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6. La grandeza de amar, a la luz de sus contrarios

1. Amar es decir a la persona amada: «no morirás»

Manifestaciones positivas que revelan la sublimidad del acto de amar

En el artículo precedente apunté algunas consecuencias gozosas que ponen de manifiesto la grandeza del acto de amar.

Entendido en su núcleo más hondo —venía a decir—, amar es pronunciar un “sí” sin condiciones a la persona amada:

confirmarla en su ser: ¡es maravilloso que existas!;

refrendar de manera absoluta la acción creadora que le dio ese ser;

recrearla una y otra vez con el propio cariño.

Y esa radical confirmación, derivada y casi idéntica al acto de amar:

no solo lleva consigo múltiples mejoras para la persona amada,

sino que ilumina el conjunto del universo

y provoca también un intenso crecimiento en quien ejerce el acto de amar.

La sublimidad del amor deja una huella clara en los múltiples efectos positivos que de amar se siguen.

el bien de la persona amada

La sublimidad del acto de amar se manifiesta,
en primer término,
en los efectos positivos que de él derivan.

Realidades negativas que también confirman la grandeza de amar

Lo mismo puede comprobarse desde el extremo contrario, poniendo de relieve lo que ocurre cuando el amar decae o cuando viene a faltar la persona a quien amamos:

el sufrimiento entonces experimentado acaba de confirmar, por contraste, hasta qué punto amar confiere todo su sentido a la existencia humana.

Tanto los efectos positivos, estudiados en el artículo que precede, como las realidades negativas derivadas de las distintas carencias que afectan al amor subrayan, pues, un mismo hecho: la sublimidad inigualable que eleva el acto de amar por encima de cualquier otra actividad humana.

Pues bien, entre los signos punzantes, dolorosos y destructivos que confirman por contraste la grandeza de amar, tal vez los dos más claros sean la muerte de quien amamos y el amor no correspondido.

Igual que amar hace resplandecer el universo todo
y perfecciona nuestra propia persona,
lo que experimentamos cuando el amor “falla”
testimonia también la grandeza de la sublime acción de amar.

La muerte del ser amado

Centrémonos de momento en la muerte del ser querido.

Sin duda, sentimos como un vacío auténtico la pérdida de alguien a quien amamos con toda el alma: marido, esposa, hijo, novio o novia, amigo o amiga íntimos.

Pero no es solo eso.

Cuando el acto de amar no puede sostenerse, cuando parece que amar resulta imposible, el universo entero, que el amor había hecho resplandecer, se torna de repente sin sentido, tedioso y falto de color, de textura y de relieve.

Nada de lo que nos rodea, nada de lo que hacemos y con lo que otras veces gozábamos, tiene ahora razón de ser.

Parece como si todo se desvaneciera junto con la persona a la que, según recuerda Agustín de Hipona, «habíamos amado como si nunca hubiera de morir»..

Cuando fallece la persona amada,
cuando amar parece imposible,
sentimos el vacío de su pérdida…
y todo el universo se torna un sinsentido.

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2. La imposibilidad de amar, en la literatura y en la vida

Testimonios de la literatura…

La historia y la literatura nos ofrecen multitud de testimonios como los que hemos apuntado, a la vez semejantes y diversísimos.

O, más bien, los múltiples y muy diferentes intentos de explicar la naturaleza del amor coinciden en esta propiedad concreta:

en cualquiera de ellos, la pérdida del ser querido provoca la carencia de significado de quien ama, de cualquiera de sus acciones y de todo y todos los que lo circundan.

Entre los clásicos, lo manifiestan estos cuatro célebres versos de Garcilaso de la Vega:

Echado está por tierra el fundamento / que mi vivir cansado sostenía. / ¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día! / ¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!

También lo vivió un poeta contemporáneo, Antonio Machado, según cuenta José Luis Cano: 

… en Soria, Machado se convierte en enfermero de su mujer, cuya salud es lo único que le preocupa. Tras una aparente mejoría, Leonor vuelve a agravarse, pero antes de morir, aún tiene un momento de alegría al recibir de manos de Antonio el primer ejemplar de Campos de Castilla.

Pocos días después, el 1 de agosto, muere Leonor en brazos del poeta. La muerte de su esposa hunde a Machado en un dolor tan hondo que el éxito de Campos de Castilla —cuya publicación es recibida con entusiasmo por la crítica madrileña, Ortega y Azorín al frente— no logra atenuar.

Y prosigue:

En algún momento pensó suicidarse, según le confiesa en una carta a Juan Ramón: «Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro.

El éxito de mi libro me salvó, y no por vanidad, ¡bien lo sabe Dios!, sino porque pensé que, si había en mí una fuerza útil, no tenía derecho a aniquilarla.

La pérdida del ser querido provoca la carencia de significado
de uno mismo y sus actividades,
y de todo y todos los que lo circundan.

… y de la propia vida, cuando choca con la muerte

Simone de Beauvoir

No extraña, entonces, que algo semejante experimentara Simone de Beauvoir, cuya concepción del amor se sitúa casi en las antípodas de la que esbozo en este conjunto de escritos.

Cuando la amante de Sartre cree que él ha muerto, a raíz de una huelga de hambre, y ya no lo puede amar, una rotunda desolación se apodera de ella:

Ya no había hombres, ya no los habría nunca, y yo no sabía por qué sobrevivía absurdamente.

Ya no había hombre,
nunca los habría,
y yo no sé por qué sobrevivía absurdamente.

Agustín de Hipona

Y tampoco debería asombrar, si se reflexiona con calma, que el sentimiento que estoy tratando resulte común, hasta cierto punto, a quienes niegan la existencia de Dios y a quienes creen firmemente en Él: pues la naturaleza propia del acto de amar conserva una clara semejanza en unos y otros.

Entre los últimos, son bien conocidas las palabras de Agustín de Hipona que enseguida transcribo:

¡Qué terrible dolor para mi corazón!

Cuanto miraba era muerte para mí: la ciudad se me hacía inaguantable, mi casa insufrible y cuanto había compartido con él se me volvía sin él crudelísimo suplicio.

Lo buscaba por todas partes y no aparecía, y llegué a odiar todas las cosas, porque no lo tenían ni podían decirme como antes, cuando venía después de una ausencia: «he aquí que ya viene» […].

Solo el llanto me era dulce y ocupaba el lugar de mi amigo en las delicias de mi corazón […]. Me maravillaba que la gente siguiera viviendo, muerto aquel a quien yo había amado como si nunca hubiera de morir; y más me maravillaba aún que, muerto él, siguiera yo viviendo, que era otro él.

Me maravillaba que la gente siguiera viviendo,
muerto aquel a quien yo había amado
como si nunca hubiera de morir.

C. S. Lewis

Algo análogo experimentó Lewis, y lo puso por escrito, a los pocos meses de fallecer su esposa, cuando parecía imposible que la pudiera amar:

No es verdad que esté pensando siempre en H. El trabajo y la conversación me lo hacen imposible.

Pero los ratos en que no estoy pensando en ella pueden que sean los peores.

Porque entonces, aunque haya olvidado el motivo, se extiende por encima de todas las cosas una vaga sensación de falsedad, de despropósito.

Se extiende por encima de todas las cosas
una vaga sensación de falsedad, de despropósito.

Prosigue Lewis:

Como en esos sueños en que no ocurre nada terrible —ni siquiera que parezca digno de mención al contarlos a la hora del desayuno—, y sin embargo la atmósfera y el sabor del conjunto son mortíferos.

Pues igual.

Veo rojear las bayas del fresno silvestre y durante unos instantes no entiendo por qué precisamente ellas pueden resultar deprimentes.

Oigo sonar una campana y una cierta calidad que antes tenía su tañido se ha esfumado de él.

¿Qué pasa con el mundo para que se haya vuelto tan chato, tan mezquino, para que parezca tan gastado?

Y entonces caigo en la cuenta.

La radical energía que nos hace ser
se nos transmite, en parte,
a través de la persona amada
y del propio acto de amar.

3. La fuerza inagotable del amor, por encima incluso de la muerte

¿Superior al morir?

Pero la última palabra no la tienen ni Simone de Beauvoir ni Agustín de Hipona ni Lewis.

Cabe dar un paso más.

Amar es también decir: “aunque murieras…”

la grandeza del amar a la luz de sus contrarios

Amar es sobre todo decir: “no morirás…
¡aunque hayas muerto”.

Para ilustrarlo, aduciré un par de testimonios significativos y no muy lejanos en el tiempo.

Se advierte, a través de ellos:

Que la fuerza del amor es capaz de generar la dicha, aun en medio de circunstancias tremendamente adversas, dolorosísimas.

Y que esa misma energía —la del amor auténtico— parece superar incluso la muerte ¡y la supera de hecho!

El genuino acto de amor engendra la dicha,
por encima incluso de la muerte.

La energía evocadora del amor

Lo narra Viktor Frankl, psiquiatra, creador de la logoterapia.

Después de años en el campo de concentración, en momentos de especial tristeza y desamparo, se aferra al amor que otorga vida a su esposa, cuyo destino ignora —no sabe si vive o ha muerto—, y a través de ella recupera y conserva él mismo la vida.

Por razones didácticas, ofrezco en primer lugar el hecho, y en párrafos sucesivos las reflexiones de Frankl.

Escribe, en primer término, el inicio de la experiencia, cuando su memoria y su imaginación le presentan con absoluta viveza la imagen de su esposa:

Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi esposa, imaginándola con una asombrosa precisión. Me respondía, me sonreía y me miraba con su mirada cálida y franca. Real o irreal, su mirada lucía más que el sol del amanecer.

Real o irreal,
su mirada lucía más que el sol del amanecer.

la grandeza del amar a la luz de sus contrarios

Amar, única fuente segura de felicidad

Y, a partir de ahí, comienzan sus descubrimientos de la profunda energía encerrada en el acto de amar y, para nosotros, las enseñanzas al respecto.

Ante todo, la sublime grandeza del amor, que eleva al hombre hacia su plenitud.

En ese estado de embriaguez nostálgica se cruzó por mi mente un pensamiento que me petrificó, pues por primera vez comprendí la sólida verdad dispersa en las canciones de tantos poetas o proclamada en la brillante sabiduría de los pensadores y de los filósofos: el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre.

De inmediato, la relación entre amor y felicidad, entendida como plenitud y como dicha.

Entonces percibí en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del hombre solo es posible en el amor y a través del amor.

Intuí cómo un hombre, despojado de todo, puede saborear la felicidad —aunque solo sea un suspiro de felicidad— si contempla el rostro de su ser querido.

«La salvación del hombre
solo es posible en el amor y a través del amor».

El amor, más fuerte que la muerte

Por fin, la imperiosa victoria del amor sobre la muerte y sobre cualquier otro mal, así como su capacidad de perfeccionar al ser humano, en cualquier circunstancia.

Aun cuando el hombre se encuentre en una situación de desolación absoluta, sin la posibilidad de expresarse por medio de una acción positiva, con el único horizonte vital de soportar correctamente —con dignidad— el sufrimiento omnipresente, aun en esa situación ese hombre puede realizarse en la amorosa contemplación de la imagen de su persona amada.

Énfasis.

Pero no todo acaba aquí. La experiencia se completa con otro texto de Frankl, que afirma de forma expresa la superioridad del amor sobre la muerte.

Mi mente todavía se aferraba a la imagen de mi mujer. De pronto me asaltó una inquietud: no sabía si aún vivía. Sin embargo, ahora estaba convencido de una cosa, algo que había aprendido demasiado bien: el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su sentido más profundo en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo.

Que esté o no presente esa persona, que continúe viva o no, de algún modo pierde su importancia. Ignoraba si mi mujer vivía y carecía de medios para averiguarlo (a lo largo de mi cautiverio jamás tuvimos contacto postal con el exterior); aunque en ese momento esa cuestión tan vital dejó de importarme.

«El amor trasciende la persona física del ser amado
y encuentra su sentido más profundo
en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo».

No sentía ninguna necesidad de comprobarlo: nada podía afectar a la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o a la mirada amorosa de su figura espiritualizada.

Si por aquel entonces hubiera conocido la muerte de mi mujer, creo que aun así me habría entregado —insensible a la realidad— a la contemplación de su imagen y mentalmente habría conversado con ella con la misma viveza y satisfacción. «Sella conmigo tu corazón… pues fuerte como la muerte es el amor» (Cantar de los Cantares 8,6).

Nada podía afectar a la fuerza de mi amor
(ni siquiera la muerte de mi amada).

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Amar es decir un sí de tal alcance
que todo el universo queda transfigurado:
la persona a la que amamos
y también nosotros mismos.

(Continuará)

Tomás Melendo
Presidente de Edufamilia
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es