Diez principios y una clave para educar correctamente (1: Educar no es sencillo).

Un derecho-deber irrenunciable.

Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables educadores de sus hijos.

Es cierto que, en los momentos actuales, a veces da la impresión de que bastantes de ellos ignoran este derecho-deber y, de ordinario, sin ser del todo conscientes de estar haciéndolo.

Pero esta especie de resistencia resulta más que comprensible.

Y es que la misión paterno-materna de educar no es nada fácil. Está llena de contrastes en apariencia irreconciliables y, en nuestros tiempos, si cabe, más agudizados que en otros momentos de la historia.

La misión paterno-materna de educar no es nada fácil.

A lo largo de toda su existencia, los padres:

♦ Han de acoger y querer a cada hijo tal como es, aun cuando en ocasiones no responda a sus expectativas, choque con algunas de sus pretensiones y convicciones o incluso les caiga mal.

Han de saber comprender, pero también exigir, sin ceder inoportunamente.

Han de respetar la libertad de los chicos y hacerla crecer —superando todo afán de posesión y sobreprotección—, pero, a la vez, han de guiarles y corregirles.

Han de ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción que el realizarlas lleva consigo, y que robustece su autoconocimiento, su autoestima ¡y su capacidad de desenvolverse en la vida, sin depender siempre de sus mayores!

Y, por encima de todo —y tal vez es hoy lo más costoso—, han de tener mucho contacto personal con cada uno de sus hijos, ya que, lo mismo que el diamante solo se pule con el diamante, las personas —y, por tanto, cada uno de nuestros hijos— solo crecen y mejoran a través del trato personal, es decir, de la relación estrecha, franca y prolongada con aquellos que los quieren.

Como afirma Lukas: «No hay nada que sustituya el tiempo de los padres, la convivencia en la familia, la inserción de los hijos en la vida de sus padres».

De ahí que los padres tengan que aprender a serlo por sí mismos ¡y desde muy pronto!

Lo mismo que el diamante solo se pule con diamantes,
las personas solo mejoran a través del trato personal.

¿Sin capacitación previa?

En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos muy comprometidos o de alto riesgo: no ocurre así en la albañilería, la mecánica, las artes gráficas o el diseño; tampoco en medicina, en arquitectura, en ingeniería, en informática, en derecho, en la carrera militar, la política, la administración o en el seno de una empresa…

¿Por qué en el oficio de padres habría de ser de otra forma?

¿Tal vez porque su responsabilidad es menor que la del trabajo en una profesión convencional? Da la impresión de que no, sino más bien al contrario. A fin de cuentas, educar es poner todos los medios a nuestro alcance para que una persona se desarrolle adecuadamente y sea feliz. Y ¿existe algo de más trascendencia que eso?

¿Acaso, entonces, porque se trata más de un arte que de una ciencia? Aunque se pudiera estar de acuerdo con este parecer, en ningún arte bastan la inspiración y la intuición. Es necesario también instruirse, formarse, ejercitarse… como confirman precisamente los artistas que a primera vista desempeñan su labor sin apenas esfuerzo: cuanto más natural parece la obra maestra, más trabajo —en ocasiones, previo y sedimentado a modo de habilidades— ha llevado consigo.

Vale la pena aprender a ser padres.

Ser buenos padres para actuar como tales

Por otro lado, aprender el oficio de padre y de educador no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Ni tampoco de un racimo de técnicas infalibles.

Tales recetas y tales técnicas no existen.

Hay, por el contrario, principios o fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones. Los padres deben conocerlos muy a fondo e interiorizarlos, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida de su vida, para con ellos —y casi sin necesidad de deliberaciones— encarar la práctica diaria.

Y no se trata, tampoco, de una tarea fácil ni cómoda. Supone mucha atención a los hijos, mucha reflexión y diálogo de los cónyuges entre sí… y mucho sacrificio para prescindir del propio bienestar —incluso del necesario y no caprichoso— en pro del bien de los hijos.

Dicho con pocas palabras: es imposible educar bien —hacer bien de padres— sin esforzarse seriamente por ser buenos padres.

Es imposible hacer bien de padres,
sin esforzarse seriamente por ser buenos padres.

Mejora personal

Todo lo cual se traduce, inevitablemente, en un empeño constante por mejorar personalmente. Pues solo quien ha desarrollado suficientemente su propia categoría personal posee la fuerza y la grandeza ineludibles para prescindir de sus intereses y poner todo cuanto es y vale al servicio de los demás: en este caso, de los hijos (y del cónyuge, como es obvio, pues los hijos se nutren del amor recíproco de los padres).

Solo de esta forma, anteponiendo el bien de cada uno de ellos al propio bien, seremos capaces de ayudar a crecer a nuestros hijos.

Como en las restantes circunstancias de la vida humana, también al educar la propia eficacia crece en la medida en que, por así decir, desplazamos el centro de gravedad desde nosotros mismos hacia los otros. En la exacta proporción en que la atención, la solicitud y el interés se alejan del propio yo y acaban por centrarse únicamente en la persona del hijo, en sus posibilidades reales y en sus límites, de modo que podamos eficazmente apoyar las primeras, sacándoles el mayor provecho, y disminuir en lo posible el efecto negativo de los segundos.

Para educar, hemos de olvidarnos de nosotros mismos
y centrar todo nuestro interés en la persona de cada hijo.

Por ejemplo, un padre o una madre solo ayudarán eficazmente a sus hijos si —siempre que sea necesario— saben prescindir de una salida que les apetece, o de un rato delante de la tele para ver su programa favorito, o de cualquier otra afición que se les antoje… Y en su lugar, aunque les cueste, dedican ese tiempo a jugar o a hablar con el hijo o la hija que en ese momento los necesita.

Además, con ese juego en común o con esa conversación advertirán que el hijo o la hija posee determinadas habilidades —se le da bien el dibujo, se comunica fácilmente con los demás…— y podrán fomentárselas. O, al contrario, percibirán que les cuesta hablar en público, o que se distraen con más frecuencia de la deseable, y podrán también poner los medios para, con cariño y sin malos modos, hacerles más sencillas y amables esas actividades.

Al olvidarse de sí y crecer como personas, conocerán más a sus hijos y estarán en mejores condiciones de atenderlos.

El de la persona amada debe prevalecer siempre sobre el propio yo:
¡he aquí la regla de oro de toda labor educativa, de la vida entera… y de la auténtica felicidad!

Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, en artículos sucesivos ofreceré un memorando, el más accesible y concreto que se me ocurre, de los principales criterios y sugerencias sobre el arte de las artes, como ha sido llamada la educación.

 (continuará)

 

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

Leer también:

1. Diez principios y una clave…: Educar no es sencillo

2. Diez principios y una clave…: Amor real a cada hijo

3. Diez principios y una clave…: Amor de los padres entre sí

4. Diez principios y una clave…: Enseñar a querer

5-1. Diez principios y una clave…: La fuerza del ejemplo

5-2. Diez principios y una clave…: La coherencia de vida

6-1. Diez principios y una clave…: Fomentar cualidades, más que corregir defectos

6-2. Diez principios y una clave…: Quererlos mejor de lo que son

7-1. Diez principios y una clave…: La autoridad, manifestación de buen amor

7-2. Diez principios y una clave…: Firmeza y dulzura

8. Diez principios y una clave…: Corregir adecuadamente

9. Diez principios y una clave…: ¡Disfrutar con lo bueno y lo bello!

10. Diez principios y una clave…: Querer bien su bien

11. Diez principios y una clave: ¡Fomentar su libertad!

12. Diez principios y una clave: Colaborar con Dios

 

Nota (tres libros sobre estas cuestiones):

Melendo, Tomás: Diez principios y una clave para educar correctamente. Amazon, 2016.

Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 3ª ed. 2011; o, con el mismo contenido,  Melendo, Tomás: Todos educamos mal… pero unos peor que otros. México: Trillas, 2009.

Menchén, Bartolomé-Melendo, Tomás: Quiénes son nuestros hijos y qué esperan de nosotros: “Para educar con hondura”. Madrid: Ediciones internacionales universitarias, 2013.

 


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