Lo primero es… lo primero

Vivir en sintonía

A lo largo de mi labor de décadas con familias, he llegado a la conclusión de que una familia sólo puede vivir en sintonía si cada miembro tiene una función asignada.

La armonía familiar se asemeja a la de una orquesta donde cada instrumento es importante, cada voz es útil, pero también donde cada músico depende de los otros miembros del grupo que lo acompañan y que, en el momento oportuno, llevan la voz cantante.

En una familia intacta hay una situación determinada para todos y cada uno de los miembros y una función llena de sentido, adecuada a las capacidades de cada uno, que no se puede tapar —como si un instrumento de la orquesta sonara continuamente por encima de los demás— ni despreciar —como si un músico abandonara de repente la orquesta en pleno recital.

De este modelo se derivan indicaciones útiles para la orientación familiar, pero aquí sólo quisiera considerar un aspecto como continuación de lo dicho anteriormente. En la formación del sistema de valores personal debería considerarse preferentemente la función llena de sentido que una persona desempeña en su familia o que le es requerida responsablemente en interés de la prosperidad de la misma.

Nadie en nuestra sociedad está obligado a fundar una familia; todo el mundo es libre de seguir estando solo. Sin embargo, quien se ha decidido por formar una familia, quien ha dado el sí a su cónyuge y quizás ha traído hijos al mundo, ha adquirido la obligación de satisfacer aquella función llena de sentido que le corresponde en la unión familiar.

Si, en un determinado momento, la función llena de sentido de un miembro de la familia es muy extensa —como puede ser el caso de una madre con varios hijos pequeños o un hombre cuyo sueldo es la única fuente de ingresos de la familia—, dicho miembro no deberá ampliar sus áreas de valores con aspectos extrafamiliares y descuidar así su función familiar. Este sería el caso si, por ejemplo, la madre de varios hijos pequeños decidiera ponerse a estudiar una carrera.

No estamos diciendo nada en contra de estudiar. La ampliación de conocimientos es un gran valor, pero cuando se desarrolla en detrimento de la educación de los hijos, contraviene el «sentido del momento» y supone un desprecio del criterio de prioridad que desvaloriza esta actividad académica. Lo mismo sucedería si el hombre cuyo sueldo es el único dinero de la familia quisiera intensificar su vida dedicándose en adelante a la pintura aunque ésta no le proporcione ningún ingreso. Tampoco estamos diciendo nada en contra del arte, que es uno de los valores más estimulantes de la vida. Sin embargo, cuando el arte se conquista a través de la falta de responsabilidad, también adquiere tintes dudosos.

La situación cambia cuando la función actual y llena de sentido de un miembro de la familia es pequeña. Las madres con hijos mayores, los matrimonios sin hijos, las parejas en las que ambos cónyuges tienen ingresos, etc., disponen indudablemente de un campo de acción mayor para desarrollar áreas de valores personales, pero, en cambio, satisfacen claramente menos el sentido de un compromiso familiar.

Por lo tanto, y en definitiva, se trata de una cuestión de equilibrio. Ya sea dentro o fuera de la familia, toda vida humana está llena de sentido, pero cuando esta vida está vinculada a una unión familiar, dicha vinculación es prioritaria y habrá que tenerla en cuenta al decidir libremente las áreas de valores personales.

Desde el punto de vista de la psicohigiene, pasar por alto el criterio de prioridad significa «nivel de alarma II» o, incluso, «nivel de alarma I», como se muestra en el cuadro siguiente. «Nivel de alarma II» quiere decir que hay un peligro para el propio bienestar mental (a causa de la exclusividad del sistema propio de valores, de la idolatría), o que hay un peligro para el bienestar de la familia (por no respetar el criterio de prioridad). «Nivel de alarma I» significa que ambos momentos de peligro son simultáneos (tanto la exclusividad de la satisfacción del sentido propio como el desprecio del criterio de prioridad), o que ya no existe ninguna orientación hacia un sentido. El «nivel de alarma II» se considera «crítico», mientras que el «nivel de alarma I» marca una situación de alto peligro para el estado mental.

 

lukas

 

Elisabeth LUKAS: Logoterapia: La búsqueda de sentido, Barcelona: Paidós, 2003, pp. 244-246.


  Escrito por: