2. Amor real a cada hijo

2. Amor real a cada hijo

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En la confluencia de tres amores

Planteando el asunto del modo más hondo y radical posible, las claves de la educación, y de todas las tareas que lleva consigo, se encierran en un solo término: amar —es decir: amar ¡bien!—… y en los dos corolarios que de ahí se siguen:

1. ¡Aprender a amar!, sin nunca, nunca, dar por supuesto —en contra de lo que a menudo sucede— que ya se sabe hacerlo…
2. Y sin imaginar tampoco que uno va a lograrlo como por arte de magia, sin poner de su parte cuanto fuere necesario para querer cada vez mejor.

Las claves de la educación se encierran
en un solo término —amar (amar ¡bien!)—
y en los dos corolarios que de ahí se siguen:

1) ¡Aprender a amar!,
sin nunca dar por supuesto que uno ya sabe hacerlo.

2) Y sin imaginar que va a lograrlo
sin un empeño constante por querer cada vez mejor.

Pero ¿de qué tipo de amor o de amores estamos hablando?

Amor real y auténtico

La primera cosa que los padres necesitan para educar es un verdadero amor a sus hijos: querer efectiva y eficazmente su bien, el de cada uno de todos.

Según escribe G. Courtois, la educación requiere, además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor». Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sensatez, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para obtener seguros resultados. Todo ello sería insuficiente sin el elemento indispensable de un amor auténtico y cabal.

Cosa que se aplica tanto a los padres como a los educadores de profesión: maestros y profesores. Así lo muestran las siguientes palabras de Francisco Gómez Antón, catedrático con muchos años de experiencia universitaria. Cuando le preguntaron por el secreto de su triunfo en las aulas, contestó: «Para dar una buena clase hay que hacer muchas cosas. La primera de ellas, querer mucho a los alumnos».

Hay que querer mucho
a quienes pretendemos educar.

Perspicaz

¿Por qué? Entre otros muchos motivos, porque cada niño —justo por su condición de persona, como ya advertí— es una realidad absolutamente irrepetible, distinta de todas los demás. No se trata de un caso entre muchos. De ahí que ningún manual sea capaz de explicarnos ese presunto caso concreto.

Hay que aprender, pues, a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los chicos, teniendo en cuenta que lo que en este preciso instante puede ser oportuno e incluso imprescindible para uno de ellos, en otro momento y en otra situación ha de ser evitado a toda costa… incluso para ese mismo hijo.

Pero solo el amor permite conocer a cada uno de nuestros hijos tal como es hoy y ahora y actuar en función de ese conocimiento: aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que «el amor es ciego», resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, solo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura… y tratarlas en consecuencia.

Solo el amor permite conocer
a cada uno de nuestros hijos
tal como es en cada preciso instante
y actuar con eficacia,
en función de ese conocimiento.

Concreto

De hecho, será el amor el que enseñe a los padres a poner en práctica una de las claves más importantes de toda la educación: lo que ha solido llamarse «educar en positivo», cuyo principio fundamental consiste en descubrir —y, si es necesario, poner por escrito con sus nombres propios, para que queden bien claras y para repasarlas cuantas veces fuere conveniente— las cualidades que deben potenciar en sus hijos, en lugar de fijarse e insistir monótona, reiterativa y exclusivamente en la corrección de sus defectos.

Para educar, es imprescindible
conocer bien las cualidades de cada hijo.

De igual modo, el amor les llevará a advertir:

• el momento más adecuado para estar —de forma más o menos activa, o simplemente estar— y para desaparecer, para hablar y para callar;
• el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio y el de respetar su necesidad de estar a solas… con su propia intimidad;
• las ocasiones en que conviene «soltar un poco de cuerda» y «no darse por enterados», frente a aquellas otras en las que procede intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza y una pizca de agresividad fingida…

El amor es clarividente:
permite descubrir, en cada circunstancia, lo mejor para la persona amada.

Acompasado

Lo que se refiere al tiempo es especialmente relevante: si no sabemos entrar en el tiempo de los niños, difícilmente podremos comunicarnos con ellos, y la relación entre padres e hijos quedará truncada.

Pensemos, por ejemplo, en el momento en que nuestros hijos deben irse ya a la cama. Normalmente, al darles esa indicación, nosotros estamos cargados con el pasado, es decir, con el cansancio de todo un día. Y en nuestra mente tenemos también el futuro: que mañana han de levantarse temprano, para llegar a la escuela. Sin embargo, ellos están simplemente jugando, en el presente, totalmente absortos con lo que hacen.

Si no nos damos cuenta de ese hecho, y les obligamos sin más a irse a la cama, no entenderán el sentido de nuestra indicación, se resistirán… y surgirán los problemas.

Es muy conveniente actuar sin prisas, darse el tiempo para conectar con lo que están haciendo y, una vez que estamos en su misma longitud de onda, hacerles ver, con la misma decisión que amabilidad y cariño, que es el momento de acostarse… y llevarlos cariñosa pero resueltamente a la cama, sin vacilaciones.

A cada hijo hay que dedicarle el tiempo que necesite:
las prisas son el principal enemigo de la educación.

¡Y personal!

Y, según apuntaba, en todo este difícil arte, los padres no pueden propiamente delegar en nadie. Nada de lo anterior se consigue dejando a nuestros hijos en manos del servicio doméstico, ni de cuidadores especializados, de expertos en educación o, menos aún, de computadoras y programas informáticos de última generación.

En el sentido más propio y estricto de los términos, el padre y la madre son insustituibles.

Solo un padre y una madre tienen naturalmente —si saben cultivarla— la capacidad para coronar con éxito esa apasionante aventura, a pesar de las múltiples meteduras de pata, desalientos y tropiezos, tan inevitables como poco relevantes cuando tienen lugar en un clima de auténtico amor recíproco entre los cónyuges y de amor común al hijo.

Y, por lo mismo —habría que añadir y matizar—, además del padre y de la madre, pueden intervenir con eficacia en la educación de nuestros hijos las personas que, queriéndolos de veras, participan por ese motivo de nuestra condición paterna y materna.

En la educación de los hijos,
el padre y la madre son insustituibles.

Conclusión: no se venden padres

Lo sugiere con gracia, y por contraste, la siguiente anécdota.

Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo.

Una dependiente avispada les explicó:

— Lo siento, pero no vendemos padres.

¡No se venden padres!

(Continuará)

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es