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4. La plenitud del amado, meta del amor

Anhelos de plenitud

1. Querer a alguien es siempre querer-que-mejore

El bien real de aquel a quien amamos: su plenitud

La sabiduría popular

Junto al afán incondicional de que viva, el amor busca que la persona amada sea buena: que viva bien, en el sentido en que utilizaban esta expresión los clásicos griegos, que poco o nada tiene que ver con el actual darse la buena vida.

En efecto, lo más grande que podemos desear a aquel a quien queremos es que alcance la plenitud a la que ha sido llamado.

Y esto, en expresión directa y sencilla, se enuncia con pocas palabras: que seas bueno o buena.

Por eso, más de una vez he oído comentar a personas de prestigio reconocido, con muchos años de estudio de antropología y ética, ideas como la que sigue: «el consejo más profundo que he recibido en mi vida consiste en lo que, llena de cariño, me repetía mi abuela, cuando yo apenas contaba tres o cuatro años: “hijo mío, ¡que seas bueno!”».

la plenitud del amado, meta del amor

Los filósofos consagrados

Aristóteles estaría de acuerdo con los sentimientos de esas ancianas. Para él, el verdadero amor ha de ir acompañado del deseo eficaz de que aquellos a quienes queremos alcancen o se acerquen a su plenitud.

De ahí que rechazara, como falsa y peligrosa, la amistad entre

hombres de mala condición, que se asocian para cosas bajas, y se vuelven malvados al hacerse semejantes unos a otros.

Para añadir: 

En cambio, es buena la amistad entre los buenos, y los hace mejores, conforme aumenta el trato, pues mutuamente se toman como modelo y se corrigen.

Y concluía:

La amistad perfecta es la de los hombres buenos e iguales en virtud, porque estos quieren el uno para el otro lo auténticamente bueno.

El amor y la amistad auténticos
quieren que aquellos a quienes aman sean buenos,
que alcancen su plenitud.

No el propio bien

Aquí, los comentarios podrían multiplicarse, en buena parte, por contraste.

Por ejemplo, a la vista de lo que afirma Aristóteles, a bastantes madres y padres habría que recordarles que la verdadera educación impulsa a buscar el auténtico bien de cada hijo.

No, como a menudo sucede, un mero beneficio aparente: que no se sientan mal, o que se sientan bien (en lugar de procurar que sean buenos).

Ni, mucho menos, con pretexto de amor hacia ellos, el supuesto bien o bienestar de uno mismo (del padre o de la madre, en nuestro caso): tranquilidad, libertad de movimientos, autorrealización proyectada, ausencia de preocupaciones, permisivismo…

Y a todos, con independencia de su edad y condición, cabría repetirles que, en sentido propio, no puede hablarse de amigo o amiga auténticos, cuando del trato con esa persona no se deriva, para ambos, una mejora real, que los acerca a su respectiva plenitud.

Como explica Alberoni:

para que haya amor, es preciso que el amante haga germinar posibilidades latentes o contenidas de nuestro ser:

que nos ayude a desarrollarnos y formarnos mejor, acercándonos a nuestra plenitud.

No cabe hablar de amistad cuando del trato entre los amigos
no se deriva, para ambos, una mejora real,
un avance hacia la propia plenitud.

2. Aceptándolo como realmente es, aunque queramos su plenitud

No correr en exceso: las almas, como el buen vino, mejoran con el tiempo

Sin negar nada de lo recién apuntado, me parece aún más imprescindible una puntualización, de enormes repercusiones prácticas, sobre todo, en momentos de dificultad para aquel a quien queremos.

Podría resumirse diciendo que no amamos como es debido, si el deseo de que la persona querida mejore llega, e intenta imponerse, demasiado pronto.

Es decir, visto desde el extremo opuesto: si desde el primer instante no la aceptamos ¡y queremos! tal como efectivamente es, con todos y cada uno de sus defectos, por más destructivos que parezcan y realmente sean.

De otro modo, si pretendemos mejorarla antes de tiempo, esa persona se sentirá rechazada, no querida, y no podremos ayudarla.

Si pretendemos mejorarla antes de tiempo,
esa persona se sentirá rechazada
y no podremos ayudarla.

la plenitud del amado, meta del amor

Para poder amarla «a ella»

Se trata de una verdad particularmente relevante para quienes se empeñan en tareas de promoción de personas en situaciones irregulares o difíciles: hijos abandonados, madres solteras y solas, drogadictos, delincuentes…

Personas que, en ocasiones, han hecho del robo, del engaño, del fraude, una suerte de segunda naturaleza, tal vez porque no han visto ni experimentado otro modo de vivir.

Si, en nuestro afán sincero de ayudarlas, no aceptamos y queremos a esas personas como realmente son, con todos sus dolorosos y lacerantes defectos; si buscamos por encima de todo que cambien, no las estaremos amando a ellas, sino, por decirlo así, a su alias mejorado según nuestras expectativas.

Y difícilmente lograremos el objetivo de socorrerlas y acercarlas a su plenitud.

Al sentirse rechazadas, se encerrarán en sí mismas, haciendo vano cualquier intento de llegar a ellas y ayudarlas a mejorar y salir adelante.

La aceptación incondicional de la persona amada
es el fundamento sobre el que se apoya todo nuestro amor.

3. Ser, para el hombre, es vivir y perfeccionarse: acercarse a su plenitud

Confirmar «dinámicamente» su ser

Prolongación del «sí» originario

Pero volvamos al tema central de esta serie de artículo. Veremos entonces que el afán de ayudar a mejorar a la persona amada, y acercarla a su plenitud, se encuentra siempre unido al amor, pues no representa sino la prolongación natural de lo que se perseguía al decirle que , al confirmar su ser.

¿Por qué motivos?

Sucede con el hombre algo parecido a lo que ocurre en el núcleo renovador de una semilla: que no es algo inerte y estático. Constituye, más bien, una especie de energía concentrada, que tiende a expandirse y a llevar a su plenitud a todos y cada uno de los componentes de la persona.

Con manifestaciones muy concretas

Lo apunta con claridad la biología contemporánea relativa al ser humano.

Desde el mismo instante de la concepción, la criatura recién engendrada toma las riendas de sí misma y, hasta cierto punto, de la madre.

Y, de inmediato, pone en movimiento toda su capacidad de desarrollo, multiplicando sus células, diferenciándolas y organizándolas de una manera que ni el más avanzado de los ordenadores podría conseguir en millones de años.

Después, en cuanto sale del seno materno, todo es también crecer, desarrollarse y diferenciarse: tanto desde el punto de vista biológico, como en lo que atañe a su capacidad de moverse, de sentir, de entender, de querer.

Y el resto de su vida, aunque de forma quizás menos vistosa, consiste o debería consistir en continuar con ese despliegue, hasta acercarse a su plenitud, alcanzando cotas que, en ocasiones, resultan difíciles de predecir.

Piénsese en los gigantes de humanidad a lo largo de la historia: en un Juan Pablo II, en una Teresa de Calcuta o en cualquiera de los grandes artistas o científicos —Fidias, Miguel Ángel, Einstein…—, que han asombrado al mundo con sus descubrimientos.

Esto es lo natural para el ser humano: crecer y desarrollarse, en el sentido más amplio y noble de estos vocablos.

Para el ser humano,
lo natural es crecer y desarrollarse,
hasta alcanzar la propia plenitud.

¡Favorecer su desarrollo, acercarlo a su plenitud!

Voluntad de promoción

De manera que no cabe propiamente querer a nadie, confirmarlo en su ser, sin desear al mismo tiempo que la persona querida progrese más y más. Sin aspirar a que despliegue toda la perfección contenida ya en ella, en cierto modo, desde el momento mismo en que fue engendrada.

En este sentido, Maurice Nédoncelle define el amor como una voluntad de promoción.

Y explica, resumiendo buena parte de lo expuesto hasta ahora:

El yo que ama quiere antes que nada la existencia del tú;

quiere, por decirlo de otra manera, el desarrollo del tú,

y quiere que ese desarrollo autónomo sea (en la medida de lo posible) armonioso por lo que respecta al valor entrevisto por el yo para él.

Con efectos reales

Con lo que se confirma una idea varias veces apuntada: el afán de desarrollo y mejora al que me vengo refiriendo como elemento integrante del amor, no es una veleidad, un deseo vacío e inconsistente, que no obtiene ningún resultado.

Muy al contrario, amar de verdad a alguien lleva siempre consigo el apoyo para que este acreciente su perfección, para que se forme y desarrolle, para que avance hacia su plenitud. Un auxilio que es proporcional a la calidad, intensidad e inteligencia del amor que se le otorga, con la condición de que quien es querido no se oponga frontalmente a ello.

En el próximo artículo veremos, con cierto detalle, cómo y por qué.

Anticipo, de momento, que:

1) el amor permite ver los caminos que el amado debe transitar para alcanzar su plenitud

2) y le otorga fuerzas para avanzar por ellos, sin desfallecer.

No cabe propiamente querer a nadie,
sin procurar que progrese y se desarrolle,
hasta acercarse a su plenitud.

¿Es el amor ciego?

1. Descubrir la actual riqueza interior del amado

La aguda penetración del amor

Muy lejos de ser ciego, el amor hace ver: resulta en extremo penetrante y agudo, perspicaz, clarividente.

Aunque todos comprendamos lo que afirma el dicho popular al referirse a la ceguera del amor, no es eso lo más cierto que cabe afirmar de él.

Mucho más profundo es sostener lo contrario.

El amor real, genuino —no la simple pasión, el capricho o un más o menos disimulado egocentrismo—, lejos de nublar la vista de la persona que ama, la torna más penetrante y sagaz, más sutil y comprensiva.

Estamos ante una verdad, expresada sucintamente por de la Tour-Chambly con alcance universal:

cuando se ama, la naturaleza deja de ser un enigma.

Pero que resulta todavía más verdadera si se refiere a los seres humanos.

Pues, como sostiene eficaz y gráficamente Alberoni, conjugando con acierto el pasado, el presente y el porvenir, a la vez que lo real y lo solo posible,

el amor nos revela la infinita riqueza de la otra persona. Porque percibimos de ella todo lo que ha sido, todo lo que habría podido ser, todo lo que es ahora y todo lo que podrá ser en el futuro.

El amor hace ver:
es perspicaz, clarividente.

Intus-legere: entender, «leer desde dentro»

En tales circunstancias, la objetividad y el distanciamiento que tantas veces se reclaman pueden llegar a ser contraproducentes. Pues solo el amor comprometido permite ver las auténticas maravillas y la tremenda dignidad que guarda en su interior cualquier persona, aun la que menos lo aparenta.

Ese es el motivo de que solo los enamorados sean capaces de apreciar lo que realmente vale aquel o aquella a quienes van a unirse o se han unido de por vida.

Los que los rodean, los ven solo desde fuera.

Pero los esposos se quieren mutuamente con auténtica locura, y esa especie de éxtasis, de salida de sí mismos para introducirse en el otro, los torna sagaces, comprensivos y clarividentes.

Como escribe Alice von Hildebrand,

solo los que aman ven;

y los que más claramente ven, más profundamente aman.

Lo mismo sucede con las madres. Cada una de ellas se complace ponderando a su hijo como su vida, su todo, su amor, su rey, su cielo, mientras que ninguno de estos calificativos le parece adecuado para el hijo de los vecinos.

Y no es que esté fantaseando, para su pequeño, cualidades que de ningún modo existen en él. Lo que ocurre es que el amor, lúcido y penetrante, le hace descubrir perfecciones reales, que a quien no ama pasan desapercibidas.

Únicamente el amor comprometido
permite advertir la íntima dignidad
y la futura plenitud de cualquier persona.

2. Y entrever la plenitud futura

La múltiple perspicacia del amor

¿Amor ciego?

Son ya muchos los que han dejado constancia de esta propiedad del amor, que descubre las riquezas del ser querido y anticipa amablemente su plenitud.

Elijo, entre ellos, el autorizado testimonio de Chesterton:

El amor no es ciego; de ninguna manera está cegado. El amor está atado, y cuanto más atado, menos cegado está.

«Cuanto más atado…»: la razón de este hecho es que, conforme se intensifican los lazos que nos unen a una persona, mayor se torna la identificación imprescindible para que el conocimiento se dé y alcance su cenit.

Veamos cómo y por qué, aunque no sea del todo fácil.

Amor ¡sumamente inteligente!

Conocer es, en cierto modo, establecer la identidad entre cognoscente y conocido.

Convertirnos en la realidad que aprehendemos.

Vivir su vida, si lo querido es una persona real o un personaje de ficción (en tal sentido, resulta sumamente reveladora la identificación con el héroe de una película o la protagonista de una novela).

Y, en el caso de quien ama, hacerse uno con el amado, transformarse en él, sin perder la propia singularidad.

Pues bien, la mayor identidad posible entre dos personas, su mayor y más plena unidad, es la que realiza el amor, que nos saca de nosotros mismos y nos introduce hasta la intimidad del amado; y que, justo por eso, ayuda enormemente a conocer, desde dentro, lo mejor de quien amamos, su plenitud posible.

Conforme se intensifican los lazos positivos con una persona,
mayor se torna la identificación imprescindible
para que el conocimiento alcance su plenitud.

Ahondar en el presente

la plenitud del amado, meta del amor

En efecto, el amor interpersonal permite ver en el presente la grandeza de aquel a quien queremos, al tiempo que anticipa su ideal futuro, lo que está llamado a ser, su plenitud.

Como decía, se trata de una propiedad a la que se refieren muchos estudiosos del amor. Pero quizás nadie lo haya expuesto con tanta finura y delicadeza como Alice von Hildebrand.

Leemos en sus Cartas a una recién casada:

Cuando te enamoraste de Michael, se te dio un gran don: tu amor se deshizo de las apariencias pasadas y te proporcionó una percepción de su verdadero ser, lo que está llamado a ser en el más profundo sentido de la palabra. Descubriste su «nombre secreto».

A los que se aman se les concede el privilegio especial de ver con una increíble intensidad la belleza del que aman, mientras que otros ven simplemente sus actos exteriores, y de modo particular sus errores. En este momento tú ves a Michael con más claridad que cualquier otro ser humano.

Y concluye, resuelta:

La gente suele decir que el amor es ciego. ¡Qué tontería! Como dije antes, lo ciego no es el amor, sino el odio. Solo el amor ve.

Para explicar de inmediato que lo que constituye más propiamente a cualquier persona —su ser más real— es la bondad que hay en ella:

Cuando te enamoraste de Michael, veías tanto lo bueno como lo malo que hay en él, y concluiste con razón que «la bondad que veo es claramente su verdadero ser, la persona que está llamada a ser.

Sé que a pesar de las faltas que desfiguran su personalidad, es básicamente bueno».

(¿O no es ése el juicio implícito en tu última carta cuando decías que «cuando se pone furioso deja de ser él»?).

Date cuenta de que tu juicio no solo implica un simple reconocimiento de las virtudes de Michael, sino también capta sus debilidades e imperfecciones.

Por eso te digo que el amor no es ciego; realmente agudiza la vista.

Nuestras buenas cualidades
nos identifican más y mejor que nuestros defectos.

Y vislumbrar el porvenir, también en concreto

Amar supone, pues, conocer a fondo lo que la persona querida es en el presente y, de manera progresiva, anticipar lo que está llamada a ser, su ideal futuro, su plenitud.

Y ese ideal se tornará más preciso y perfilado conforme mayor y más hondo resulte nuestro amor.

Pues, en efecto, lo que comentaba Ortega a propósito del arte y de la imagen sensible, resulta por completo aplicable a cualquier otro acto de amor y a los contornos más eminentemente espirituales.

Escribe el filósofo español:

Cada fisonomía suscita como en mística fosforescencia su propio, único, exclusivo ideal.

Cuando Rafael dice que él pinta no lo que ve, sino “una certa idea che mi viene in mente”, no se entienda la idea platónica que excluye la diversidad inagotable y multiforme de lo real.

la plenitud del amado, meta del amor

No; cada persona trae al nacer su intransferible ideal.

¡Cuántas veces nos sorprendemos anhelando que nuestro prójimo haga esto o lo otro porque vemos con extraña evidencia que así completaría su personalidad!

Cada fisonomía suscita, como en mística fosforescencia,
su propio, único, exclusivo ideal,
su propia plenitud.

3. Tú, ahora y siempre

En las mismas conclusiones, aunque con matices propios, desemboca la logoterapia, desde una perspectiva teorético-experimental, que es la propia de la psiquiatría:

La plena percepción del tú, provocada por el amor, descubre lo mejor de su ser actual y las posibilidades venideras que en él se encierran;

y, además, otorga fuerzas para tender hacia esa plenitud.

Deseo instintivo frente a amor auténtico

Así se advierte en esta larga cita de Frankl, que dividiré en varios fragmentos, anticipando lo que enseña cada uno.

Uno entre tantos

En primer término, a diferencia de lo que sucede con los deseos meramente instintivos, orientados a cualquiera que sea capaz de aplacarlos, el verdadero amor se dirige siempre a una persona concreta, no intercambiable con ninguna otra:

El amor no tiene nada que ver con un compañero anónimo de relaciones instintivas; por ejemplo, un compañero que se puede cambiar a menudo por otra persona que tenga propiedades idénticas.

En el caso del individuo elegido instintivamente no se busca a la persona, sino un tipo […]. El compañero en una relación puramente instintiva (también el compañero en una relación social) es más o menos anónimo.

En cambio, al compañero en una relación de amor verdadero se le trata como una persona, se le considera como un tú».

Tú, solo tú

Desde ese punto de vista, como he sugerido, el amor confirma al ser amado en la plenitud de su singularidad: como alguien del todo irrepetible, único y dotado, por tanto, de inmenso valor.

Podríamos decir que amar significa poder decirle “tú” a alguien; pero no solo esto, sino poder decirle también “sí”: esto es, no solo aprehenderlo en toda su esencia, en su individualidad y unicidad, tal como hemos dicho anteriormente, sino aceptarlo en todo lo que vale.

Así pues, no consiste en ver solo el “ser-así-y-no-de-otro modo” de una persona, sino en ver al mismo tiempo su “poder-ser”, esto es, ver no solo lo que realmente es, sino también lo que puede ser o lo que deberá ser.

En otras palabras, citando una hermosa frase de Dostoievski: “Amar significa ver a la otra persona tal como la ha pensado Dios”.

Solo el amor puede descubrir
toda la riqueza de cada persona humana,
su plenitud presente o futura.

Amor y encuentro personal

Lo mismo se advierte al comparar el simple encuentro, considerado de forma genérica, con el amor, en su acepción más propia.

Tal como lo entiende Frankl, el encuentro se da entre dos personas humanas, tomadas en general, como individuos de la misma especie: dos cualesquiera, indiferenciadas, cabría decir.

Por el contrario, el amor descubre el carácter absolutamente único e irrepetible de la persona amada, que de ningún modo puede ser sustituida. Se dirige, por emplear los mismos términos que Frankl, al tú, precisamente en cuanto tú, inconfundible con ningún otro:

Ahora bien, parece que el amor supone un paso más respecto al encuentro y que no se limita a acoger al semejante en su condición humana, sino además en su unicidad y singularidad o lo que es lo mismo, como persona.

Porque la persona no es un ser humano como los otros, sino diferente de los otros, y en esta diferencia resulta ser algo único y singular.

Y solo cuando el amante acoge al amado en su unicidad y singularidad este se convierte para él en un tú.

El amor no solo acoge al semejante en su condición humana,
sino en su estricta unicidad y singularidad:
como una persona, como un tú único, irrepetible.

Consecuencias prácticas

El desarrollo personal no es solo cuestión de conocimientos

Todo esto no son teorías más o menos sugerentes, sino verdades fecundas, cargadas de repercusiones prácticas.

Apuntaré una, aplicable al conjunto de quienes, en un sentido u otro, tenemos la función de educar.

Cuando no somos capaces de descubrir los senderos por los que encaminar a las personas a nuestro cargo… Cuando sus defectos toman la delantera sobre sus cualidades, se sobreponen a ellas y nos impiden reconocer la amable realidad de estas últimas… Cuando no sabemos cómo ayudar a quien desearíamos hacer crecer…

En bastantes de estas situaciones, ni el diagnóstico ni la terapia son en exceso complicados.

En el fondo suele esconderse una falta de buen amor.

Y el adecuado tratamiento consiste, entonces, fundamentalmente, en incrementar y purificar nuestro cariño.

El conocimiento es necesario,
pero no suficiente.

Cualquier intento de mejora implica, sobre todo, el buen amor

Sin duda, en algunos casos, habrá que entender algo de pedagogía o de psicología o acudir a los expertos en estas disciplinas. Pero lo que importa, ante todo, es aumentar la intensidad y la categoría de nuestro amor: hacerlo más hondo, más generoso y desprendido.

Por ejemplo, ante una o varias acciones reprobables, habría que vencer el enfado inicial que, sin pretenderlo, distorsiona nuestra percepción.

O, si fuera el caso, eliminar esa especie de afrenta personal, que a menudo experimentamos cuando parece que nos falla un ser querido y, tal vez muy particularmente, un hijo.

Una ofensa que, tantas veces, es consecuencia de un cariño no del todo puro ni desprendido: muy cargado aún de amor propio.

Solo entonces, al mejorar y aumentar nuestro amor, la correspondiente intensificación del alcance y penetración de nuestro conocimiento nos permitirá ver lo que nuestro hijo o amigo necesitan.

Y, además, nuestra visión anticipadora y la fuerza de nuestro amor los impulsarán a avanzar por las vías de su propio progreso, hasta acercarse a su plenitud.

Lo confirma, con la autoridad derivada de sus muchos años de ejercicio profesional como psicóloga y logoterapeuta, Elisabeth Lukas:

En resumen, no son solo las «estrategias» psicológicas las que ayudan, sino que, ante todo, cuenta la «presencia amante» de una persona. […]

Para rescatar a alguien del vacío de valores deben confluir, de forma veraz, dos cosas: un conocimiento suficiente y un corazón abierto.

Bernhard von Clairvaux ya debía de saberlo, en el siglo XII, cuando escribió: «¿Qué haría la educación esmerada sin el amor? Ufanarse. ¿Qué haría el amor sin la educación esmerada? Extraviarse».

Para rescatar a alguien del vacío de valores
deben confluir dos factores:
un conocimiento suficiente y un corazón abierto.

Las amables exigencias del amor

1. Avivar el proceso de mejora, en pos de la plenitud

Descubre la plenitud y la alienta

Según decía, el amor no solo descubre la futura plenitud de quien amamos, sino que, en sentido estricto, la exige, la reclama.

Pero lo hace sin estridencias ni forzamientos, sin lesionar la dignidad ni la autonomía de aquel a quien se quiere.

Al contrario, respetando siempre la libertad ajena, el amor obliga amablemente al ser querido a perfeccionarse, a avanzar hacia su plenitud:

a) le propone su ideal de plenitud,

b) le anima,

c) le ayuda a mejorar

d) y le otorga el vigor y el impulso imprescindible para lograr esa plenitud.

Y, desde ese punto de vista, más que exigir la plenitud, la hace posible y la suscita: provoca esa plenitud.

Más que exigir la plenitud del ser querido,
el amor la hace posible y la provoca.

Amar más y mejor

Por eso, cuando la persona amada parece detener su avance, cuando tenemos la impresión de que ya no adelanta, en lugar de desanimarnos, o venciendo ese desánimo, ¡hemos de multiplicar y mejorar nuestro amor hacia ella!

Al hacerlo, no solo descubriremos los senderos por los que debe caminar para seguir avanzando en pos de su plenitud, sino que le impulsaremos amable y eficazmente a encaminar sus pasos en esa dirección.

Basta con querer mejor, de manera más desinteresada, con más abandono, con mayor entrega: no son necesarios muchos más medios.

El buen amor —el de dos cónyuges que realmente se quieren, pongo por caso— consigue mejorar al otro con la sola fuerza del afecto, sin necesidad apenas de palabras.

Es el propio empuje, que el amor transmite, el que incita a progresar a aquel a quien queremos y lo encamina hacia su plenitud.

La fuerza transmitida por nuestro amor
ayuda a mejorar a quien amamos.

Para ver más claro

la plenitud del amado, meta del amor

¿Por qué motivos?

Antes que nada, porque así, al corregirse y mejorar, quien se descubre amado va advirtiéndose también menos indigno del querer que gratuitamente le consagramos.

Pero, además, y, sobre todo, porque nuestro amor está poniendo ante su vista, calladamente, sin apenas formularlo, su propio ideal.

Como apuntaba, cuando queremos de veras, no amamos solo lo que la persona es, sino también ese grado de plenitud final que, gracias al cariño que agudiza nuestra inteligencia, hemos descubierto en ella: su proyecto perfectivo futuro.

Queremos a nuestros amigos, a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, en toda la plenitud que el despliegue de su propio ser está llamado a alcanzar.

Pero sin impaciencias ni erróneos pedagogismos: contando siempre con el tiempo, con la grandeza de su persona y con su buena voluntad, aunque de momento parezca adormecida.

Y, como advirtiera ya Goethe, al quererlos mejores de lo que actualmente son, les alentamos a avanzar por el camino de su propia superación.

De esta suerte, gracias al cariño que le dispensamos, aquel a quien pretendemos perfeccionar conseguirá lo que por sí solo difícilmente lograría.

Gracias a nuestro amor,
quien pretendemos ayudar
conseguirá la plenitud que por sí solo no alcanzaría.

El amor da alas al ser querido, lo eleva hacia su plenitud

Lo expone, entre muchos otros, Guitton, filósofo fallecido hace ya algunos años, con palabras no del todo fáciles, pero repletas de sugerencias.

Así, lo que el ideal moral nos obliga a realizar, a saber, ese «segundo ser» superior a nosotros mismos que es nuestro modelo, el amor nos permite obtenerlo de buen grado, de muy buen grado.

Y, un poco más adelante, explica que lo que uno no logra por sí mismo, se torna posible gracias al amor que nos brindan quienes de veras nos quieren. Un amor que, desde este punto de vista, cabe calificar como creador:

Es tan difícil igualarse a sí mismo, por sí mismo, con un yo que está por encima de sí, como fácil es hacerse semejante a ese modelo de sí cuando es proyectado sobre uno mismo por el ser que nos ama.

En los dos casos hay una especie de ilusión, puesto que se propone una imagen de algo aún inexistente.

Pero, cuando esta imagen procede del amor de otro ser, tiene una potencia creadora.

Por eso cada uno de nosotros actúa, realiza y hasta existe en proporción a lo que le cree capaz quien lo ama.

De inmediato, agrega una fórmula cargada de efectos prácticos:

El secreto de la educación es imaginar [y querer, agregaría yo] a cada ser un poco mejor de lo que es en realidad.

Y la explica, convenientemente:

¿Qué soy yo, pues, sino lo que creen de mí los que me aman?

Cuando la conciencia se cierra sobre sí misma, se seca y se atormenta y cuando se abre al amor se libera de sus cadenas interiores.

Pero la conciencia solo se abre cuando acoge al amor; así, en el circuito del amor la respuesta contiene más que la demanda y el don que se recibe más que el don que se hace.

El secreto de la educación es querer a quien amamos
un poquito mejor de lo que es.

En un contexto muy diverso, con magnífica intuición femenina, lo expresaba Philine, la enamorada de Amiel, en la carta con que respondía a una probable reprensión de este:

Mis desigualdades desaparecerán en cuanto esté a tu lado para siempre. Contigo mejoraré, me perfeccionaré, sin límites; porque a tu lado la saciedad y la desunión serán inconcebibles.

No sabrás todo lo que valgo hasta que no pueda ser, junto a ti, todo lo que soy.

¡Junto a ti,
gracias a las fecundísimas energías de tu amor!

2. Con manifestaciones concretas

Las consecuencias de cuanto vengo sugiriendo son abundantes.

Señalo algunas.

Sentirme indigno del amor que me profesan, para ser feliz en plenitud

Gratuidad…

La primera, el sentirse indigno del amor que a uno le otorgan, por ejemplo, en la vida conyugal.

Reconozco gustoso que uno de los hechos que más me han emocionado a lo largo de mi experiencia como marido, y en el trato prolongado con distintos matrimonios, es que tantas veces uno de los cónyuges dice al otro:

Te quiero con locura, inmensamente, y no comprendo, al mirar dentro de mí, cómo tú puedes amarme.

Y la respuesta del cónyuge consiste en darle la vuelta a la oración:

No, soy yo quien está entusiasmado contigo, y, conociéndome, me resulta imposible creer que me hayas elegido como esposo o esposa.

Algunos considerarán todo esto romanticismo barato, y así me lo exponía hace ya bastantes años, al final de una conferencia, una persona que concluyó su perorata diciendo:

¡Yo sé muy bien las cualidades que tengo, y por las que mi mujer se ha enamorado de mí!

Y plenitud de la felicidad

Admito que su intervención me produjo una enorme tristeza. ¿Por qué? Porque aquel buen hombre se estaba perdiendo lo más gratificante del amor, que es justo la certera sensación de que no lo merecemos.

Pues, como sostiene Étienne Rey en su Peau Neuve, para gustar plenamente de la felicidad, no hay como sentirse indigno de ella.

Y Marta Brancatisano lo ejemplifica, dando vida y plasticidad a la misma idea:

Ser amados cuando somos los héroes o los primeros de la clase ni siquiera nos produce mucha satisfacción; pero ser amados cuando somos y nos comportamos como unos gusanos… ah, esto sí que es algo que conmueve las entrañas del mundo, algo que provoca un estupor capaz de dar nueva vida a quien recibe un amor así.

Para gustar de la felicidad en plenitud,
no hay como sentirse indigno de ella.

Buscar la propia plenitud, por amor

La propia plenitud

Otro de los efectos ineludibles del amor tiene también mucho que ver con la formación y el desarrollo personal, con la búsqueda de la propia plenitud.

Con independencia de su edad, condición social, estado de salud, etcétera, cuando alguien se enamora de veras, y se descubre correspondido, formula inevitablemente —al menos de forma implícita— un propósito de mejora, para hacerse menos indigno del amor que le brindan.

Por eso, cuando escuchamos respecto a alguna persona la triste afirmación de que «no ha sido nada en la vida», podemos estar seguros de que nadie la ha amado real y verdaderamente.

Consecuencia de saberse amados

Es, sin duda, el sentido que encierra esta sentencia de Gautier:

Nada contribuye tanto a hacer malo a un hombre, como el no ser amado.

Y, muy probablemente, el que cabría asignar a las siguientes afirmaciones de Niemeyer:

El amor engendra amor e incluso la naturaleza ruda no siempre alcanza a resistir su fuerza.

Si muchísimos hombres hubieran hallado más amor en su infancia y su juventud, se hubieran humanizado en mayor grado».

En consonancia con estas últimas palabras, la propia plenitud, el resultado y la eficacia de la propia formación es tantas veces fruto de la conciencia de ser querido y estimado, y de la confianza inquebrantable que quien nos ama sin condiciones hace surgir en nosotros.

Sabernos amados es el mejor incentivo para formarnos,
para buscar eficazmente nuestra mejora,
hasta alcanzar la plenitud que nos corresponde.

3. Y el esfuerzo de la propia entrega

La plenitud de la persona amada

Búsqueda de la plenitud, a veces dolorosa

Corroboración en el ser, exigencia de plenitud, descubrimiento de una perfección que uno mismo no percibe en sí, anhelos de mejora…

Mucho mejor lo ha dicho el poeta, en el que considero todavía como el más iluminado canto amoroso en castellano de todo el siglo XX, La voz a ti debida, de Pedro Salinas:

Perdóname por ir así buscándote / tan torpemente, dentro / de ti. / Perdóname el dolor, alguna vez. / Es que quiero sacar / de ti tu mejor tú. / Ese que no te viste y que yo veo, / nadador por tu fondo, preciosísimo. / Y cogerlo / y tenerlo yo en alto como tiene / el árbol la luz última / que le ha encontrado al sol. / Y entonces tú / en su busca vendrías, a lo alto. / Para llegar a él / subida sobre ti, como te quiero, / tocando ya tan solo a tu pasado / con las puntas rosadas de tus pies, / en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo / de ti a ti misma. / Y que a mi amor entonces le conteste / la nueva criatura que tú eras.

El verso final, con el verbo en pasado, representa la cumbre de esta inspirada composición. Salinas afirma aquí que el desarrollo personal de todo ser humano es precisamente eso, despliegue, desenvolvimiento. Y, por tanto, que, en cierto modo, su plenitud se encontraba contenida en él, desde el momento mismo de su creación (que tú eras).

Nuestra tarea es descubrir, ayudar a percibir y a desentrañar esa riqueza hasta alcanzar, al término de la vida, aquella plenitud que, hasta cierto punto, cada uno era ya desde el comienzo.

La plenitud, siempre consecuencia del amor

Y, para lograrlo, se necesita imperiosamente del amor de los otros.

Lo sugieren estas palabras de Tolstoi, un tanto rudas en la expresión, pero que manifiestan a las mil maravillas todo el poder redentor y formativo del amor auténtico:

En Nejliúdov, como en todos los hombres, había dos naturalezas. Una, la espiritual, que solo buscaba para sí el bien que fuese bien para sus semejantes; y la otra, la animal, que solo buscaba el bien para sí y que en aras de este bien estaba dispuesta a sacrificar el bien del mundo entero.

En este período de su locura de egoísmo, provocada por la vida militar y peterburguesa, la naturaleza animal imperaba en él y tenía reprimida por completo a la naturaleza espiritual.

Mas al ver a Katiusha y al sentir de nuevo lo que hacia ella había experimentado en otros tiempos, la naturaleza espiritual levantó la cabeza y de nuevo empezó a reclamar sus derechos.

Durante los dos días que precedieron a la Pascua se desarrolló dentro de él una lucha interna de la que no tenía conciencia.

También Gregorio Marañón lo expone agudamente, y tal vez de manera más directa, con tal de que lo que él afirma de la mujer se aplique, asimismo, al varón:

Amiel ignoraba que la mujer ideal no se encuentra, en ese estado de perfección, casi nunca: porque, por lo común, no es solo obra del azar, sino, en gran parte, obra de la propia creación […].

El ideal femenino, como todos los demás ideales, no se nos da nunca hecho; es preciso construirlo; con barro propicio, claro está, pero lo esencial es construirlo con el amor y el sacrificio de todos los días, exponiendo para ello, en un juego arriesgado, a cara o cruz, el porvenir del propio corazón.

La mujer o el varón ideal no se nos dan nunca hechos:
hay que construirlos con el amor y el sacrificio de cada día.que

Su estricta singularidad

Una plenitud particular, única

Llegados aquí, conviene insistir sobre un aspecto, al que hasta ahora me he referido solo indirectamente.

Parece indudable que el amor se configura como el motor de toda educación, de cualquier intento de ayudar a otras personas y de cualquier proceso de formación, propia y ajena.

Pero es preciso considerar de nuevo que, justo por tratarse de personas, cada una de ella es irrepetible. De ahí que su plenitud, aun gozando de cierta analogía con la de los demás, resulte también estrictamente singular e irrepetible: única.

Por eso, lo que siempre hemos de perseguir a través del amor es que el ser a quien queremos alcance su propio apogeo:

el suyo, realmente distinto del de cualquier otro individuo humano entre los que existen, han existido o existirán…

y también del nuestro propio.

Su propia plenitud,
distinta de la de cualquier otra persona
y también de la nuestra.

La plenitud del otro “en cuanto otro”

Lo insinuaba ya Aristóteles, al definir el amor como «querer el bien del otro en cuanto otro».

Y lo subrayan, con elocuencia, las palabras dirigidas por Unamuno a un escritor novel, que se quejaba ante el maestro de que su producción no era suficientemente reconocida.

Don Miguel le contestó:

No te creas más, ni menos ni igual que otro cualquiera, que no somos los hombres cantidades.

Cada cual es único e insustituible; en serlo a conciencia, pon tu principal empeño.

Ni más, ni menos ni igual que ningún otro:
que no somos los hombres cantidades.

Respeto a la plenitud propia del ser amado

Lo apunta, asimismo, Julián Marías, aunque con expresiones algo más difíciles. Quien ama, ha de dejar que la persona amada sea quien ella está llamada a ser, no otra. Ha de contar también con el tiempo:

En su realidad temporal, a lo largo de la vida […], el amor consiste muy principalmente en dejar ser. […]

El que ama necesita tanto a la persona amada, que tiene que dejarla ser lo que es, lo que tiene que seguir siendo.

Para concluir, resumiendo en pocas frases cuestiones que ya hemos tratado:

Lo único que puede hacer activamente sobre ella es estimular el nacimiento de lo más propio y lo mejor, ayudarla a descubrirse, a verse como en un espejo que le ofrece el que la ve.

El que quiere transformar a la persona amada —error tan frecuente— no la ama de verdad, ya que esto lleva a querer que sea lo más posible ella misma, y por eso se limita a intentar despojarla de adherencias postizas, para dejar su realidad exenta, no para cambiarla por la propia o por la personalmente preferida.

El que ama impulsa a la persona amada
a ser a fondo lo que es
y a conquistar lo que debe llegar a ser: su plenitud.

la plenitud del amado, meta del amor
la plenitud del amado, meta del amor

El amor es el principal motor
del desarrollo personal,
de la búsqueda y conquista de la plenitud.

(Continuará)

Tomás Melendo
Presidente de Edufamilia
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es