Diez principios y una clave para educar correctamente (9: ¡Disfrutar con lo bueno y lo bello!).

El ser humano solo crece humanamente
con el alimento genuino
de la verdad, la bondad y la belleza.

Ayudarles a formar su conciencia.

En nuestra sociedad, los niños resultan bombardeados por un conjunto de eslóganes y de frases que transmiten «ideales» no siempre acordes con una visión adecuada del ser humano, e incapaces por tanto de hacerlos dichosos

La solución —más a medida que van creciendo— no es un régimen policial, compuesto de controles y de castigos, sino lo que solemos conocer como «formar su conciencia».

Es menester que los hijos interioricen y hagan propios los criterios correctos, que formen su conciencia, aprendiendo a distinguir claramente lo bueno de lo malo.

E, igualmente, que tengan la fuerza de voluntad —y el cortejo de virtudes necesarias— para llevar a cabo aquello que estiman que deben hacer, por más que les resulte molesto o costoso.

Que los hijos interioricen y hagan propios
los criterios sobre el bien y el mal.

Con criterio personal y propio

De poco serviría, por poner algunos ejemplos, que nuestros hijos obedecieran nuestras indicaciones, trataran bien a sus hermanos o se abstuvieran de mentir… solo porque nosotros se lo decimos y mientras estamos presentes. Y, menos todavía, si dejaran de hacerlo cuando no existe una orden nuestra en ese sentido o, peor aún, cuando salimos de casa y no los estamos vigilando.

♥ Es necesario que sepan que pelearse entre sí, hacer daño a un hermano, hablarse con desprecio, dejar en ridículo a alguien, mentir para evitar un castigo, quitar dinero a otra persona… son acciones malas.

Además, deben saber por qué esos actos son reprobables y no deben llevarse a cabo.

Por fin, han de estar capacitados para omitirlos por el hecho de que son malos, con independencia de que estemos o no delante o incluso de que alguien se entere o no.

Y lo mismo con las acciones buenas, como ayudar a quienes tienen a su lado, atender cuando otra persona habla, tratar con consideración a sus abuelos, etc. Han de saber que están bien y el motivo por el que son buenas. Y han de ser capaces de ponerlas por obra simple y llanamente porque son buenas y no por las consecuencias que llevarían consigo si alguien las conociera.

Es preciso que los hijos formen su conciencia,
aprendiendo a distinguir
claramente lo bueno de lo malo.

El gozo de una vida bien vivida

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Para nada de lo expuesto basta con decirles: «¡Esto no está bien!» o, menos todavía, «¡Esto no me gusta!». Se corre el riesgo de transformar la moral en un conjunto de prohibiciones absurdas, carentes de fundamento.

Por el contrario, es muy importante «educar en positivo», como ya sugerí; lo cual equivale, en mi opinión, a mostrar la belleza y la humanidad de la virtud alegre y serena, desenvuelta y sin inhibiciones.

Hemos de hacerles ver —¡y, previamente, estar nosotros mismos convencidos, porque es ya sustancia de nuestro propia existencia!— que comportarse bien resulta mucho más atractivo y gozoso que obrar incorrectamente, aun cuando una mirada superficial, amplificada en muchos casos por el ambiente, llevara a pensar de entrada lo contrario.

Para lograr todo ello, hay que esforzarse por vivir la propia vida, con todas sus contrariedades, como una entusiasta aventura que vale la pena componer cada día. En tales circunstancias, al descubrir la hermosura y la maravilla de hacer el bien, el niño se sentirá atraído y estimulado para actuar de forma adecuada: para amar y desear lo bueno, y para rechazar lo malo.

Hay que esforzarse por vivir la propia vida
como una entusiasta aventura,
que vale la pena componer cada día.

Instruir deleitando

En Le crime de Sylvestre Bonnard, Anatole France dejó escrito:

«Solamente se instruye deleitando. El arte de enseñar no es sino el arte de despertar la curiosidad de los jóvenes espíritus para satisfacerla inmediatamente; la curiosidad no es viva más que en las almas felices. Los conocimientos que se hacen entrar a la fuera en las inteligencias la ocluyen y ahogan. Para digerir el saber, es preciso haberlo engullido con apetito».

Además, interesa hacer comprender lo decisiva que es la intención para determinar la moralidad de un acto, y ayudar a los hijos a preguntarse el porqué de un determinado comportamiento. A tenor de sus respuestas, se les hará ver la posible injusticia, envidia, soberbia, etc., que los ha motivado.

Para digerir el saber,
es preciso haberlo engullido con apetito.

El sentido del pecado y el respeto a la libertad

El denominado complejo de culpa, es decir, la obscura y angustiosa sensación de haberse equivocado, acompañada de miedo o de vergüenza, nace justo de la falta de un valiente y sereno examen de la calidad moral de nuestros actos y de la consiguiente petición de perdón.

Por el contrario, como muestran también los psiquiatras más avezados, es necesario y sano el sentido del pecado, y el arrepentimiento que de ahí se deriva.

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La clara percepción de las propias concesiones y faltas, con las que hemos vuelto las espaldas a Dios, provoca un saludable remordimiento, que activa y multiplica las fuerzas para buscar de nuevo el amor que perdona.

Incluso psicológicamente, es necesario y sano
el sentido del pecado… y el arrepentimiento consiguiente.

Un Dios que perdona… ¡siempre!

Conviene recordar a nuestros hijos, con cierta frecuencia, este pensamiento de Gilson: «El Dios del cristianismo no es solo un juez que perdona; es un juez que puede perdonar porque es primero un médico que cura».

Para formar la conciencia, puede también ser útil comentar con el niño la bondad o maldad de las situaciones y hechos de los que tenemos noticia, así como sugerirle la práctica del examen de conciencia personal al término del día, ayudándole acaso en los primeros momentos a hacerse las preguntas adecuadas.

A medida que crece, hay que dejarle tomar con mayor libertad y responsabilidad sus propias decisiones, diciéndole como mucho: «Yo, de ti, lo haría de este o aquel modo» y, en su caso, explicándole brevemente el porqué.

Por consiguiente, en bastantes ocasiones y a partir de determinada edad, hay que negarse a decidir por ellos. ¿Por qué? Porque les impediríamos hacerse cargo de sus propios actos y les daríamos, al mismo tiempo, la oportunidad de cargarnos con la responsabilidad de sus fracasos, en el caso de que estos llegaran a producirse. Al contrario, acostumbrarse a soportar y superar las frustraciones que la vida lleva consigo es uno de los componentes relevantes de una personalidad madura.

Hay que conceder a cada hijo, en cada momento,
toda la libertad que sea capaz de gestionar.

 (continuará)

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

Leer también:

1. Diez principios y una clave…: Educar no es sencillo

2. Diez principios y una clave…: Amor real a cada hijo

3. Diez principios y una clave…: Amor de los padres entre sí

4. Diez principios y una clave…: Enseñar a querer

5-1. Diez principios y una clave…: La fuerza del ejemplo

5-2. Diez principios y una clave…: La coherencia de vida

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6-2. Diez principios y una clave…: Quererlos mejor de lo que son

7-1. Diez principios y una clave…: La autoridad, manifestación de buen amor

7-2. Diez principios y una clave…: Firmeza y dulzura

8. Diez principios y una clave…: Corregir adecuadamente

9. Diez principios y una clave…: ¡Disfrutar con lo bueno y lo bello!

10. Diez principios y una clave…: Querer bien su bien

11. Diez principios y una clave: ¡Fomentar su libertad!

12. Diez principios y una clave: Colaborar con Dios

 

Nota (tres libros sobre estas cuestiones):

Melendo, Tomás: Diez principios y una clave para educar correctamente. Amazon, 2016.

Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 3ª ed. 2011; o, con el mismo contenido,  Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. México: Trillas, 2009.

Menchén, Bartolomé-Melendo, Tomás: Quiénes son nuestros hijos y qué esperan de nosotros: “Para educar con hondura”. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 2013.