Diez principios y una clave para educar correctamente (5-2: La coherencia de vida).

El atractivo de una vida coherente.

Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las conductas, despierta y arrastra.

Según recuerda J. S. Mill: «Lo que forma el carácter no es lo que un niño o una niña puede repetir de memoria, sino lo que ellos aprendieron a amar y admirar».

En el extremo opuesto, la incongruencia entre lo que se aconseja y lo que se vive, junto con la falta de amor recíproco —entre el esposo y la esposa—, es el mayor mal que un padre o una madre pueden infligir a sus hijos.

Cosa que ocurre, sobre todo, a determinadas edades —la adolescencia, por ejemplo, pero también algunos años antes—, cuando el sentido de la justicia se encuentra en los chicos rígidamente asentado, sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza a los demás.

Junto con la falta de amor,
la incongruencia habitual
entre lo que se aconseja y lo que se vive
provoca un daño grave en nuestros hijos.

No más difícil de lo necesario

Para evitar que esto pudiera suceder, o, dicho en positivo, si queremos ser unos padres ejemplares por amor a nuestros hijos, existe una especie de precepto cuya importancia resulta imposible exagerar: reducir al mínimo las normas que rigen la convivencia en casa, procurando que se trate de normas objetivas —conformes con el bien y la verdad reales— y sean cumplidas por todos, empezando por nosotros mismos.

Con otras palabras, el mejor modo de mantener y fomentar la armonía de un hogar y el desarrollo de los hijos consiste en:

♦ Disminuir cuanto sea posible el número de normas por las que se rige su conducta.

Que esos criterios fundamentales respondan a la verdad y la bondad objetivas, y no a preferencias o caprichos de los cónyuges. Por consiguiente, han de ser cumplidos tanto por los padres como por los hijos: también, pongo por caso, el uso de la tele, del ordenador y aparatos similares, la visión de determinados programas o, con los matices imprescindibles, la hora de volver a casa.

Que en todo lo demás —es decir, ¡en casi todo!— se respete exquisitamente la libertad de los chicos, igual que la del cónyuge, aunque el modo como actúen, siempre que sea éticamente lícito, choque frontalmente con las preferencias del padre o de la madre: lo que importa es el bien real del hijo, no mis caprichos de padre o de madre.

El amor al bien real y objetivo favorece enormemente
la armonía del hogar y la educación de los hijos.

Tiempo para nuestros hijos

En resumen, nuestros hijos tienen un único y fundamental derecho, un derecho absolutamente inalienable, que nadie debería conculcar y del que derivan todos los otros: el derecho a la persona de sus padres, que se traduce, como antes recordaba, en tiempo e intimidad.

Tiempo, en primerísimo término. No se puede entrar bruscamente en la vida de un niño —en sus pensamientos, en sus juegos, en sus sueños, ¡en su realidad!— y salir con el mismo apresuramiento con que hemos entrado.

Se “puede”, claro está, pero no es en absoluto educativo. Más bien, al contrario. Simplemente, no lograremos conectar con ellos y les provocaremos desconcierto y malestar.

Hay que adaptarse a su ritmo, a su tempo, que es mucho más reposado que el nuestro… y más respetuoso con la realidad a la que se encuentra entregado.

Como ya dije, las prisas y la impaciencia constituyen el principal enemigo de la educación.

Las prisas y la impaciencia constituyen
el principal enemigo de la educación.

Tiempo para cada uno de nuestros hijos

Nuestra eficacia como padres y educadores se multiplica prodigiosamente cuando sabemos dedicar a cada hijo el tiempo que requiere. En el extremo opuesto, los problemas se multiplican hasta el infinito cuando actuamos con precipitación, intentando imponer a nuestros hijos una velocidad del todo ajena a su naturaleza y a sus capacidades: ni logran comprendernos ni nos pueden seguir.

Pero el tiempo es tal vez hoy el bien más escaso o, al menos, así se piensa. Con frecuencia, nos falta tiempo para nuestros hijos… ¿o nos sobran actividades superfluas, que no redundan en bien real de aquellos que nos rodean?

Si la familia es lo más importante en nuestra vida y no tenemos tiempo para nuestros hijos (y, antes, para nuestro cónyuge), conviene que nos replanteemos con calma y hondura —y con valentía— nuestra escala real de valores. Tal vez debamos introducir alguna modificación.

La eficacia educativa se multiplica prodigiosamente
cuando dedicamos a cada hijo el tiempo que necesita.

(continuará)

 

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

Leer también:

1. Diez principios y una clave…: Educar no es sencillo

2. Diez principios y una clave…: Amor real a cada hijo

3. Diez principios y una clave…: Amor de los padres entre sí

4. Diez principios y una clave…: Enseñar a querer

5-1. Diez principios y una clave…: La fuerza del ejemplo

5-2. Diez principios y una clave…: La coherencia de vida

6-1. Diez principios y una clave…: Fomentar cualidades, más que corregir defectos

6-2. Diez principios y una clave…: Quererlos mejor de lo que son

7-1. Diez principios y una clave…: La autoridad, manifestación de buen amor

7-2. Diez principios y una clave…: Firmeza y dulzura

8. Diez principios y una clave…: Corregir adecuadamente

9. Diez principios y una clave…: ¡Disfrutar con lo bueno y lo bello!

10. Diez principios y una clave…: Querer bien su bien

11. Diez principios y una clave: ¡Fomentar su libertad!

12. Diez principios y una clave: Colaborar con Dios

 

Nota (tres libros sobre estas cuestiones):

Melendo, Tomás: Diez principios y una clave para educar correctamente. Amazon, 2016.

Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 3ª ed. 2011; o, con el mismo contenido,  Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. México: Trillas, 2009.

Menchén, Bartolomé-Melendo, Tomás: Quiénes son nuestros hijos y qué esperan de nosotros: “Para educar con hondura”. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 2013.