Corregir defectos… (y 2)

Perder y ganar

¿Por qué, si está más que comprobado —y quien más quien menos tenemos experiencia propia— que fomentar cualidades es más estratégico que corregir defectos, nos empeñamos en centrar casi toda nuestra atención en estos últimos?

Y eso, tanto en la educación de nuestros hijos como en el trato con nuestro cónyuge.

Jugando a perdedores

Parece obvio que si enfrentamos a nuestros hijos constantemente con sus defectos, que por naturaleza son difíciles de vencer, los estamos condenando a un fracaso casi continuo, con todas las consecuencias que de ahí se derivan: baja autoestima, roces con sus hermanos y con nosotros, deterioro del ambiente de familia…

Los defectos de nuestros hijos saltan a la vista… o al oído… o a la ropa… o a los muebles… No hay que prestar mucha atención para descubrirlos. Y además, cuando estamos en nuestras cosas, nos resultan molestos. Se los corregimos, incluso a gritos, y pensamos que lo estamos haciendo bien, que los estamos educando. Prueba a hacer, mentalmente o por escrito, la lista de los defectos de uno de tus hijos: basta que recuerdes las veces en que, en los últimos diez días les has dicho algo como: «Eres un desordenado», «solo piensas en ti mismo», «nunca escuchas cuando te hablo»…

¿Serías capaz de hacer una lista simétrica de las cualidades, con nombre propio o, al menos, con una descripción relativamente pormenorizada? No me sirve el «pero es muy bueno», porque eso lo son todos… y por defecto: vienen así de fábrica.

Ganar, en tres pasos

a) Reúnete con tu cónyuge y escribe la lista de las cualidades de cada hijo, empezando por el más difícil, el que nunca se está quieto o tranquilo o callado…, el que te cae peor… Luego, con la práctica adquirida, haz otro tanto con los restantes.

b) Pide a tu cónyuge que te recuerde esas cualidades cuando Herodes está a punto de convertirse en tu héroe preferido y piensas que ese hijo o esa hija… ¡no tiene remedio!

c) ¡Y ahora viene lo bueno! De nuevo de acuerdo con tu cónyuge, dispón la dinámica del hogar de modo que cada uno de los miembros de la familia —incluidos vosotros dos— se encuentre con el mayor número de posibilidades de dar lo mejor de sí, desarrollando sus cualidades. Cuando estas hayan crecido, él mismo se enfrentará con sus defectos y, además, con posibilidades de éxito.

¿Que todo eso exige mucha dedicación, tiempo y empeño?

Por supuesto, ¡quién lo va a negar!

Pero ¿no habíamos quedado en que tu familia era lo más importante?

«Sí, pero con mi cónyuge…»

Todo lo anterior, mutatis mutandis —y, por favor, no mutes demasiado— es igualmente eficaz con tu cónyuge.

Prueba… ¡y comprueba!

De momento, me limito a copiar una historieta, que me viene ayudando desde hace muchos años:

«Narra una fábula que el demonio merodeaba por los barrios con el fin de dividir y arruinar a las familias Entraba en una casa bajo la apariencia de un peregrino cansado y, mientras lo atendían se las ingeniaba para hacer a la mujer caer en la cuenta de que el marido la trataba como una esclava, mientras él permanecía tranquilamente sentado, charlando con el huésped, o cosas por el estilo. Y así proseguía insidiando, hasta que lograba hacer estallar una rabiosa discusión. Pero un día entró en una casa donde todos sus intentos fracasaron. Fue él entonces quien se enfadó, y, desesperado, exclamó: “¿Pero vosotros no discutís nunca?”. “No, porque desde el primer día hicimos un pacto: cada cual deberá fijarse solo en los propios defectos y en los méritos o cualidades del cónyuge”. Basta reflexionar un poco sobre la anécdota para advertir que quien se comporta de este modo lleva todas las de ganar». Borghello, Ugo: Le crisi dell’amore. Milano: 2000, Ed. Ares, pp. 151-152.

¿Y además…?

Además, aprende a distinguir bien entre diferencias, limitaciones y defectos.

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

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