapas cognoscitivas, que permiten entender mejor la naturaleza del amor.

1. Más que una pasión o un sentimiento, aunque los incluya

El primer paso es más bien negativo: descarta lo que no es el amor.

El amor no es una simple pasión o un mero sentimiento o una sensación.

No es un afecto sensible o una emoción, ni un conjunto más o menos complejo de afectos, emociones o sentimientos.

Aunque de ordinario los incluye…

Pero, aun no siendo fundamental ni esencialmente un sentimiento, ni la unión de varios de ellos, en ningún caso tiene por qué excluirlos.

Al contrario, el amor humano solo es pleno cuando el acto de voluntad se encuentra acompañado y enriquecido por las emociones pertinentes:

La ternura y la delicadeza, al tratar a los niños.

La compasión con quien está atravesando un mal momento.

La alegría, al ver disfrutar a nuestro cónyuge o a nuestros hijos, hermanos y amigos.

La tristeza, cuando advertimos que lo que hacen o les sucede les está perjudicando seriamente…

Por eso, someter los afectos a la inteligencia y a la voluntad no significa siempre posponer, recortar o acallar los sentimientos. Sino que, en bastantes casos, habrá que fomentarlos, hacerlos surgir o crecer, arraigarlos con más firmeza, enriquecerlos con nuevos matices…

Habrá, por ejemplo, que:

Intentar compadecernos de quien sufre, aunque de entrada nos resulte indiferente.

Alegrarnos con los triunfos de nuestros amigos, aun cuando inicialmente, en algún caso, nos despierten más bien la envidia.

Ser amables con quienes tratamos, esforzarnos por sintonizar con todos ellos, independientemente de si nos caen bien o mal.

Enternecernos ante una deformidad física o una herida en mal estado, que instintivamente nos producen más bien repugnancia y rechazo…

De ordinario, el amor humano
se completa mediante los sentimientos oportunos
.

… y los modera (los aumenta o disminuye)

Con otras palabras, siempre hay que moderar los sentimientos.

Pero moderarlos no equivale a reducirlos ni, menos aún, a reprimirlos.

Quiere decir otorgarles la medida, la disposición y el orden más adecuados para la plenitud del amor.

Y esto se logra, a veces, suscitando, arraigando y engrandeciendo tales sentimientos o emociones.

Así lo expone Wadell:

«Si las emociones son demasiado fuertes, nos hacen violentos y es necesario disminuirlas y mitigarlas. Si son demasiado débiles, nos hacen depresivos indolentes y es necesario hacerlas crecer y estimularlas. La templanza no silencia las emociones, sino que las canaliza al servicio de la virtud, busca el equilibrio emocional de nuestra actuación: un sentimiento demasiado débil nos paraliza, pues nos deja impasibles; una emoción excesiva nos hiere, porque nos hace vehementes».

Si las emociones son demasiado fuertes,
es necesario disminuirlas y mitigarlas;
si son demasiado débiles,
es preciso hacerlas crecer y estimularlas
.

Algo que —como afirma Lewis— también conviene aplicar a la educación de nuestros hijos y alumnos y a nuestro propio desarrollo:

«Por cada alumno [por cada hijo, podríamos también decir] que precisa ser protegido de un frágil exceso de sensibilidad, hay tres que necesitan que se los despierte del letargo de la fría mediocridad. El objetivo del educador moderno no es el de talar bosques, sino el de irrigar desiertos. La correcta precaución contra el sentimentalismo es la de inculcar sentimientos adecuados».

El objetivo del educador moderno
no es el de talar bosques,
sino el de irrigar desiertos.

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2. Una decidida decisión de la voluntad

El segundo paso en nuestra comprensión del amor consistirá en recordar y resaltar su carácter de acto eminentemente activo.

No es algo que nos sucede o nos pasa. 

Es un acto o acción que libremente ejercemos a través de la voluntad, aunque a veces nos cueste.

El amor es una firme determinación de la voluntad. O, precisando más, una autodeterminación de esa misma voluntad, con lo que lleva consigo de autodominio.

Con acierto lo expresa Elisabeth Lukas, en dos momentos bien marcados.

A) Ante todo, manifiesta el carácter afirmativo del amor y la elevación que provoca. Es un a la persona amada, que la ensalza y nos ensalza, la libera y nos libera…:

«… el amor no es un sentimiento puro. Ni siquiera un sentimiento de dependencia o de ciega servidumbre procedente de los campos del alma enferma.

El amor verdadero no conoce la supuesta debilidad de la autoestima ni el correspondiente deseo de apoyarse en alguien firme, como tampoco le es propio el uso o el abuso de otra persona con fines egoístas. El amor verdadero no busca al compañero protector o estimulante, no quiere hijos que exhibir para el provecho propio ni ansía elogios ni ternura para autosatisfacerse.

El amor no requiere absolutamente nada, es soberano, porque la materia de la que está hecho es el sí modesto y sin condiciones a la persona amada, como una estrella fugaz que sale despedida de los fuegos artificiales de la Creación.

El amor es, como reza una opereta alemana, un poder celestial».

B) Más adelante, subraya el enorme vigor del buen amor; la casi omnipotencia sugerida ya al final del párrafo anterior, al referirse a un «poder celestial»:

«Por todo ello es capaz de hacer lo que sea necesario: dejar ser al otro, dejarlo ir, no retenerlo, con lágrimas en los ojos si es necesario, pero con afecto sincero.

El tiempo pasa y el amor permanece; los sentimientos se difuminan y el amor permanece; la muerte deshace los compromisos y el amor permanece.

¿Cómo podría un sí sin condiciones convertirse en un no cuando las condiciones cambian, cuando el otro toma un rumbo diferente, enferma o muere? Aquella parte fundamental de la relación mutua que era amor sobrevive incluso al fin de la relación».

Aunque para alcanzar su plenitud
necesite de ordinario de sentimientos y emociones,
el amor humano no es un sentimiento ni una emoción,
sino el acto por excelencia de la voluntad
.

3. Potenciada por la propia voluntad

Querer-querer

Por fin, el amor auténtico goza de la capacidad de intensificarse a sí mismo, mediante el querer-querer, capaz de liberar energías casi infinitas.

Todos tenemos experiencia de ese querer-querer, aunque no hayamos reparado en ello o no sepamos explicar bien en qué consiste. A veces lo llamamos esforzarnos, empeñarnos, emperrarnos, obstinarnos o volver a la carga… O, incluso, obsesionarnos, pero bien entendido, sin el menor asomo de desajuste psíquico.

¿Querer… querer?

Sí: querer… ¡querer!

Se trata, por así decir, de un volver de la voluntad sobre su propio acto: de un retorno del querer sobre el mismo querer, para originar, precisamente, un querer-querer, un nuevo empeño en querer.

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Algo que llevamos a cabo, de manera más o menos espontánea, cuando un primer acto de querer no es suficiente para el fin que pretendemos: amar al propio cónyuge en un momento de crisis o, sobre todo, y ojalá sea esto lo ordinario, incrementar aún más el cariño mutuo en las etapas de mayor compenetración, exaltación y gozo.

(También y, ante todo, por tanto, cuando estoy conscientemente queriendo bien y disfrutando con mi amor. No solo ni, en primer término, cuando no logro querer y me esfuerzo en conseguirlo. Aunque, tal vez, en estos últimos casos mi actividad resulte más patente, por contraste.)

Para acabar… ¡queriendo!

De cualquier modo, lo que importa es caer en la cuenta de que, al volver sobre sí, al querer-querer, la voluntad robustece y aumenta su capacidad de amar. Es decir, acaba por obtener el objetivo propuesto, agrandando la fuerza y calidad de su amor.

Y, para conseguirlo, de ordinario pone en juego también otros resortes:

La recreación de los momentos mágicos pasados juntos.

La atención a los aspectos más agradables de la persona que en otro tiempo quisimos con locura, y hoy solo de una manera relativa o que se nos antoja insuficiente.

El recuerdo y la forja de proyectos comunes, ya cumplidos o aún inéditos…

Sobre todo, al experimentar los amores más grandes,
la voluntad se siente inclinada a reduplicar su amor,
a querer-querer.

Elevado al infinito

Pero no todo acaba ahí. La posibilidad de reduplicar el querer no es solo una, sino que cabe multiplicarla indefinidamente.

O, con palabras más claras, además de querer-querer, también es posible querer-querer-querer, y querer-querer-querer-querer…

Y, así, progresivamente, hasta alcanzar la meta deseada.

Podría hablarse, entonces, de una producción de fuerzas casi inagotable. De ahí que ese querer-querer pueda concebirse como el arma de mayor alcance de la que goza la persona humana a la hora de actuar y de crecer y desarrollarse como persona.

Un arma que conviene aprender a utilizar, sobre todo, en aquellos momentos en que el amor resulta más pleno y jugoso.

La alegría y el gozo de estar queriendo deberían servirnos de estímulo para querer aún más, en ese mismo instante, y prepararnos para amar, con o sin esfuerzo, en las diversas situaciones del futuro:

Y, desde este último punto de vista, el primer acto del querer-querer consiste, precisamente, en decidirse a hacer que el amor perdure, con independencia absoluta de las circunstancias por las que atravesarán el que ama y la persona amada.

Que es lo que hacemos en el matrimonio, en el momento de casarnos: nos comprometemos a amar también en el futuro, al margen de las condiciones que marquen y determinen ese porvenir.

El amor solo es auténtico cuando es amor ¡para siempre!

El arma más poderosa a disposición del ser humano
es el querer-querer de la voluntad.

Libre y no siempre esforzado

Para terminar esta primera descripción del amor, conviene insistir en un punto: el querer-querer, como el querer mismo, en cuanto acto por excelencia de la voluntad, no forzosamente va acompañado por un esfuerzo titánico.

Ni el empeño ni la dificultad lo caracterizan substancialmente.

Lo esencial y más relevante en el amor-querer es justo la libertad con que lo realizo, el carácter eminentemente activo y libre de esa operación.

Algunas veces, para llevar a cabo tal acto, tendré que empeñarme y forzarme a mí mismo: para vencer la desgana o el cansancio, pongo por caso, o para dejar de lado algo que me ilusiona.

Pero, en multitud de ocasiones, nada de esto será necesario: me bastará con fomentar y seguir la natural tendencia de la voluntad hacia el bien que el entendimiento le presenta.

Cuando amo a mi mujer, a mis hijos o a mis nietos, de ordinario no necesito empeñarme ni esforzarme para hacerlo. Todo lo contrario: tal vez tras un período de fervor apasionado y otro de entrenamiento con más o menos forcejeo, es lo que me sale naturalmente.

Y cuando quiero quererlos todavía más —y más y más… y más—, eso no me supone, por lo común, una especial tensión. El amor que ya les tengo y los gozos que de ahí surgen, y que he aprendido a descubrir y disfrutar, me animan a quererlos más aún.

Y, para lograrlo, puedo acudir a ese resorte maravilloso que es el querer-querer.

Lo esencial en el amor es justo la libertad con que amo,
el carácter eminentemente activo y libre de esa operación.

El amor implica a toda la persona,
pero su núcleo es un acto de voluntad: el querer.

(Continuará)

Tomás Melendo
Presidente de Edufamilia
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es