Diez principios y una clave para educar correctamente (4: Enseñar a querer).

Educar es… enseñar a amar
y a poner cualquier otro logro al servicio del amor.

El único objetivo de la educación

Como veíamos en el artículo precedente, el principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como consecuencia de ese amor, que quieran de veras a sus hijos.

Por su parte, el fin o meta de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar, pues esa es la actividad más propia y la que más perfecciona a cualquier persona y, como consecuencia, la única que lo hará feliz.

Curiosamente, por tanto, y muy en resumen, educar es amar, y amar es enseñar a amar, pues no es otro el destino del ser humano ni la clave de su felicidad.

Por consiguiente, educar no es otra cosa que enseñar a amar.

Vale la pena considerar despacio esta conclusión, en la que se resume el objetivo último —el para qué— de todo el quehacer educativo.

Educar no es sino enseñar a amar.

El hombre, un ser-para-el-amor

Según afirma Philippe, «en el plano psicológico y espiritual la necesidad más profunda del hombre es el amor: amar y ser amado».backlight-1788228_1920

A lo que añade C. Singer: «El amor es lo que queda cuando ya no queda nada más. En lo más hondo de nosotros, todos lo recordamos cuando —más allá de nuestros fracasos, de nuestras separaciones, de las palabras a las que sobrevivimos— desde la oscuridad de la noche se eleva, como un canto apenas audible, la seguridad de que, por encima de los desastres de nuestras biografías, más allá incluso de la alegría, de la pena, del nacimiento, de la muerte, existe un espacio que nadie amenaza, que nadie ha amenazado nunca y que no corre ningún peligro de ser destruido: un espacio intacto que es el del amor que ha creado nuestro ser» (es decir, el amor recíproco de nuestros padres).

Y, en cierto modo como resumen, explica Rafael Tomás Caldera: «La verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el amor. Todo lo otro —capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual— tiene que confluir en el amor o carece, en definitiva, de sentido». E, incluso, si no se encamina al amor, pudiera resultar perjudicial.

Lo único que perfecciona al ser humano como persona
es su capacidad de amar, concretada en actos.

¡Y la felicidad como consecuencia!

family-457235_960_720El entero quehacer educativo de los padres ha de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros.

Solo así contribuirán eficazmente a hacerlos felices, puesto que la dicha —como muestran desde los filósofos clásicos más consagrados hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos… y la experiencia sincera de cada uno de nosotros— no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorar progresivamente: y esto solo se consigue amando más y mejor, dilatando las fronteras del propio corazón.

Para lograrlo, ciertamente, es precisa la mejor capacitación profesional que uno pueda alcanzar, en función de sus circunstancias.

Y poner los medios para proporcionarla a sus hijos es deber ineludible de los padres.

Pero teniendo muy claro que todo ese desarrollo resulta, en última instancia, vano, si no enseñamos a ponerlo al servicio de los demás, por amor y con amor.

Todos los logros humanos y profesionales
en nada contribuyen
al perfeccionamiento propiamente humano,
sino en la medida en que se ponen al servicio del amor.

Amor y felicidad

Con otras palabras: pese a cualquier apariencia en contra y a la tendencia hoy culturalmente acrecentada a pensar en uno mismo, la felicidad es directa y exclusivamente proporcional a la capacidad de amar de cada persona, expresada en obras.

♥ Quien ama mucho, es muy feliz.

Quien tiene un amor mediocre, nunca alcanzará una dicha completa.

Y quien no sabe o no quiere amar, por más que triunfe en los restantes aspectos de la existencia humana, será un auténtico desgraciado, aunque a veces pretenda encubrirlo o negarlo: ¡cuántos famosos y aparentes triunfadores acaban por reconocer que llevan una vida insufrible!

La felicidad es directa y exclusivamente proporcional
al amor real de cada persona.

El error más común

De ahí que san Juan de la Cruz pudiera sostener la conocida frase: en el atardecer de nuestra existencia, se nos examinará del amor… ¡y de nada más!

¿Qué otra cosa hemos de buscar, entonces, para nuestros hijos, sino que sepan realmente amar?

¡Cuántas veces, sin embargo, perdemos de vista este objetivo y queremos hacer de ellos una especie de genios superdotados, centrados exclusivamente en su propio éxito individual, incapaces de tender una mano a los otros e incluso de advertir las más evidentes y flagrantes necesidades ajenas!

Con las mejores intenciones, pero con una incoherencia muy de fondo —y no siempre exenta de culpa—, estamos poniendo todos los medios para convertirlos en unos auténticos desgraciados, a los que cabría aplicar las célebres palabras de Kierkegaard: «Engañarse respecto al amor es la pérdida más espantosa, es una pérdida eterna, para la que no existe compensación ni en el tiempo ni en la eternidad».

De ahí que este error —confundir su último y más radical objetivo— no solo sea el más común en la educación actual, sino también el más grave.

En el atardecer de nuestra existencia,
solo se nos examinará del amor.

(continuará)

 

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

Leer también:

1. Diez principios y una clave…: Educar no es sencillo

2. Diez principios y una clave…: Amor real a cada hijo

3. Diez principios y una clave…: Amor de los padres entre sí

4. Diez principios y una clave…: Enseñar a querer

5-1. Diez principios y una clave…: La fuerza del ejemplo

5-2. Diez principios y una clave…: La coherencia de vida

6-1. Diez principios y una clave…: Fomentar cualidades, más que corregir defectos

6-2. Diez principios y una clave…: Quererlos mejor de lo que son

7-1. Diez principios y una clave…: La autoridad, manifestación de buen amor

7-2. Diez principios y una clave…: Firmeza y dulzura

8. Diez principios y una clave…: Corregir adecuadamente

9. Diez principios y una clave…: ¡Disfrutar con lo bueno y lo bello!

10. Diez principios y una clave…: Querer bien su bien

11. Diez principios y una clave: ¡Fomentar su libertad!

12. Diez principios y una clave: Colaborar con Dios

 

Nota (tres libros sobre estas cuestiones):

Melendo, Tomás: Diez principios y una clave para educar correctamente. Amazon, 2016.

Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 3ª ed. 2011; o, con el mismo contenido,  Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. México: Trillas, 2009.

Menchén, Bartolomé-Melendo, Tomás: Quiénes son nuestros hijos y qué esperan de nosotros: “Para educar con hondura”. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 2013.