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10. Querer el bien real del hijo

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¡El bien real del hijo!:
ni solo el bien aparente
ni tampoco nuestro bien,
“disfrazado” como suyo.

Consentirlos y malcriarlos: el bien solo aparente (no el bien real del hijo)

En el seno de la familia

Se malcría a un niño:

Con desproporcionadas, indebidas o muy frecuentes alabanzas.

Con indulgencia y condescendencia respecto a sus antojos.

Con concesiones que contradicen las normas del hogar o una clara indicación previa.

Se lo maleduca también:

Convirtiéndolo a menudo en el centro del interés de todos.

Y dejando que sea él quien determine las decisiones familiares.

querer el bien real del hijo
querer el bien real del hijo
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Una confusión frecuente

Aunque no resulte fácil de entender a primera vista, estamos equivocándonos respecto a lo que es el amor auténtico:

En todos estos casos nos olvidamos del bien real del hijo, de lo que le ayuda a crecer y perfeccionarse, es decir,  a estar más pendiente de los demás que de sí mismo.

Y nos dejamos llevar por el atractivo de bienes aparentes inmediatos pero falsos:

hacer que se sienta bien (cediendo a un modo muy actual de narcisismo), en lugar de buscar que sea buena persona;

sentirnos bien nosotros mismos, por no llevarle la contraria, pese a que eso sería lo mejor para él;

dejarnos vencer por la comodidad y continuar tranquilamente con nuestras tareas, en lugar de ocuparnos del bien real del hijo.

Se malcría a un hijo cuando se confunden
su bien y sus antojos
o se sustituye el bien real del hijo por nuestro bien.

Cuando “salga” al exterior

Además, un pequeño rodeado de excesiva atención y de concesiones inoportunas, una vez fuera del ámbito de la familia se convertirá:

Si posee un temperamento débil, en una persona tímida e incapaz de desenvolverse por sí misma.

Si, por el contrario, tiene un fuerte temperamento, se transformará en un egoísta, capaz de servirse y aprovecharse de los otros… o de llevárselos por delante (de nuevo el narcisismo, hoy tan frecuente).

Un amor equivocado lleva a malcriar a los hijos.
De ahí la necesidad de aprender a amarlos,
esforzándose por querer eficazmente el bien real del hijo.

querer el bien real del hijo
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Un pequeño tirano

El bien real del hijo = el de toda la familia

Más aún, también en la propia familia el niño puede transformarse en una especie de tirano, que hace que las demás personas, en particular la madre y el padre, giren a su alrededor.

No deberíamos permitir que nuestros hijos nos manipulen.

Obviamente, por su bien, por cuanto se opone a la dignidad de la persona.

Aunque ellos no son del todo conscientes de lo que hacen, nosotros sí tenemos el deber de advertirlo y evitarlo.

Por el bien real del hijo, de cada uno de ellos,
nunca deberíamos permitir
que un hijo nos manipule.

Poner límites a su ego, buscando el bien real del hijo

Por más que nos cueste, hemos de impedir que entren en una espiral creciente de afirmación absoluta e indiscriminada del propio yo, más difícil de corregir cuanto más tiempo la hayamos permitido.

La educación está compuesta sobre todo de afirmaciones: fomento de cualidades, descubrimiento de nuevos panoramas de desarrollo, ocasiones reales de dar lo mejor de sí, miradas, gestos y palabras de aprobación y aliento…

Pero eso no quita que alguna vez tengamos que plantarnos y decir que «no»: sin dramatismos, sin aspavientos, sin perder el control, pero con firmeza, tan amable e incluso tierna, si fuera preciso, como decidida.

Un «no» tan amable como inamovible
es, en ocasiones,
la mayor manifestación de amor.

querer el bien real del hijo

¡Ojo con los caprichos!

Frente a los caprichos de los niños, no se debe ceder:

habrá que esperar a que pase la pataleta,

sin nerviosismos,

manteniendo una actitud serena, casi de desatención,

y, al mismo tiempo, firme.

También, y sobre todo, cuando «nos pongan en evidencia» y «nos hagan quedar mal» delante de otras personas (algo que, sin ser del todo conscientes, nuestros hijos utilizan frecuentemente en nuestra contra cuando advierten que cedemos ante el chantaje).

Nosotros no contamos, no deberíamos contar.

El bien real del hijo debe ir siempre por delante del nuestro.

Ante el bien real del hijo, «lo que piensen los demás» es del todo irrelevante.

Como ya apunté, la atención a los demás, con olvido de uno mismo (en este caso, centrar todo nuestro interés en el bien real del hijo, sin importarnos quedar bien o mal), es la regla por excelencia de la educación y de toda la vida humana.

La entrega a los demás, con olvido de sí,
es la clave de la educación,
de la felicidad
y de toda la vida humana.

(Continuará)

Tomás Melendo
Presidente de Edufamilia
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es