Diez principios y una clave para educar correctamente (7-1: La autoridad, manifestación de buen amor).

El amor es exigente,
pero con una exigencia amablemente amable.

La autoridad, absolutamente necesaria.

Para educar no son suficientes el cariño, el buen ejemplo y los ánimos. Es preciso también ejercer de forma expresa la autoridad, explicando siempre, en la medida de lo posible —y con brevedad—, las razones que nos llevan a aconsejar, imponer, reprobar o prohibir una conducta determinada.

La educación al margen de la autoridad, en otro tiempo tan pregonada, se presenta hoy como una breve moda fracasada y obsoleta, contradicha por aquellos mismos que la han sufrido.

El niño tiene necesidad de una autoridad que lo oriente: y la busca y nos la pide, aunque en apariencia se niegue a reconocerlo.

[Cada vez oigo con más frecuencia frases del estilo: «mis padres no me quieren —“pasan” de mí— porque me dejan hacer lo que me da la gana»; y las pronuncian chicos que protestan airadamente —como es su «deber»— cuando se les niega lo que han pedido].

Si no encuentra a su alrededor una señalización clara, con cauces bien marcados, se torna inseguro o nervioso. Incluso cuando juegan entre ellos, los niños inventan siempre reglas que no deben ser transgredidas: necesita conocer el espacio, material y figurado —las normas o cauces— dentro del que puede moverse con libertad.

El niño tiene necesidad de autoridad,
aunque se niegue a reconocerlo.

Querer al hijo más y mejor que a uno mismo

Por lo demás, todos sabemos lo antipáticos, molestos y tiránicos que son los hijos, cuando están malcriados, habituados a llamar siempre la atención y a no obedecer cuando no tienen ganas.

child-1439468_1920

Los hijos… de los otros, normalmente.

Pues, tratándose de los propios, es más difícil un juicio lúcido. No se sabe bien si imponerse o abajarse a pactar y dejar hacer, para no correr el riesgo de tener una escena en público…, o acabar la cuestión con una explosión de ira y una regañina, que después deja más incómodos a los padres que al niño.

Pero ¡cuidado!: por detrás de esta inseguridad se esconde a menudo una extraña mezcla de miedos y prevenciones… y de amor propio: el horror a perder el cariño del chiquillo, el temor a que corra algún riesgo su incolumidad física, el pavor a que nos haga quedar mal o nos provoque daños materiales.

En definitiva, aunque no lo advirtamos ni deseemos y nos cueste admitirlo, nos queremos más a nosotros mismos que al chico o la chica, anteponemos nuestro bien al suyo.

De ahí que, si por encima de tantos temores prevaleciera el deseo sincero y eficaz de ayudar al crío a reconocer los propios impulsos egoístas, la codicia, la pereza, la envidia, la crueldad, etc. (¿no la tienen sus hijos?: los míos y, sobre todo, yo, por supuesto que sí), no existiría esa sensación de culpa cuando se lo corrigiera utilizando el propio ascendiente.

Detrás de la inseguridad de muchos padres,
hay a menudo una extraña mezcla
de miedos y prevenciones… y de amor propio.

El valor de la obediencia

Con base en lo expuesto hasta aquí, y aun cuando no esté de moda, es menester reiterar de modo claro y neto la imposibilidad de educar sin ejercer la autoridad —que no es autoritarismo— y exigir la obediencia, desde el mismo momento en que los niños empiezan a entender lo que se les pide, que coincide aproximadamente con los dos años. child-315049_1280

E igualmente es importante que los padres —explicando siempre que sea posible, y con brevedad, los motivos de sus decisiones— indiquen a los niños lo que deben hacer o evitar, no dejando por comodidad caer en el olvido sus órdenes, ni permitiendo que los niños se les opongan abiertamente.

Como consecuencia, según ya advertí, un criterio básico en la educación del hogar es que deben existir muy pocas normas y muy fundamentales y nunca arbitrarias, lograr que siempre se cumplan y dejar una absoluta libertad en todo lo opinable, aun cuando las preferencias de los hijos no coincidan con las nuestras.

Muy pocas normas, muy fundamentales…
y nunca arbitrarias.

La autoridad no es arbitrio

Y la razón es que, de nuevo en virtud de su singularidad personal, ¡ellos gozan de todo el derecho —o, más bien, de la obligación— de llegar a ser aquello a lo que están llamados, y nosotros no tenemos ninguno a convertirlos en una réplica de nuestro propio yo, a hacerlos a nuestra imagen y semejanza!

Por tanto, debe tratarse siempre de normas fundamentales y objetivas, con las que de veras se procure el bien de los demás y la armonía en la familia. ¿Ejemplos? Evitar las peleas, los gritos a destiempo, los insultos, las malas contestaciones. Ayudar a los demás, cuando lo necesiten y esté en nuestras manos. No faltar al respeto debido a los otros, en particular, a los padres y abuelos y, si lo hubiere, al servicio doméstico. Comer con gratitud aquello que nos sirven, aunque no sea del todo de nuestro agrado. Adaptarse a los horarios que hacen posible la convivencia y la buena marcha del hogar…

Y dejar una absoluta libertad en lo opinable,
que es… ¡casi todo!

(continuará)

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

Leer también:

1. Diez principios y una clave…: Educar no es sencillo

2. Diez principios y una clave…: Amor real a cada hijo

3. Diez principios y una clave…: Amor de los padres entre sí

4. Diez principios y una clave…: Enseñar a querer

5-1. Diez principios y una clave…: La fuerza del ejemplo

5-2. Diez principios y una clave…: La coherencia de vida

6-1. Diez principios y una clave…: Fomentar cualidades, más que corregir defectos

6-2. Diez principios y una clave…: Quererlos mejor de lo que son

7-1. Diez principios y una clave…: La autoridad, manifestación de buen amor

7-2. Diez principios y una clave…: Firmeza y dulzura

8. Diez principios y una clave…: Corregir adecuadamente

9. Diez principios y una clave…: ¡Disfrutar con lo bueno y lo bello!

10. Diez principios y una clave…: Querer bien su bien

11. Diez principios y una clave: ¡Fomentar su libertad!

12. Diez principios y una clave: Colaborar con Dios

 

Nota (tres libros sobre estas cuestiones):

Melendo, Tomás: Diez principios y una clave para educar correctamente. Amazon, 2016.

Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 3ª ed. 2011; o, con el mismo contenido,  Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. México: Trillas, 2009.

Menchén, Bartolomé-Melendo, Tomás: Quiénes son nuestros hijos y qué esperan de nosotros: “Para educar con hondura”. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 2013.