Diez principios y una clave para educar correctamente (7-2: Firmeza y dulzura).

Autoridad no es arbitrio

Como sabemos, en la educación de los hijos, la autoridad es absolutamente necesaria.

Pero la autoridad, ¡no el arbitrio!

A veces, sin embargo, se prohíbe algo sin saber bien por qué, qué es lo que encierra de malo, solo por impulso, por las ganas de estar tranquilos o de afirmarnos… o porque uno se siente nervioso y todo le molesta.

Se compromete así la propia autoridad sin necesidad alguna, abusando de ella, y se desconcierta a los muchachos, que no saben por qué hoy está vedado lo que ayer se veía con buenos ojos o viceversa.

Cualquier niño sano tiene necesidad de movimiento, de juego inventivo y de libertad. Lo que debería preocuparnos, por tanto, es que estuvieran quietecitos y sin explorar su entorno, que “fueran buenos y no nos dieran la lata”, como a veces decimos.

Dejémosle que sean lo que son —niños, repletos de vitalidad—, aunque a veces nos resulte menos cómodo.

Además, interviniendo de manera continua e irrazonable, se acaba por hacer de la autoridad algo insufrible. Como aquella madre de la que se cuenta que decía a la niñera: «Ve al cuarto de los niños a ver que están haciendo… y prohíbeselo».

Interviniendo de manera continua e irrazonable,
se hace de la autoridad algo insufrible. child-561229_1920

Firme, ponderada y serena

Por otro lado, la convicción del niño de que nunca hará desistir a los padres de las órdenes impartidas posee una extraordinaria eficacia, simplifica en gran medida nuestra actividad formadora, hace que no nos quememos y ayuda enormemente a calmar las rabietas o a que no lleguen a producirse.

Como ya he insinuado, lo más opuesto a esto es repetir veinte veces la misma orden —lávate los dientes, dúchate, vete ya a dormir…— sin exigir, con la misma suavidad que decisión, que se cumpla de inmediato: provoca un enorme desgaste psíquico, tal vez sobre todo a las madres, que suelen pasar mayor parte del día bregando con los críos, al tiempo que disminuye o elimina la propia autoridad.

Por tales motivos, antes de dar una orden o de imponer un castigo, conviene pensar con calma si se está en condiciones y plenamente dispuesto a hacerlos cumplir, aunque eso suponga la molestia de levantarse, dejar lo que nos ocupaba o distraía, tomar al crío o la cría de la mano y, con idéntica calma y paz que determinación, sin elevar el tono de voz y sin la menor brusquedad, «hacer que haga» lo que debe hacer.

Antes de dar una orden o de imponer un castigo,
conviene pensar con calma si se está en condiciones
y plenamente dispuesto a hacerlos cumplir.

Convencida

Si es ineficaz y contraproducente ordenar algo que no se hace cumplir, todavía resulta más dañino que la madre pronuncie el fatídico «¡te he dicho mil veces…!», se dé por vencida y amenace al chico con lo que va a suceder «cuando venga tu padre».

Con esa conducta, y obviamente sin pretenderlo, transmite el mensaje de que ella —que ha repetido en mil ocasiones un mismo mandato, sin resultado alguno— no goza de capacidad para dirigir ese hogar.

Y, además, transforma al marido en una suerte de ogro, encargado fundamentalmente de castigar las malas actuaciones de los hijos, o en un irresponsable, porque no puede o no quiere o no sabe corregir aquella actuación que ni ha presenciado ni a veces es oportuno censurar después de tanto tiempo desde que fue llevada a cabo, ya que difícilmente el muchacho —sobre todo si es muy pequeño— establecerá la relación adecuada entre su mal comportamiento de antes, ya casi olvidado, y la punición de ahora, que advertirá como un arbitrio.

La convicción transmitida al niño
de que nunca nos hará desistir de las órdenes impartidas
simplifica nuestra actividad como educadores
y ayuda enormemente a calmar las rabietas…
o a hacer que no lleguen a surgir.

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Algunos criterios prácticos…

Vale asimismo la pena estar atentos al modo como se da una indicación. Quien ordena secamente o alzando sin motivo el volumen de la voz, deja siempre traslucir nerviosismo y poca seguridad. Un tono amenazador suscita con razón reacciones negativas y oposiciones.

Demos las órdenes con actitud serena y confiando claramente —de veras, no por táctica— en que vamos a ser obedecidos. O, mejor, pidamos por favor lo que deseemos que hagan. Reservemos los mandatos estrictos para las cosas muy importantes… ¡y evitemos de raíz los gritos y la pérdida del propio control!

Para la mayoría de las peticiones resultará preferible utilizar una forma más blanda: ¿serías tan amable de…?, ¿podrías, por favor…?, ¿hay alguno que sepa hacer esto?

La serenidad al dar las órdenes
manifiesta autoridad
y lleva al niño a cumplirlas

… Que fomenten su libertad responsable

De tal modo, se estimulará a los críos para que realicen elecciones libres y responsables, y se les dará la ocasión de actuar con autonomía e inventiva, de sentirse útiles… y experimentar la satisfacción de tener contentos a sus padres.

A veces es necesario pedir al hijo un esfuerzo mayor del acostumbrado; convendrá entonces crear un clima favorable.

♦  Si, por ejemplo, sabéis que vuestro cónyuge está particularmente cansado o lo atenaza una jaqueca insufrible, hablaréis a solas con el niño y le diréis: «Mamá (o papá) tiene un fuerte dolor de cabeza; por eso, esta tarde te pido un empeño especial para hacer el menor ruido posible…».

  Quizá sea oportuno darle una ocupación, y dirigirle una mirada cariñosa o una caricia, de vez en cuando, para recompensar sus desvelos, sin olvidar que, en este, como en los restantes casos, hay que arreglárselas para que el niño cumpla su obligación.

Firmeza, por tanto, para exigir la conducta adecuada, pero dulzura extrema en el modo de sugerirla o reclamarla o incluso imponerla, de nuevo ¡suave, pero decididamente! y tomándose el tiempo necesario para que nuestros hijos puedan entendernos, asimilar y poner por obra aquello que les pedimos.

La firmeza es compatible con el cariño y la dulzura,
pero tanto la firmeza como la dulzura y el cariño
suelen ser incompatibles con la falta de tiempo.

(continuará)

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

Leer también:

1. Diez principios y una clave…: Educar no es sencillo

2. Diez principios y una clave…: Amor real a cada hijo

3. Diez principios y una clave…: Amor de los padres entre sí

4. Diez principios y una clave…: Enseñar a querer

5-1. Diez principios y una clave…: La fuerza del ejemplo

5-2. Diez principios y una clave…: La coherencia de vida

6-1. Diez principios y una clave…: Fomentar cualidades, más que corregir defectos

6-2. Diez principios y una clave…: Quererlos mejor de lo que son

7-1. Diez principios y una clave…: La autoridad, manifestación de buen amor

7-2. Diez principios y una clave…: Firmeza y dulzura

8. Diez principios y una clave…: Corregir adecuadamente

9. Diez principios y una clave…: ¡Disfrutar con lo bueno y lo bello!

10. Diez principios y una clave…: Querer bien su bien

11. Diez principios y una clave: ¡Fomentar su libertad!

12. Diez principios y una clave: Colaborar con Dios

 

Nota (tres libros sobre estas cuestiones):

Melendo, Tomás: Diez principios y una clave para educar correctamente. Amazon, 2016.

Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 3ª ed. 2011; o, con el mismo contenido,  Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. México: Trillas, 2009.

Menchén, Bartolomé-Melendo, Tomás: Quiénes son nuestros hijos y qué esperan de nosotros: “Para educar con hondura”. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 2013.

 


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