Virtud: ¿a alguien le suena?

Sin duda, se trata de una palabra poco usada en la vida diaria, que para muchos carece de un significado preciso.

En el contexto del matrimonio, desde un punto de vista mera­mente descriptivo, y tomán­dola en el mejor de sus senti­dos, virtud es todo lo que uno querría encontrar… ¡en el otro! (¡no fal­taría más!). Lo que equivale, en forma negativa y más gráfica y cotidiana, a aquello cuya ausencia nos echa en cara el cónyuge cuando discutimos. A saber: afabilidad, ternura, comprensión, generosidad, con­fianza, buen humor, optimismo, sereni­dad, tacto, puntualidad, delicadeza en el trato, capacidad de perdonar, de es­cuchar, de adaptarse, de tolerar… Y, evidentemente, si faltan estas virtudes, se hallan normalmente presentes los defectos contra­rios: acritud, intolerancia, frialdad, sus­ceptibilidad, irritabilidad, malhumor, pesimismo, tosquedad, suspicacia, des­atención, indiferencia, etc.

Adoptando una perspectiva un poco más profunda, y con palabras de san Agustín, la virtud configura el ordo amoris, el orden en el amor: es decir, el conjunto de actitudes y acciones que un buen amor suscita en los que se quieren: la generosidad o la abnegación, pongo por caso; y, viceversa, el sinfín de con­diciones y modos de obrar que resultan necesarios para que ese mismo amor se mantenga, crezca y sazone… y, con él, se incremente la felicidad de ambos (la paciencia, la paciencia y la paciencia, si no me equivoco).

O sea que la virtud reclama al amor, y el amor, por su parte, reclama y pro­voca las virtudes: una especie de círcu­lo virtuoso.

Nos hemos habituado a que la técni­ca resuelva todos nuestros problemas, absolutamente todos

La excesiva tecnificación

No es difícil observar cómo el amor en­tre los cónyuges se intensifica con la práctica cotidiana de estas “virtudes”, que van haciendo más honda y verda­dera —y más alegre y gozosa— la entre­ga recíproca. Y también que tales virtu­des se robustecen al hilo de las alegrías conjuntas —que es preciso saber provocar y aprovechar—, pero también de dificultades de la vida de pareja: los defectos o sim­ples limitaciones del uno y de la otra, la diversidad de temperamentos, de gus­tos o de costumbres, las pequeñas o no tan pequeñas manías, los días que empiezan con mal pie, el nerviosismo y todo lo demás. E inclu­so los más avispados podrían advertir la importancia capital del desarrollo de las “dichosas” virtudes para el éxito de cualquier matrimonio. Siempre, pero de modo especial en nuestros días.

Y es que, comparada con las del pasa­do, la sociedad en que vivimos presenta innegables ventajas, pero también algu­nos inconvenientes. Entre ellos se cuen­ta una excesiva “tecnificación”.

Nos hemos habituado a que la técni­ca resuelva todos nuestros problemas. Todos. Desde la climatización del lu­gar donde residimos o trabajamos has­ta los dolores producidos por una mala digestión o las angustias derivadas de una vida profesional demasiado inten­sa; desde la carencia de tiempo causada por las distancias en ciudades que han crecido de manera incontrolada hasta los excesos de peso derivados de una dieta inadecuada, de la glotonería o de la propia constitución biológica; desde las dificultades de nuestros hijos en el estudio o a la hora de los exámenes hasta los problemas de timidez o las inse­guridades que acompañan a una vida todavía en desarrollo…

Pero —siempre hay un pero— no to­dos los problemas admiten una solución técnica. Algunos de ellos requieren otro tipo de remedios. Y en concreto, los que surgen como consecuencia de las defi­ciencias personales reclaman, lógica­mente, un crecimiento de las personas en juego, un empeño constante, man­tenido, y de ordinario esforzado, por mejorar nuestra propia con­dición, por ser mejores personas.

Pretendemos, por ejemplo, encontrar la panacea para nuestras diferencias aprendiendo técnicas que faciliten la comunicación. Y no es que sea irrele­vante, pero los mejores expertos no po­drán ayudarnos mientras cada uno de los cónyuges no nos decidamos a aqui­latar la categoría de nuestro amor y es­tar más pendientes del otro que de no­sotros mismos. Lo cual —que cada uno haga la prueba— solo se consigue con lucha interior para incrementar el propio dominio y robustecer nuestro temple personal. En caso contrario, las técni­cas más infalibles resultan vanas.

La mejora personal se ha entendido tra­dicionalmente como adquisición de vir­tudes: como el logro de unos modos correctos de obrar, estables y perma­nentes, capaces de perfeccionar, tam­bién de forma constante y creciente, el amor que tienes a tu esposo o a tu es­posa.

De ahí que escribiera Severo Catali­na: «cuando un hombre y una mujer se estrechan con el doble vínculo de la virtud y del amor, el amor y la virtud forman la barca en que apaciblemente bogan por el mar de la vida; un espíritu alado les sirve de piloto; su rumbo es la inmortalidad; su puerto, el cielo».

Se dice que la cercanía es leal, pues hace a las personas mostrarse como son

En la vida cotidiana

No voy a enumerar el cúmulo de vir­tudes indispensables para un correcto desarrollo de la persona en su conjun­to. Me conformo con señalar algunas actitudes que, arraigadas en otras tan­tas virtudes o grupos de ellas, facilitan pero que muy mucho la vida conyugal.

Aunque hay gente para todo, no creo que a muchos se les ocurra afirmar, al menos antes de casarse: «Te amo y te seré fiel… con la condición de que no tengas defectos». No estaríamos ante una declaración de amor, porque equi­valdría a decir: «Te quiero, siempre y cuando no seas una persona real, de carne y huesos, sino un ser ideal, utó­pico».

Quien adoptara una actitud de este estilo, en realidad no estaría decidido a amar. «Te amaré a condición de que no tengas la más mínima falla» significa de hecho: «Te querré con la restricción de nunca deberme esforzar al tratar con­tigo»… cosa bastante similar al puro y duro egoísmo.

Ya lo sabemos: en torno al momento de la boda, a menudo se vive en un cli­ma de gratificante ilusión. Durante el noviazgo, cada uno se esfuerza casi sin proponérselo en gustar al otro y mos­trar su lado más hermoso. En cada en­cuentro, los ojos de los dos brillan de alegría, como si se dijeran: «vales para mí más que cualquier cosa en el mun­do». El estar juntos parece un oasis de felicidad en medio de un universo abu­rrido, insignificante y sin tono.

Igual que en el matrimonio, donde también, poco a poco, todo podría cam­biar. No necesariamente: si se lucha por incrementar el amor, crece también el atractivo. Pero en cualquier caso, y tomando como término de comparación el noviazgo, las horas festivas son cada vez más raras y lo que reina, para bien o para mal, es el anodino runruneo co­tidiano.

Se dice que la cercanía es leal: cada uno se muestra como es. El tiempo del noviazgo, con las fiestas y las vacacio­nes pasadas alegremente juntos, se ha acabado. Ahora es menester aprender a amarse en la vida diaria y ayudar a ha­cerla amable y atrayente. Se puede —y se debe—, pero exige un empeño decidi­do… ¡y decisivo!

A las virtudes del otro solemos acostumbrarnos rápido, pero no ocurre lo mismo con los defectos: estos indisponen, irritan

Destacando lo positivo

A las virtudes del otro solemos acos­tumbrarnos rápido, pero no ocurre lo mismo con los defectos: estos indispo­nen, irritan; uno se siente defraudado, porque durante el noviazgo no los ha­bía advertido.

Sin embargo, nos hallamos ante el punto crucial, la prueba del verdadero amor: hay que saber querer al otro tal como es, esto es, con sus carencias y li­mitaciones.

Lo que no impide que, simultáneamen­te, se intente, con cariño, comprensión y paciencia, ayudar al otro a superarlas, al menos las que mayor perjuicio le cau­sen o las más molestas; pero sin rigide­ces, sin cansancio ni decaimientos, sin la manía de adaptarlo a los propios gustos y sin dejarse arrebatar por el furor peda­gógico ni por el perfeccionismo.

Simultáneamente también, cada uno se esforzará por corregir los propios de­fectos e intentará descubrir, ponderar y fomentar las virtudes que el cónyuge encierra en su interior y con las que nos alegra la vida… y de las que en ocasio­nes él mismo no es consciente. El amor, clarividente y sagaz, nos las revela y nos llena de gratitud, al tiempo que nos pone en disposición de hacerlas crecer en el ser querido.

Esta atención preferente y casi ex­clusiva a las virtudes del cónyuge, que sabe también poner en sordina sus defectos, representa sin duda la clave para, evitar los fracasos matrimoniales.

Lo expresa rotundamente John M. Gottman:

«Lo que hace que un matrimonio fun­cione es muy sencillo. Las parejas feliz­mente casadas no son más listas, más ricas o más astutas psicológicamente que otras. Pero en sus vidas cotidianas han adquirido una dinámica que impi­de que sus pensamientos y sentimientos negativos —que existen en todas las pa­rejas— ahoguen los positivos. Es lo que llamo un matrimonio emocionalmente inteligente».

Es imprescindible mantener de por vida, incrementada, la condición de enamorados

Intentar adaptarse al otro

Nada más normal que el hecho de que cada persona posea su propio modo de ser, sus propias costumbres, sus pro­pios gustos, sus propias aficiones, sus propios amigos… y sus propios padres, hermanos y hermanas, etc. Pero también sucede que la vida de pareja, y más todavía cuando empiezan a llegar los hijos, tiene sus exigencias. Re­querimientos que no pueden situarse en el mismo plano que otros compromisos o diversiones, a los que a fin de cuentas, por un motivo u otro, a menudo es preciso renunciar.

Algunos intentan resolver esta si­tuación pactando con el cónyuge: si tú me acompañas al fútbol, después vamos juntos al teatro… Sin embar­go, semejante actitud, correcta aca­so desde un punto de vista mercan­til, no parece la más deseable para la vida conyugal, nacida del com­promiso de amor que se contrajo e incrementó al casarse. El empeño de un cónyuge por adaptarse a las costumbres y al carácter del otro forma parte de la donación recíproca.

Cada esposo habrá de esfor­zarse por transformar poco a poco lo que impide el proceso de fusión de la vida de pareja, intentará desplegar intereses comunes y descubrir nuevas actividades que puedan desarrollarse juntos. Basta un tanto de pa­ciencia, de buen humor y, sobre todo, de amor para lograr sacrificarse un poco y aceptar alguna renuncia… sin por eso sentirse una víctima y sin temor a per­der la propia personalidad.

El amor se encuentra entretejido por minucias en apariencia irrompible

Cuidar los pequeños detalles

La convivencia matrimonial se encuen­tra entretejida por innumerables minu­cias. Si estas son delicadas, enriquecen el vivir conjunto; si son perturbadoras, acaban por envenenarlo.

Todo depende de la capacidad que cada uno de los cónyuges haya desarrollado para vencer el propio egoísmo y abrirse a los deseos de su pareja, haciendo de ella el centro de la propia vida. Es pre­ciso saber ver y sentir las necesidades del otro como propias, mantener des­pierta la imaginación y no dejarse ven­cer… por la rutina.

Para eso es imprescindible mantener de por vida, incrementada, la condición de enamorados. Pues, una vez más con pa­labras de Alberoni:

«El enamoramiento nos hace amar al otro por lo que es, hace amables inclu­so sus defectos, incluso sus carencias, incluso sus enfermedades. Cuando nos enamoramos es como si abriéramos los ojos. Vemos un mundo maravilloso y la persona amada nos parece un prodigio del ser. Cada ser es, en sí mismo, perfec­to, distinto de los otros, único e incon­fundible. Así agradecemos a nuestro amado que exista, porque su existencia nos enriquece no solo a nosotros mis­mos, sino también al mundo».

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es


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