CON LA FUERZA DE LA FAMILIA (II)

4. Desde la familia

El camino hacia la civilización del amor lo compone, pues, la familia, si en efecto luchamos para que sea lo que es, si en su seno nos esforzamos por forjar auténticas personas: principios y términos de amor, con personalidad singular, irrepetible.

Así lo exponía, hace ya también algún tiempo, Ernesto Juliá:

«Ninguna realidad como la familia más reacia al igualitarismo, a la uniformidad; más rica en su diversidad y en su variedad; mejor defensora de la persona y de la personalidad del hombre. Cada familia es irrepetible. En ella se engendra la vida y la muerte. En ella se aprende a amar, a vivir la libertad. Siempre es nueva sin dejar de ser ancestral; siempre parece que está a punto de cumplir su función en este juego del mundo, y la sonrisa de un padre ante su hijo recién nacido vuelve a darle vida».[1]

De acuerdo: la familia como hontanar de vida. Pero el interrogante surge inevitable: ¿Se lo permitirá la sociedad contemporánea? ¿No veíamos a esta obstinada, con un empeño semiconsciente pero titánico, en sofocar el carácter personal de sus componentes? ¿Podrá hacer frente la familia al esfuerzo destructivo de casi toda una cultura? ¿No se trata de una lucha en exceso desigual? En el enfrentamiento entre un Goliat pertrechado con las armas más devastadoras y un David casi inerme, entre una civilización en apariencia omnipotente y una familia minúscula y desvalida, ¿no será más bien la familia la llamada a desaparecer, como consecuencia de los peligros que la cercan?

Aquí es donde se impone afinar en nuestras consideraciones. Este es el momento decisivo. Es ahora cuando debemos preguntarnos: ¿cuáles son las asechanzas reales que se ciernen sobre la familia? Para muchos de nosotros, esas insidias sobrevienen desde fuera, animadas por una fuerza ciclópea, arrolladora: una legislación cada vez más asfixiante y distorsionadora, gravámenes económicos impuestos por bastantes Estados, conspiraciones en el sistema educativo, degradación moral, sofocamiento de la sensibilidad religiosa, influjo casi invencible de los medios de comunicación, escándalos y corrupciones sin cuento… Un panorama desolador que amenaza con borrar cualquier vislumbre de esperanza.

Pero no es esa la realidad. No es así, por lo menos, como saben verla los mejores. Por ejemplo,

«Chesterton fue ya consciente de que el enemigo número uno de la familia no había que buscarlo afuera, en estas fuerzas enormes y avasalladoras que derrumban sociedades enteras. Los mismos extremos del capitalismo, del socialismo y de la sociedad de consumo, apenas tienen relevancia en comparación con el enemigo interior al ser humano. El enemigo del amor y de la familia es uno mismo. Según Chesterton, es la falta de desarrollo interior humano, la pobreza de espíritu, el aburrimiento y la frivolidad, la asombrosa ausencia de imaginación, la que lleva a hombres y mujeres a desesperar de la familia y del matrimonio, o por lo menos, de su familia y de su matrimonio tal como lo experimentan. Chesterton insiste en que la vida no es algo que viene de fuera, sino de dentro. El hogar no es pequeño, es el alma de algunas personas la que es raquítica. El matrimonio y el hogar resultan demasiado grandes para ellos. Es el “mí mismo” el que en su cobardía egoísta se muestra incapaz de aceptar el prodigioso escenario del hogar, con su grandeza de composición épica, trágica y cómica, que todo ser humano puede protagonizar».[2]

Estas palabras encierran el test definitivo, la prueba discriminadora. Pregúntese cada uno, como yo me estoy preguntando: ¿me encuentro de acuerdo, completamente de acuerdo, con el planteamiento de Chesterton?; ¿o pesan todavía demasiado las objeciones un tanto pesimistas de lo expuesto anteriormente? Porque una adhesión solo de principio, que dejara subsistir algún pero substancial, se demostraría del todo insuficiente. Si tales dudas no logran disiparse, se volatiliza incluso la posibilidad de iniciar desde la familia cualquier movimiento revitalizador del entorno social.

El que vacile, en estos instantes, está vencido. Con él no hay que contar. Pero, sobre todo, se encuentra equivocado. Porque la familia puede. Para entreverlo, interroguemos: ¿cuál es la fuerza real de la que ella dispone, en esta etapa de la historia substancialmente despersonalizadora?

5. Con el vigor personal del amor
Un arma rompedora

Cabría resumirlo así: la familia cuenta con un arma invencible y exclusiva y rompedora: la persona. Y, con ella, tiene todas las de ganar.

En un contexto relativamente similar al que nos encontramos nosotros, y esbozando una diagnosis también muy parecida a la que he avanzado, Carlos Cardona se preguntaba: «Si las cosas fuesen más o menos así, ¿qué hacer?»

Y respondía, con la misma lucidez que hondura:

«Se ha dicho muchas veces, y muy autorizadamente, que el pensamiento y la vida social de hoy, en donde casi todo llegó a ser cristiano —al menos en la intención última y en líneas generales, y a pesar de los pesares—, se han vuelto a hacer paganos. Por eso la tarea que se nos propone es precisamente la recristianización, empezando por la propia, por la de cada uno. ¿Cómo hacerlo? Como lo hicieron los Apóstoles, como lo hicieron los primeros cristianos: personalmente. Vivieron en un ambiente lleno de idolatría y de corrupción. No comenzaron intentando echar abajo instituciones (como la esclavitud, por ejemplo) y escuelas de pensamiento, muchas veces injustas e incluso ignominiosas; pero tampoco asumiéndolas como santas y verdaderas. Empezaron cambiando los corazones, y esos corazones fueron cambiando luego muchas cosas. En el Nuevo Testamento tenemos información suficiente. Tratemos de hacer lo que hicieron ellos. Y no pretendamos recetas técnicas para lo que es obra de espíritu, de libertad y de gracia de Dios. Y por lo mismo, no pensemos en conversiones en masa, y renunciemos a la velocidad».[3]

Son palabras densas y sugerentes, susceptibles de múltiples comentarios. Me limitaré a señalar que la clave de todas ellas es el adverbio personalmente. Pues si ante lo que nos encontramos es frente a una crisis de despersonalización, se impone sin duda una tarea radicalmente personalizadora. Esto es, una labor en la que el protagonista principal sea no solo la persona, la relación educativa persona-persona, sino en la que actúen de manera preponderante los resortes más personales de quienes en ella intervengan.

No se trata, por tanto, de una misión de meros individuos. Ni me refiero tan solo al tú a tú, ni al uno a uno, al boca a boca. El empeño es bastante más serio y profundo. Propongo comprometer la propia existencia —nuestra más personal existencia— para solicitar lo que en quienes nos rodean existe también de más estrictamente personal: su inteligencia y, sobre todo, su voluntad, su capacidad de amar, de querer y de elaborar y dar vida al bien de los otros en cuanto otros.

Se nos pide ponernos personalmente en tensión, jugárnoslo todo para poder amar. Se solicita de nosotros que nos dirijamos, desde la médula de nuestro ser, a lo más íntimo y exclusivo de cada una de las personas con quienes nos relacionemos… aun cuando nos estemos enfrentando simultáneamente con un número considerable de hombres y mujeres: disolviendo entonces la masa, como pronto veremos.

Resultan decisivas al respecto unas profundas ideas de Unamuno. Aconseja el literato español:

«No quieras influir en eso que llaman la marcha de la cultura, ni en el ambiente social, ni en tu pueblo, ni en tu época, ni mucho menos en el progreso de las ideas, que andan solas. No en el progreso de las ideas, no, sino en el crecimiento de las almas, en cada alma, en una sola alma y basta […]. Coge a cada uno, si puedes, por separado y a solas en su camarín, e inquiétalo por dentro, porque quien no conoció la inquietud, jamás conocerá el descanso. Sé confesor más que predicador. Comunícate con el alma de cada uno y no con la colectividad».[4]

¿Va quedando claro? Es menester convencerse de una vez por todas: la persona, no los sistemas, constituye la clave del proceso de revolución honda y amable que se pretende instaurar: todas las personas, cada una de todas.

Y esa tarea ostenta una condición: el propio compromiso. De ahí que quepa concretar más todavía: el auténtico protagonista de la mudanza universal que está a punto de llevarse a término en nuestra civilización es uno mismo, cada uno. El ámbito primordial de esa convulsión pacífica y duradera, la propia familia; y, en el interior de cada familia, el matrimonio, cada matrimonio, el mío y el tuyo.

Y aquí me gustaría hacer una llamada a nuestras fuerzas más íntimas, gritando: ¡no seamos dimisionarios de la libertad! Ninguna libertad consiste básicamente en que (otros) «me dejen» hacer, sino al contrario, en obrar desde mí, con fuerza, con pujanza, con bríos siempre renovados… para el bien de todos. En la antigua Grecia, el esclavo podía gozar de riquezas, posesiones y aun de otros esclavos. Como sabemos, le era dado acceder a la cultura e incluso alcanzar la fama como poeta o filósofo o artista. Lo que le estaba drásticamente prohibido era ocuparse del bien común, del bien de la ciudad, de los otros: la falta de libertad consistía en la condena a atenerse sin paliativos a su beneficio privado y puntiforme. Y en buena medida tenían razón. Desde un punto de vista enriquecido, libertad equivale a ponerse personalmente en juego, en busca de un bien memorable, de gran calado. Equivale, siempre con un enfoque hondo, a eficacia, a consecución de notables mejoras para todos.

Sentado lo cual, es factible puntualizar de nuevo. Cuando hablo de actuar personalmente no me refiero ni solo ni en primer término a llegar a las personas una a una, en su estricta singularidad. Eso ya es mucho, pero debe encontrarse aparejado, porque si no sería vano, al esfuerzo por activar los resortes de nuestra libertad más íntima e incidir en lo más personal de cada cual: en su entendimiento y en su corazón… y sin prisas, como sugería Cardona. Confiando y volviendo a confiar, otra vez y miles, cuando las circunstancias lo reclamen. Tocando el corazón del amigo, del hermano, del hijo, en un trato personal de amistad en el que involucramos la propia vida: todo lo que somos, sabemos y sentimos.

Es el camino más adecuado —me atrevería a afirmar que el único— para la revolución pacífica de la sociedad. Y no solo porque estamos ante un procedimiento universal, patrimonio de todos, sino porque se revela el más apto para elevar la categoría de las personas de la única manera en que es hacedero llevarlo a término: personalmente. Cualquier vía distinta de la relación inter-personal se mostrará válida en la proporción en que permita acceder a la persona: a su entendimiento y a su voluntad amorosa. De ahí que los métodos que por sí mismos faciliten solo una comunicación indirecta, aunque deban ser utilizados, e incluso profusamente, se configurarán siempre como caminos complementarios, de preparación o de apoyo. Si se convierten en absolutos —y la tentación actual de tomarlos como tales nos acecha muy de cerca—, abocan por fuerza al fracaso.

Kierkegaard lo expuso con el vigor y la plasticidad y la falta de concesiones a la galería que lo caracterizan:

«Vosotros, los que decís eso (que la verdad y el bien tendrán más fuerza y expansión si lo oyen muchos a la vez), ¿os atreveríais a sostener que los hombres considerados como multitud están igualmente dispuestos para la verdad como para la mentira, siendo la primera muchas veces de mal sabor, y estando la segunda preparada siempre de modo muy delicado? […] ¿O es que quizá osáis sostener también que la “verdad” puede ser entendida con la misma rapidez que la falsedad, la cual no requiere conocimiento preliminar, ni enseñanza, ni disciplina, ni abstinencia, ni abnegación, ni honesta preocupación sobre uno mismo, ni labor paciente?»[5]

La muchedumbre debe constituirse en término de nuestra operación únicamente para disolverla, rescatando a cada una de las personas singulares y concretas que se engloban en ella o se esconden en su interior. Podemos perorar, hablar ante el gran público… y en ocasiones será un deber que lo hagamos; pero enderezando siempre nuestra intención, palabra por palabra, a cada uno de los que lo componen. Entonces, ¿los media, los instrumentos de comunicación de masas? Hay, sin duda, que ocuparse de ellos, e incluso dedicarles una atención preferente, pero buscando a su través, ¡siempre!, a la persona; a todas, reitero, pero a cada una. Y no es tarea fácil; en ocasiones requiere un complemento esforzado de saber hacer… y de saber querer.

Concluyendo, lo relevante, lo auténticamente definitivo, eficaz e imprescindible, se utilice la herramienta que se utilice, es no desatender a la persona, instaurar relaciones más y más íntimas y significativas entre persona y persona. Y todo ello, perdón por la insistencia, resulta particularmente hacedero en la familia y desde la familia.

Naturaleza primordial del amor

Llegados aquí, una nueva pregunta se impone: ¿cuál es el medio que asegura la relación familiar estricta, la de persona a persona en el seno del hogar? Ya lo he sugerido: el amor. Pues el amor compone la entraña y la piedra de toque de la condición personal de la persona: eleva o hunde, despliega o atrofia, la conduce a su apoteosis o la torna inane y vana. No extraña, entonces, que hace ya bastante más de un siglo, Kierkegaard escribiera con rotundidad:

«Engañarse respecto al amor es la pérdida más espantosa, es una pérdida eterna, para la que no existe compensación ni en el tiempo ni en la eternidad».[6]

Engañarse respecto al amor… ¡si no se rectifica!

Para no equivocar el amor tal vez convenga reflexionar despacio sobre lo que nos legara el viejo Aristóteles: amar es querer el bien para otro. Querer, acto de la voluntad que implica a toda la persona; su bien: que él a su vez ame, que sea bueno; para el otro en cuanto otro: por él, porque, como hemos visto, se halla destinado a establecer un diálogo eterno de amor con Dios.

La cifra de toda educación consiste en enseñar a querer: porque es así, amando, como los demás se perfeccionan, crecen. Y para animar a querer a otros individuos, para introducirlos con suavidad y eficacia en la vía de su propio cumplimiento como personas, la herramienta más aguda, la única inesquivable e infalible, es empeñarse a su vez uno mismo en quererlos de veras: en buscar sin componendas su bien más real.

Semejante bien puede ser considerado en tres momentos de despliegue, no necesariamente sucesivos, pero que encarnan el vigor y el desarrollo completo del amor:

a) Corroborar en el ser. El primero lo vengo llamando corroboración en el ser: anhelar sin condiciones que la persona amada sea, que exista. Por eso, la expresión de que nos hemos enamorado o lo seguimos estando a la vuelta de decenios, multitud de expertos la han hecho cristalizar en estas palabras entrañables: «¡es maravilloso que existas», «¡yo quiero, con todos los bríos de mi alma, que permanezcas en el ser, que sigas existiendo!», «¡me entusiasma el portento de que hayas sido creado, creada!»

Amar, bajo semejante prisma, es aplaudir a Dios. Decirle: «con éste, con ésta, sí que te has lucido. Aquí sí has demostrado todo lo que vales, tu grandeza inefable y tu bondad sin límites».

Amar consiste, entonces, en re-crear, confirmando la inaugural acción divina, volcando toda la realidad que nos constituye en apoyo y consolidación de la persona amada. Y hacerlo sin reservas ni condiciones: el amado es advertido como bueno, sin restricciones, a pesar de sus defectos y lagunas: su sola presencia confiere un omnímodo valor al universo todo, que cambia y se enriquece desde el instante en que nos enamoramos.

Lo anuncia con precisión Ortega: «amar a una persona es estar empeñado en que exista; no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde aquella persona esté ausente»[7]. Se trata de validar incondicionadamente, con nuestra plena realidad, el ser de la persona querida, del otro, del tú. De ese tú al que aparejamos la apoteosis o el hundimiento del universo todo, y el sentido o la inanidad de la propia existencia.

b) Deseos de plenitud. En segundo término, amar a cualquier persona es desearle eficazmente que viva bien, que sea buena, que obtenga la perfección. Ya el viejo Aristóteles había rechazado, como falsa y peligrosa, la amistad entre «hombres de mala condición, que se asocian para cosas bajas, y se vuelven malvados al hacerse semejantes unos a otros. En cambio —añadía—, es buena la amistad entre los buenos, y los hace mejores conforme aumenta el trato, pues mutuamente se toman como modelo y se corrigen». Y reforzaba: «La amistad perfecta es la de los hombres buenos e iguales en virtud, porque estos quieren el uno para el otro lo auténticamente bueno».[8]

Y es que el genuino amor aspira a que progrese la persona a quien se endereza. Y semejante crecimiento se consigue, de manera primordial y casi exclusiva, en virtud del propio querer: amando de veras, con hechos, impulsamos el adelanto de los seres queridos; más allá de cualquier técnica instrumental, la eficiencia de la propia acción formativa depende de la intensidad del amor —auténtico, inteligente, equilibrado— con que envolvamos a las personas en quienes pretendemos influir… ¡a las que queremos!

Resulta esto posible, antes que nada, por un motivo ya insinuado: porque, lejos de cualquier miopía, el amor se revela sumamente perspicaz.

Como escribiera Chesterton: «El amor no es ciego; de ninguna manera está cegado. El amor está atado, y cuanto más atado, menos cegado está».[9] Más todavía, tratándose de personas, no es solo que el amor resulte perspicuo, agudo y penetrante, sino que solo él lo es: únicamente el cariño permite adentrarse hasta ese fondo de maravilla que cualquier sujeto humano cela en lo más íntimo de su ser.

Pero no todo acaba ahí. Además de enseñarnos a verla en el presente, apreciando su belleza interior, el afecto anticipa el proyecto perfectivo futuro de la persona que amamos. Su ideal. Un ideal concreto, perfilado… en la medida en que nuestro querer se intensifica y acrisola. Pues, en verdad, lo que comentaba Ortega a propósito del arte y de la imagen sensible, puede ser aplicado a cualquier otro acto de amor y a los contornos espirituales más eminentes:

«Cada fisonomía suscita, como en mística fosforescencia, su propio, único, exclusivo ideal. Cuando Rafael dice que él pinta no lo que ve, sino ‘una certa idea che mi viene in mente’, no se entienda la idea platónica que excluye la diversidad inagotable y multiforme de lo real. No; cada persona al nacer trae su intransferible ideal. ¡Cuántas veces nos sorprendemos anhelando que nuestro prójimo haga esto o lo otro porque vemos con extraña evidencia que así completaría su personalidad!»[10]

Por eso, cuando no somos capaces de descubrir los caminos por los que enrumbar a una persona a nuestro cargo, o cuando sus defectos toman la delantera sobre sus cualidades, además y antes de acudir a recetas o técnicas o expertos, necesitamos incrementar nuestro cariño hacia ella. Así veremos más y mejor, y así la impulsaremos a dar los pasos imprescindibles en la dirección de su propio cumplimiento.

En cualquier caso, lo maravilloso e inapreciable consiste en suscitar el progreso con las solas fuerzas del afecto, sin necesidad apenas de palabras. Porque el cariño sincero incita a avanzar a la persona querida, que busca hacerse digna del querer que se le consagra; y porque nuestro amor está poniendo ante su vista, calladamente, sin estridencias, su propio ideal. A los seres amados los estimamos no solo en lo que valen hoy y ahora, sino en toda esa apoteosis que están llamados a realizar. Como nos recuerda la Amoris laetitia, «el amor tiene una intuición que le permite escuchar sin sonidos y ver en lo invisible».[11] Y, como advirtiera Goethe, al quererlos mejores de lo que son, activamos el camino de su propia superación.

Concluyendo: lo que Marañón afirmaba del ideal femenino —«que, por lo común, no es solo obra del azar, sino, en gran parte, obra de la propia creación»— resulta perfectamente aplicable en todos los demás casos: ningún ideal «se nos da nunca hecho; es preciso construirlo; con barro propicio, claro está, pero lo esencial es construirlo con el amor y el sacrificio de todos los días, exponiendo para ello, en un juego arriesgado, a cara o cruz, el porvenir del propio corazón».[12]

c) Entrega.  El tercer elemento del amor, su conclusión y apogeos definitivos, se expresa con un solo vocablo: entrega. Y la entrega compone, simultáneamente, el mecanismo concreto de que el amor dispone para hacer mejor a quien se ama. ¿Por qué? Porque esa dádiva, que mide la categoría y el calibre de nuestro propio cariño, asegura a la par la presencia y el predominio incontrastado del otro, del tú a quien queremos. Nos coloca en segundo plano, dejando para él el centro focal de nuestra perspectiva. Y así, poniéndolo claramente ante nuestra mirada, nos permite trabajar, con pasmosa eficacia, en su perfeccionamiento.

El tejemaneje íntimo de toda donación podría resumirse así: dilatadas las pupilas del entendimiento por la pujanza del amor, advertimos la maravillosa aventura de mejora a que el otro está llamado; entonces, esclarecida nuestra percepción, nos vemos forzados a exclamar, no con palabras, sino con toda la vida, que vale la pena ponernos por completo a su servicio para que él o ella obtengan la apoteosis de plenitud que constituye su destino y que en fuerza del querer hemos descubierto. En ese momento uno comienza a conjugar su entera existencia en segunda persona; entiende con la sensibilidad y la inteligencia del ser amado; ama con su voluntad, con su corazón.

Muy adecuadamente lo expresó Charles Moeller:

«En el amor auténtico hay salida de sí hacia un país nuevo que Dios nos mostrará, que nos hará verdaderamente forasteros, que se apoderará de nosotros por completo y nos lanzará a esa gran aventura que consiste en hacer que el ser al que amamos sea verdaderamente él mismo, preservado en lo que es, es decir, distinto de nosotros, o sea incomunicable. Ante este ser no podemos hacer más que estar a su servicio, desaparecer nosotros, y decir: ‘no yo: tú’, con la palabras de Dumitriu en su novela Incógnito».[13]

Una última observación. En esta prodigiosa tarea de perfeccionamiento no caben ni las impaciencias ni las premuras. Se trata de una labor de toda la vida, llamada a trascender, con quienes nos sucedan en el seno de nuestra familia, la propia existencia. Por tanto, resulta imprescindible algo muy difícil en la civilización de hoy: olvidarse de la velocidad, dejar a un lado las prisas.

Lo aconsejaba Thibon:

«Considere una cosa: cuanto más elevado está un acto en la jerarquía de valores, menos interés tiene que se haga rápidamente. Un médico llamado con urgencia debe circular muy de prisa; pero si, al llegar a la cabecera del enfermo, mira su reloj a cada instante, nada es más contrario al acto médico, al diálogo que debe establecerse entre el médico y el paciente. Que un enamorado acuda de prisa a una cita es algo excelente. Sin embargo, si, apenas llegado a los pies de su amada, comienza a inquietarse por la hora, la plenitud del intercambio está muy comprometida. “El amor y la precipitación forman mala pareja”, decía Milosz. Todo lo que, en el tiempo, se aproxima a lo eterno exige largos plazos de maduración y espera».[14]

Y lo concreta, una vez más, el papa Francisco:

«Este camino es una cuestión de tiempo. El amor necesita tiempo disponible y gratuito, que coloque otras cosas en un segundo lugar. Hace falta tiempo para dialogar, para abrazarse sin prisa, para compartir proyectos, para escucharse, para mirarse, para valorarse, para fortalecer la relación. A veces, el problema es el ritmo frenético de la sociedad, o los tiempos que imponen los compromisos laborales. Otras veces, el problema es que el tiempo que se pasa juntos no tiene calidad. Sólo compartimos un espacio físico pero sin prestarnos atención el uno al otro. Los agentes pastorales y los grupos matrimoniales deberían ayudar a los matrimonios jóvenes o frágiles a aprender a encontrarse en esos momentos, a detenerse el uno frente al otro, e incluso a compartir momentos de silencio que los obliguen a experimentar la presencia del cónyuge».[15]

6. Y con el instrumento del trabajo

¿Cómo enseñar, todavía más en concreto, a querer?

A través del trabajo.

El trabajo se configura tal vez como el instrumento más determinado y más relevante para aprender, dentro de la familia, a fortalecer la voluntad como capacidad de querer, e instaurar así, en la sociedad entera, la civilización del amor.

Por una parte, existe una muy estrecha conexión entre amor y trabajo. Decíamos antes que amar es querer el bien para otro. Y añado ahora: para que el amor sea pleno, ese querer debe resultar eficaz, esto es, ha de otorgar efectivamente a la persona amada lo que constituye el bien para ella. No bastan las buenas intenciones, ni siquiera una más o menos determinada determinación de la voluntad… que no culmina en obras. ¡Hay que lograr ese provecho!

Pero la gran mayoría de los bienes reales, objetivos y a menudo indispensables que podemos ofrecer a nuestros conciudadanos se obtienen gracias al trabajo profesional, entendiendo estas dos palabras en su acepción más amplia. Por eso, de quien pudiendo hacerlo no trabaja, no cabe decir que de veras ame o, al menos, que su amor sea cumplido, cabal; y por eso, porque en verdad logra el bien para la persona querida, suelo añadir que trabajar por amor es amar en plenitud, amar dos veces.

En semejante ámbito, la tarea de la familia se muestra indispensable. Y no consiste solo en fortalecer la voluntad, creando auténticos hábitos de trabajo. Requiere sobre todo robustecerla con eficacia, enseñando a vivir la propia tarea y la formación que prepara para realizarla, no como medio de afirmación personal ni de adquisición egoísta de beneficios, sino como herramienta indispensable del más logrado servicio, como búsqueda real del bien para otro en cuanto otro, como el más cualificado vehículo del amor. Juan Pablo II lo expuso con claridad y firmeza: «La familia es, al mismo tiempo, una comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera escuela doméstica de trabajo para todo hombre».[16]

Por otro lado, ya en la dinámica de la vida social adulta, el trabajo compone el instrumento por excelencia para instaurar la civilización del amor. ¿Cómo y por qué? Antes que nada, porque las relaciones laborales gozan de una importancia primordial en el mundo contemporáneo, hasta el punto de conformar la trama más sólida de nuestra civilización. De ahí que modificar las relaciones de trabajo equivalga, en definitiva, a transformar la sociedad.

¿Sonaría exagerado asegurar que tales relaciones se configuran hoy, en una porción considerable de los casos, como nexos en buena parte egoístas, en los que predomina casi incontrastado el do ut des, primando de manera bastante absoluta el deseo de beneficios? No lo sé con certeza, pero tampoco importa demasiado. Lo que sí querría dejar sentado es que, por sí mismas, las conexiones en torno al trabajo pueden convertirse en vehículo exquisito, único, de la donación cuasi universal de uno mismo. ¿Bajo qué condiciones?

El requisito imprescindible, según insinuaba, es que dicho trabajo se encuentre realizado por amor. Es decir, que, sin excluir la justa y debida remuneración, busque fundamental y sinceramente el bien para sus destinatarios. Entonces se establece como una muy lograda entrega de nuestro propio yo.

¿Motivos? En condiciones normales, el fruto de nuestro quehacer intelectual o manual constituye una excelsa encarnación de la propia persona. Cuando el hombre termina bien su tarea, cumplidamente y hasta el fondo, poniendo en juego lo mejor de sí, hace reposar su ser más recóndito en el resultado de esa labor profesional, se expresa íntimamente a través de ella. El trabajo se configura, entonces, como exquisita cristalización de nuestro yo: en él hacemos descansar lo más noble de nosotros mismos. Pero, entonces, esa actividad representa la más clara posibilidad de donación universal del propio ser. Y gracias a ella podemos alcanzar la plenitud de la vocación a la entrega que nos compete como personas.

Reiterando estas últimas ideas, cabría decir: cuando el trabajo y sus frutos proceden de un auténtico amor, que procura el bien real de los otros; y cuando, además, se encuentra realizado con toda la perfección técnica y humana de que uno es capaz… arroja como saldo una realidad —materia transformada, idea, servicio— profundamente expresiva de nuestra concreta y peculiar condición e idiosincrasia personales: algo que manifiesta y transporta nuestra substancia más medular. Nos damos merced a nuestra labor. Por otra parte, al recibirlos con agradecimiento, sus destinatarios, en los productos que hemos elaborado nos acogen a nosotros mismos… al tiempo que se instaura esa comunión de bienes en que consiste terminal y definitivamente el amor y la amistad más genuinos. Y eso, hoy, con dimensiones universales.

¡Gracias al trabajo enamorado se hace realidad, en la medida de lo posible, una auténtica civilización del amor!

* * *

Por eso, y como resumen de lo visto, habría que afirmar que el camino de la revitalización de este Occidente un tanto despersonalizador, cansino y desamorado, tiene su inicio en la familia, ámbito primordial donde la persona es siempre tratada y reforzada como persona, como principio y término de amor. A lo que habría que añadir que la herramienta más adecuada para llevar a término esa convulsión es, justo, la amorosa dádiva de sí a través del trabajo. Familia y trabajo, por tanto: he aquí los dos instrumentos primordiales, en la esfera natural, del necesario y ya inmediato —¡si nos empeñamos!— resurgimiento de nuestro mundo. Pero un trabajo, la puntualización es clave, cuyo sentido más hondo se aprende, antes y más que en cualquier otra institución, en el hogar, y desde él dimana, confiriendo auténtico vigor humanizador, a toda la sociedad.

Tal vez cabría aplicar a este contexto las decisivas convicciones de Juan Pablo II:

«En un mundo en el que parece despreciarse la función de tantas instituciones y en el cual se deteriora impresionantemente la calidad de vida, sobre todo urbana, la familia puede y debe llegar a ser un lugar de auténtica serenidad y de armonioso crecimiento. Y esto, no para aislarse de modo orgulloso y autosuficiente, sino para ofrecer al mundo un testimonio luminoso de hasta qué punto es posible la recuperación y la promoción integral del hombre, cuando esta promoción parte y tiene como punto de referencia la sana vitalidad de esa célula primaria del tejido civil y eclesial que es la familia».[17]

7. El papel de la mujer

Estimo oportuno cerrar estas disquisiciones con un comentario somero en torno a la función de la mujer en la tarea vivificadora que propugno.

Para lograrlo, volveré un momento sobre consideraciones ya efectuadas en este mismo escrito. El déficit de despersonalización ilustrado hasta aquí mediante sumarias alusiones a la educación y al mundo del trabajo cabría exponerlo también desde un enfoque suplementario. Si atendemos al desarrollo de la civilización en estas últimas centurias, y simplificando bastante el asunto, aunque sin falsearlo, observamos una especie de fractura, que va disponiendo progresivamente el despliegue perfeccionador del ser humano en dos círculos estrictamente separados e incluso contrapuestos: el privado y el público. Y advertimos también que, de manera imparable, este segundo ha ido ejerciendo un dominio avasallador sobre el primero: que lo público ha ido fagocitando a lo privado.

Mas ¿cuáles podrían ser los elementos constituyentes de lo que califico como esfera pública? Por ejemplo, volviendo a lo ya sabido, el mundo laboral, cada vez más dominado por un economicismo materialista, cuyo ídolo es el dinero; o el terreno de la política, cuyo crecimiento indiscriminado hace que todo gire alrededor del poder, intercambiable con el dinero, y engendra también una burocratización despersonalizante a gran escala; o incluso, es el tercer factor normalmente considerado, el influjo de los llamados medios de comunicación de masas, que incrementan su virtud persuasiva en la medida en que estimulan el carácter no diferenciado, impersonal, de sus destinatarios.

En la exacta proporción en que estos y otros vectores similares han ido configurando la sociedad actual, nos encontramos con un universo público en el que, por lo general, al margen de toda actitud de servicio, las relaciones «humanas» se van viendo pilotadas, de manera creciente, por un punzante egoísmo hedonista, pragmatista e insolidario (¡con honrosas y abundantes excepciones!, hay que añadir con sumo gozo).

De esta suerte, la lógica del intercambio interesado, de los equivalentes —del do ut des ¡y solo ut des!, propia de la sociedad mercantilista y burocrática— ha ido imponiendo su ley sobre la lógica de la gratuidad, del don, de la dádiva altruista, cuyo reducto último va siendo la familia, pero que también debería imperar en todas las relaciones sociales, incluso en las propiamente económicas.

En cualquier caso, más que el mismo diagnóstico, por fuerza simplificador, me interesa reiterar que en un orbe de este tipo se va cerrando el espacio para los genuinos valores de la persona entendida como tal. Valores que giran íntegramente en torno al amor y a todo aquello que lo hace posible y jugoso: el encanto de lo pequeño, la flexibilidad, la imaginación creativa, la generosidad, la aptitud para captar matices, el ocio compartido, el diálogo, la intimidad, la diferenciación individualizadora, la relación entre tú y tú irreiterables, el gozo conjunto de una vida cotidiana y sin aparente brillo, y un dilatado etcétera.

Podemos advertir, por consiguiente, dos mundos o, como hoy se suele decir, dos culturas: la de la eficacia y el éxito, por una parte, y la de la vida, el cuidado y, en definitiva, el amor, por otra. Y son muchos los que calificarían el primer cosmos, el de la producción y la eficiencia, de típicamente masculino, mientras que unirían la resurrección del segundo al progresivo afirmarse de lo femenino.

Por eso la mujer. Pero vaya por delante, aunque estimo que no sería necesario, que en ningún momento pretendo hacer demagogia. Para cualquier varón casado, y yo lo soy, deberían resultar más que manifiestas las riquezas con que se adorna una esposa cabal. E incluso, por una especie de «defecto de perspectiva», esas cualidades aparecerán ante sus ojos con más apabullante claridad que las pertenecientes al varón. He aludido en este mismo acto a que el amor, lejos de ser ciego, se muestra asombrosamente clarividente: impulsa y «obliga» a descubrir el fondo de maravilla oculto en el corazón ontológico del ser querido. Y como cualquier persona medianamente honrada estima más a su cónyuge que a sí mismo, los privilegios de la mujer deslumbran a su marido de manera mucho más perentoria que los suyos propios o, en general, los de su sexo. No porque los invente —eso también lo he explicado una buena porción de veces, oponiéndome a Stendhal y Proust—, sino porque los descubre sin dificultad.

Pero es que, con independencia de esa fascinación, la mujer encarna de una forma muy particular, más propia y acentuada, el peculiar carácter de la persona humana. Si no puede decirse que es «más persona», sí cabe afirmar que lo es de un modo «más patentemente personal» y «más exquisitamente humano».

Quiero ser objetivo. Me expresaré por eso con palabras prestadas. Carlos Cardona, uno de los más grandes filósofos de nuestros días, escribió con rotundidad a propósito de nuestro tema que «la mujer es imagen más diáfana de lo característico de la persona creada: hecha por amor y para el amor». La expresión cumplida de la persona humana, «en su ser más radical, se manifiesta mejor y más propiamente en la mujer que en el varón. Y esto, a más de resultar metafísicamente manifiesto, es un hecho de experiencia común: todos sabemos muy bien que la mujer, precisamente como tal, y en la medida en que sabe y quiere serlo, es lo más ‘amable’. Así se entienden bien muchas características de la feminidad: como ese instinto que mueve a la mujer a procurar ser amable, atractiva (y no me refiero aquí principalmente a lo físico, sino a lo psíquico y espiritual: la simpatía, la ternura, la paciencia, la piedad, por ejemplo)». Por todo ello, la mujer encarna de forma privilegiada la condición de persona, en cuanto principio y término de amor: resulta más amable «precisamente porque ama y en el amor se da».[18] Puesto que, como recordaba ya hace algún tiempo José María Pemán, «el amor es en la mujer como la expresión total de su ser y el ejercicio fundamental de su vida […]. La mujer es, por definición, una “criatura de amor”».[19]

Y, en otro lugar, recogiendo ideas hoy ya bastante difundidas, el propio Cardona recordaba que «los hombres todos —tanto varones como mujeres— hemos sido “confiados por Dios a la mujer”: y no principalmente en el orden biológico, sino fundamentalmente en el psíquico y en el espiritual».[20]

¿Sería muy difícil extraer las conclusiones pertinentes para el enriquecimiento de la familia y la personalización del mundo?

Deben llevarnos a entreverlas las sugerentes afirmaciones de un texto muy cercano de Jutta Burggraf. Acudiendo a una expresión también muy propia de nuestro tiempo, explica la autora lo que ella entiende como el genio de la mujer:

«Constituye una determinada actitud básica que corresponde a la estructura física de la mujer y se ve fomentado por ésta. En efecto, no parece descabellado suponer que la intensa relación que la mujer guarda con la vida pueda generar en ella unas disposiciones particulares. Así como durante el embarazo la mujer experimenta una cercanía única hacia un nuevo ser humano, así también su naturaleza favorece el encuentro interpersonal con quienes la rodean. El «genio de la mujer» se puede traducir en una delicada sensibilidad frente a las necesidades y requerimientos de los demás, en la capacidad de darse cuenta de sus posibles conflictos interiores y de comprenderlos. Se la puede identificar, cuidadosamente, con una especial capacidad de mostrar el amor de un modo concreto. Consiste en el talento de descubrir a cada uno dentro de la masa, en medio del ajetreo del trabajo profesional; de no olvidar que las personas son más importantes que las cosas. Significa romper el anonimato, escuchar a los demás, tomar en serio sus preocupaciones, mostrarse solidaria y buscar caminos con ellos».[21]

Afirmaciones que, lejos de cualquier atisbo de enfrentamiento entre lo masculino y lo femenino, llamados lógicamente a complementarse, nos devuelven en directo a la persona y la exigencia de personalizar el universo humano, que es también devolverle su mordiente ético. Pero asimismo nos informan de que para lograrlo resulta imprescindible que todos aquellos valores que podríamos calificar «como propios de lo femenino —lo que el psicólogo suizo C. J. Jung llamaba el anima, el cuidado, la atención diligente por los demás— no los consideremos en modo alguno privativos ni exclusivos de la mujer (aunque en ella hayan podido tener una mayor presencia por razones históricas), sino que los advirtamos como igualmente indispensables en el varón, para evitar que éste sea simplemente un energúmeno, tan solo preocupado por el poder y la competencia».[22]

Lo que se impone, pues, es un trasvase. Una transfusión que ya se está llevando a término en el seno de muchísimas familias. Pero recuerden lo que acabo de evocar: que el ser humano —varón y mujer— ha sido confiado al cuidado de esta última. De ahí surge, en el ámbito del matrimonio, el reto primordial, la exigencia más apremiante y de más calibre de lo que vengo calificando como revolución pacífica. Es esta la tarea que la mujer no puede aplazar: devolver la vida auténticamente humana, personal, cálida, al conjunto de la familia y, a través de ella, y también directamente, a todo el universo. Porque, como recuerda de nuevo Pemán en clara clave de humor, sin las que sus palabras podrían incluso resultar hirientes, «el varón puede hacer sin la mujer todo —arte, ciencia, guerra, política—, todo menos un pequeño detalle: vivir…»[23]

Tomás Melendo

tmelendo@uma.es

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www.masterenfamilias.com

 

[1] Ernesto Juliá Díaz, “La familia siempre viva. Un argumento para el nuevo siglo”, en Mundo Cristiano, Diciembre 1999, p. 47.

[2] Álvaro de Silva, en la Introducción a El amor o la fuerza del sino, cit., p. 27.

[3] Carlos Carona, “Diagnóstico de la Modernidad”, en Actas de las Jornadas de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino, SITA, Instituto Filosófico de Balmesiana, Ed. Balmes, Barcelona 1993, vol. I, pp. 224-225. Las cursivas son mías.

[4] Miguel de Unamuno, ¡Adentro!, en Obras selectas, Plenitud, Madrid, 5ª ed. 1965, p. 188.

[5] Søren Kierkegaard, Mi punto de vista, Sarpe, Madrid 1985, pp. 157-158.

[6] Søren Kierkegaard, Los actos del amor, tr. italiana a cargo de Cornelio Fabro, Rusconi, Milán 1984, p. 148

[7] José Ortega y Gasset, Estudios sobre el amor, Revista de Occidente de Alianza Editorial, Madrid, 2ª ed. 1981, p. 20

[8] Aristóteles, Éticas, Versión adaptada por José Ramón Ayllón, Líneas universitarias, Valladolid 1994, núm. 123.

[9] Gilbert Keith Chesterton, Ortodoxia, 1908, en El amor o la fuerza del sino, cit., p. 47.

[10] José Ortega y Gasset, «Estética en el tranvía», en El espectador, I.

[11] Francisco, Exhortación apostólica “Amoris laetitia”, 2016-03-19, núm. 255.

[12] Gregorio Marañón, Amiel, Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid, 11ª ed. 1967, p 112.

[13] Charles Moeller, Literatura del siglo XX y cristianismo. V: Amores humanos, Gredos, Madrid, 2ª ed., p. 30.

[14] Gustave Thibon, Entre el amor y la muerte, Rialp, Madrid 1977, pp. 48-49.

[15] Francisco: Exhortación apostólica “Amoris laetitia”, 2016-03-19, núm. 134.

[16] Juan Pablo II, Laborem exercens, 14-IX-1981, núm. 10.

[17] Juan Pablo II, «Discurso a los participantes en el Congreso sobre la Pastoral Familiar», 5-V-1979, en Juan Pablo II a las familias, EUNSA, Pamplona, 5ª ed. 1982, núm. 70.

[18] Carlos Cardona, Ética del quehacer educativo, cit., pp. 144-145.

[19] José María Pemán, De doce cualidades de la mujer, Ed. Prensa Española, Madrid, 2ª ed. 1969, pp. 36 y 46.

[20] Carlos Cardona, Ética del quehacer educativo, cit., pp. 145-146.

[21] Jutta Burggraf, “Dimensión antropológica del misterio nupcial”, en Servei de documentació Montalegre, 30-IX-2001, núm. 792, pp. 3-4.

[22] Jesús Ballesteros, Postmodernidad: decadencia o resistencia, Tecnos, Madrid 1990, p. 133.

[23] José María Pemán, De doce cualidades de la mujer, cit., p. 41.


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