6.1. Fomentar cualidades

6.1. Fomentar cualidades

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Aunque no acabemos de convencernos,
es mucho más eficaz y gratificante
fomentar cualidades que corregir defectos.

Amor clarividente y eficaz.

Como vimos en otro artículo, solo un amor auténtico y desprendido sabe descubrir la verdadera grandeza y las aptitudes de cada uno de nuestros hijos y, sin necesidad de excesivas palabras, ponerlas ante su vista como el ideal al que cada uno de ellos ha de aspirar.

Por el contrario, cuando ese amor no es lo suficientemente hondo y desinteresado,

fácilmente dejaremos de percibir lo mejor que hay en ellos, les transmitiremos la impresión de que valen más bien poco y los incitaremos, sin advertirlo ni pretenderlo, a adecuar su comportamiento a esa imagen degradada y empequeñecida.

El amor auténtico ayuda a crecer a la persona amada.

Animar y recompensar

El niño es muy receptivo. Si se le repite con frecuencia que es un maleducado, un egoísta, un vago que no sirve para nada, se creerá y será verdaderamente maleducado, egoísta, e incapaz de realizar tarea alguna…«aunque solo fuera —suelo explicar, con una punta de humor y de ironía— para no defraudar a sus padres».

Análogamente, si por una excesiva insistencia en sus defectos e ignorancia de lo que realiza bien, damos la impresión de que solo estamos con él para regañarle, seguirá actuando mal, incluso de forma inconsciente, con el único fin de recibir la atención que necesita.

Paradójicamente, las regañinas se transforman entonces en refuerzo psicológico para aquellos modos de obrar que pretendemos que evite.

La excesiva atención a los defectos de nuestros hijos
contribuye a reforzarlos, en lugar de disminuirlos.

El efecto «espejo»

Por lo común, es mejor que el chico tenga un poco de excesiva confianza en sí mismo, que demasiado escasa. Cosa que conseguiremos si logramos hacerle apreciar que nuestro amor es —¡de veras: nunca por táctica!— incondicional, incondicionado e incondicionable, y que, aunque deseemos que dé lo mejor de sí, en ningún caso le retiraremos nuestro afecto si, por falta de fuerzas, de capacidad o de interés… ¡o por mala voluntad!, no alcanza tales niveles o incluso comete una o mil barbaridades.

En consecuencia, si lo vemos recaer en algún defecto, resultará más eficaz una palabra de ánimo que echárselo en cara y humillarlo.

Mostrar al hijo que confiamos en sus posibilidades —lo que lleva consigo el esfuerzo previo de descubrirlas e incluso, si es el caso, de ponerlas por escrito y repasarlas con frecuencia, como en otro artículo apunté [leer], o pedir a nuestro cónyuge que «nos pase revista de ellas» cuando lo vemos todo negro— es para él un gran incentivo; en efecto, el pequeño —como, con matices, cualquier ser humano— se encuentra impulsado a llevar a la práctica la opinión positiva o negativa que de él se tiene y a no defraudar nuestras expectativas al respecto.

Es cierto que los hombres somos los únicos seres que obramos no según lo que somos, sino lo que creemos que somos o, incluso, lo que creemos que creen que somos y, por tanto, lo que (creemos que) esperan de nosotros.

Por eso, según recuerda un eminente pensador francés, la clave de la educación consiste en ver y querer en cada momento a aquel a quien amamos… un poco mejor de lo que en realidad es.

Por idénticos motivos, cuando un hijo hace una observación correcta —también cuando es contraria a la que nosotros acabamos de comentar o sugerir—, no hay que tener miedo a darle la razón. No se pierde autoridad; más bien al contrario, la ganamos, puesto que no la hacemos residir en nuestros puntos de vista, sino en la misma verdad objetiva de lo que se propone… y en la calidad personal que con ese gesto —reconocer que el hijo tiene más razón que nosotros— ponemos de manifiesto.

Los hombres actuamos no tanto en función de lo que somos,
sino de lo que esperan de nosotros quienes nos aman.

Provocar… ¡lo que queremos evitar!

Por consiguiente, si damos por supuesto que nuestro hijo o nuestra hija no va a ordenar su habitación antes de salir de casa, estaremos animándolo a dejarlo todo por medio.

Por el contrario, si sabemos comunicarle con gracia y con picardía nuestro convencimiento de que es capaz de dejar su cuarto arreglado, y que eso nos hace muy felices, es bastante probable que, poco a poco, vaya ordenando mejor sus cosas.

Y lo mismo en los restantes aspectos. Hacerle saber que estamos seguros de que puede esforzarse más en los estudios, lo acabará conduciendo a hacer ese esfuerzo. Dar por descontado y mostrar nuestra alegría por el hecho de que, cuando salgamos de casa, atenderá con cariño a su hermano o hermana menor, le animará a prestarle atención…

Con dos condiciones:

a) Que lo que demos por supuesto sea algo que realmente pueden llevar a cabo, aunque sea con esfuerzo, y no algo absolutamente imposible para él o para ella.

b) Que nuestra convicción sea sincera —porque de veras confiamos en nuestros hijos— y no una mera táctica para lograr unos objetivos que nos hagan la vida más cómoda.

Como siempre, el principio radical, en educación, es el amor real a nuestros hijos.

Los hombres obramos más
por lo que pensamos que piensan de nosotros…
que por lo que realmente somos.

(Continuará)

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es