Diez principios y una clave para educar correctamente (5-1: La fuerza del ejemplo).

Los padres educan o deseducan,
ante todo, con su ejemplo.

De nuevo la relación personal.

Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran.

En concreto, jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años.

Ven también cuando no miran y oyen incluso cuando están —o parecen estar— superocupados, jugando y absortos en sus cosas.

Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno, en la misma proporción en que resultan significativos para ellos.

Los niños jamás pierden de vista a sus padres.

¿Quién influye en nuestros hijos?

Por consiguiente:

♦ Quienes más influyen en nuestros hijos son las personas y, en particular, aquellas que más los quieren y a las que ellos más quieren: de ordinario, nosotros mismos, es decir, sus padres. (No olvidemos que el desarrollo de las personas se logra tan solo a través del trato personal, impregnado de amor y afecto reales).

Dejan también una honda marca en nuestros hijos todas las experiencias de sus primeros años, graduadas en función del significado afectivo que tengan para ellos. En primer término, las restantes personas con quienes más conviven: hermanos, abuelos, tíos y primos, etc.; a continuación, los animales y plantas, el conjunto de la naturaleza…

Por el contrario, aunque los distraigan y entretengan durante horas; y aunque, además, ejerzan un poderoso atractivo sobre ellos, en particular cuando han servido como sustitutos de la presencia personal de padres y maestros; aunque pasen horas en contacto con nuestros hijos…, está cada vez más demostrado que los medios artificiales que ponemos a su alcance —aun cuando se trate de los más sofisticados ordenadores o juegos informáticos, supuestamente educativos— ni los forman ni tan siquiera los instruyen. En los primeros años del niño, todo se encuentra mediado por la relación personal con quienes lo quieren y a los que quiere.

Solo cuando esa relación personal falta, y en el mismo grado en que vinieren a faltar, nuestros hijos la sustituyen por un nexo, imaginario pero sólido, con los personajes de ficción que forman parte de su mundo, que influirán entonces poderosamente en su modo de ser y de obrar… y que no siempre encarnan el modelo de humanidad que queremos para ellos.

El ejemplo personal recibido durante su infancia
modela poderosamente
la visión de la realidad de nuestros hijos
¡y su propia persona!

Nuestro trato personal

De ahí la relevancia absoluta, en la que nunca insistiremos bastante, de multiplicar al máximo nuestro trato personal con cada uno de nuestros hijos —que se traduce en tiempo e intimidad— y de propiciar también el contacto con otras personas que efectivamente los quieran y busquen su bien.

Porque solo las personas les ayudan a discernir lo que es o no relevante y conveniente, tanto en el plano moral como en el cognoscitivo.

Los hijos tienen un derecho radical
a la persona de sus padres,
que se traduce en tiempo e intimidad.

La fuerza del ejemplo

Además, el ejemplo personal posee un insustituible valor pedagógico, de incitación, de confirmación y de ánimo:

♥ No hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o antes que él.family-1784371_1920

E igualmente a comer de todo: ¡el «no me gusta» debería desterrarse —comenzando por los padres— de cualquier familia!

A poner y quitar la mesa o el lavavajillas, a ir al supermercado.

A mantener en el hogar un tono de corrección: en el vestir y en el hablar, pongo por caso.

A controlar los enfados y las rabietas.

A no volcar su mal humor sobre el primero que encuentre en su camino.

A estar más pendiente de sus hermanos que de sí mismo: el test definitivo de la marcha de un hogar no es lo que un hijo esté dispuesto a hacer por sus padres —normalmente, si la familia funciona, hará mucho o todo—, sino lo que uno de los hermanos es capaz de hacer por los restantes… sobre todo cuando la tarea en cuestión le toca a otro hermano.

Y a encarnar un sinfín de cualidades o virtudes, que se asimilan como por ósmosis al verlas reiteradas en los padres, particularmente en los momentos en que estos —padre y madre— se relacionan y se quieren entre sí.

El ejemplo personal es insustituible.

(continuará)

 

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

Leer también:

1. Diez principios y una clave…: Educar no es sencillo

2. Diez principios y una clave…: Amor real a cada hijo

3. Diez principios y una clave…: Amor de los padres entre sí

4. Diez principios y una clave…: Enseñar a querer

5-1. Diez principios y una clave…: La fuerza del ejemplo

5-2. Diez principios y una clave…: La coherencia de vida

6-1. Diez principios y una clave…: Fomentar cualidades, más que corregir defectos

6-2. Diez principios y una clave…: Quererlos mejor de lo que son

7-1. Diez principios y una clave…: La autoridad, manifestación de buen amor

7-2. Diez principios y una clave…: Firmeza y dulzura

8. Diez principios y una clave…: Corregir adecuadamente

9. Diez principios y una clave…: ¡Disfrutar con lo bueno y lo bello!

10. Diez principios y una clave…: Querer bien su bien

11. Diez principios y una clave: ¡Fomentar su libertad!

12. Diez principios y una clave: Colaborar con Dios

 

Nota (tres libros sobre estas cuestiones):

Melendo, Tomás: Diez principios y una clave para educar correctamente. Amazon, 2016.

Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 3ª ed. 2011; o, con el mismo contenido,  Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. México: Trillas, 2009.

Menchén, Bartolomé-Melendo, Tomás: Quiénes son nuestros hijos y qué esperan de nosotros: “Para educar con hondura”. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 2013.