CON LA FUERZA DE LA FAMILIA (I)

1. Aventureros

Al comparar el vigor educativo de la familia con el influjo de las restantes fuerzas sociales, son cada vez más los que adoptan una actitud de defensa. Y es fácil comprenderlos. Desde hace ya decenios, y de manera progresiva, la familia se ha visto transformada en el centro de los ataques de toda una civilización.

Basta pensar, más allá de las insidias teóricas y jurídicas —orquestadas y agrandadas en muchos casos a través de los medios—, en las dificultades con que se encuentra un matrimonio joven para hallar la vivienda donde desenvolver su proyecto de vida, o en los obstáculos que ha de vencer una pareja que decide crear una familia numerosa… ¡a veces empezando por los propios abuelos!

¿Desanimarse…?

¡Lanzarse a la aventura!No olvidemos lo que escribió hace ya lustros Charles Péguy, aplicable hoy por igual al varón y a la mujer:

«Solo hay un aventurero en el mundo, como puede verse con diáfana claridad en el mundo moderno: el padre de familia. Los aventureros más desesperados son nada en comparación con él. Todo en el mundo moderno está organizado contra ese loco, ese imprudente, ese visionario osado, ese varón audaz que hasta se atreve en su increíble osadía a tener mujer y familia. Todo está en contra de ese hombre que se arriesga a fundar una familia. Todo está en contra suya. Salvajemente organizado en contra suya… Él y solo él se encuentra de verdad involucrado en las cosas del mundo. La única aventura que existe es la suya. Los demás están involucrados con sus cabezas, es decir, con nada. El que es padre lo está con todos sus miembros. Los demás sufren por sí mismos. Solo él sufre a través de otros. Los padres sufren en cada situación. Sufren por todas partes. Solo ellos han agotado —solo ellos pueden alardear de haber agotado— el sufrimiento temporal. Los que no han tenido un hijo enfermo, no saben lo que es la enfermedad. Los que no han perdido a un hijo, los que no han visto a su hijo muerto, no saben los que es el dolor. Y tampoco saben lo que es la muerte».[1]

Fijémonos en las palabras subrayadas. No importa que encierren un deje de hipérbole, arrastradas por el fervor poético. Lo absolutamente imprescindible, con vistas a esa revolución que hemos de instaurar en los inicios ya avanzados del tercer milenio, es reflexionar sobre la verdad que desvelan. Ese descubrimiento —antiquísimo, por otra parte— es que la familia constituye la pieza clave de la sociedad. Y, por consiguiente, que el futuro de la sociedad se juega en la familia… y que el de la familia se halla indisolublemente unido al del conjunto de la sociedad.

De ahí que se la ataque encarnizadamente. Y de ahí la advertencia de Chesterton, sucinta a la par que resuelta: «si queremos preservar la familia debemos revolucionar la nación».[2]

Se trata de un consejo perfectamente válido, aunque tal vez un tanto corto, por anticuado. Donde él escribió nación ahora habría que estampar sociedad o, mejor aún, civilización o humanidad. Las fronteras entre los pueblos han ido hasta tal punto desapareciendo, las brechas abiertas por el espacio se han ido tornando tan tenues, que puede influir más en un adolescente —¡y en un niño de pocos años!— lo que sucede en las antípodas, y que conoce de inmediato a través de la televisión y, más aún, de internet —o se encarna y cobra vida en los personajes y guiones de los videojuegos—, que los planteamientos vividos a diario en su familia y en su ambiente escolar.

Por eso, los padres audaces de hoy en día, los aventureros a los que aludía Péguy, debemos recordar frecuentemente: ¡si queremos preservar a nuestros hijos —tan solo preservarlos—, habremos de empeñarnos en una tarea de transformación de la sociedad, comenzando por nosotros mismos y por nuestro entorno inmediato! No nos quejemos, de lo contrario, si un fin de semana pasado por cualquiera de ellos en una familia cercana y segura, o un viaje o una salida nocturna con los amigos y amigas, echa por tierra los esfuerzos de años por educarlos en la sobriedad, en la templanza, en el dominio de sí mismos… o al menos hace tambalear todos esos logros.

¡Si pretendemos que nuestros hijos alcancen algún día la felicidad, si aspiramos al menos a ponérselo más fácil, hemos de empeñarnos desde ahora en la tarea de revitalización que desde hace años se nos está pidiendo a gritos para instaurar, a medio plazo —cuanto antes—, una auténtica civilización del amor!

Se nos viene recordando de manera reiterada, por activa y por pasiva, que la familia constituye el núcleo de toda la sociedad, que «la familia depende por muchos motivos de la civilización del amor, en la cual encuentra las razones de su ser como tal» y, sobre todo, que, «al mismo tiempo, la familia es el centro y el corazón de la civilización del amor».[3]

Abandonemos, pues, la actitud de defensa, temerosa, poco resuelta y, al cabo, inútil. Dejemos de levantar barricadas para proteger a nuestros hijos. No pretendamos encerrarlos en una campana de cristal, aséptica, al abrigo de toda asechanza.

Ni tampoco nos olvidemos de ellos, como si no sucediera nada.

Muy al contrario, ahora se nos pide que pasemos al ataque, que demos vida a un espíritu amablemente agresivo, con vistas a conseguir la dicha del mayor número de nuestros contemporáneos. Porque —podemos darlo por cierto— la mudanza radical que nos podía conducir hasta esa civilización del amor a la que todos aspiramos con más o menos conciencia o será familiar o simplemente… no será.

No esperemos un motor ajeno a la familia, a nuestra familia, a la de cada una y cada uno. Porque, sencilla y llanamente, no lo hay.

¿No dejó sentado con claridad Juan Pablo II: «Cual es la familia, tal es la nación, porque tal es el hombre?»[4]; ¿no nos ha repetido el actual sumo pontífice, saliendo al paso de una actitud lamentablemente muy extendida, que las familias «no son un problema», que «son principalmente una oportunidad»?[5]

Pues mejoremos nuestra familia —comenzando por nuestro matrimonio y, dentro de él, por nosotros mismos, no por nuestro cónyuge—, que así sacaremos adelante la nación, el mundo entero, habiendo ayudado a mejorar a cada una de las personas que lo componen.

Lo expresaba con rigor Carlos Llano, apelando a una ley de capital importancia para el día a día: el influjo de los poderes externos al hogar será inversamente proporcional a la riqueza que los padres logremos suscitar o crear en su interior.

Es una aplicación vital y cercana del principio físico de la ósmosis.

Llano sostiene, sin dejar espacio para la duda, que «la familia no debe adoptar solo una posición de parapeto a fin de defenderse de los acosos e infiltraciones» que provienen desde fuerza. Al contrario:

«Ha de adquirir conciencia, primero, de que tales acosos son inocuos, epidérmicos, si no hay complicidad libre de nuestra parte, porque el compromiso, la renuncia y la capacidad de entrega están en nuestras manos y no en las de los reglamentos estatales, de las instancias mercantiles ni de los oropeles televisivos: ninguno de ellos tiene fuerza sin nuestra libre complicidad. Segundo, que la familia es la alternativa del futuro, la única alternativa del futuro, si sabe ejercer la libertad de la que es maestra. El hogar tiene su origen etimológico en el fogón, en la hoguera; no debe verse solo en su sentido de resguardo, guarida o refugio, sino también de irradiación, expansión en incendio. Tengamos, por lo menos, el ansia […] de incendiar el mundo con […] los valores potenciales y explosivos de nuestros hijos. No se trata de salvarlos del incendio, sino de incendiar el mundo con ellos».[6]

2. Importancia irreemplazable de la familia

Lo repito: sin familia no hay persona, y sin persona no hay sociedad verdaderamente humana, sino mera agregación de individuos. Advertirlo, comprenderlo con hondura, resulta imprescindible. Y se consigue —o se dan los primeros pasos para lograrlo— al reflexionar pausadamente sobre este par de convicciones:

a) Por una parte, una afirmación teórica compuesta, una doble verdad que cabe expresar así: sin familia no hay persona plena, madura, cabal; sin persona, por su parte, desaparece la sociedad civil y las comunidades intermedias como agrupaciones humanas auténticas.

b) Por otra parte, y como consecuencia, una consigna práctica, operativa: si queremos revitalizar la sociedad, devolverle su mordiente ético y humano, debemos empeñarnos en dar respuesta a las amables exigencias de Juan Pablo II, cuando exclamaba, en el conocido epígrafe de la Familiaris consortio: «¡Familia, sé lo que eres!»No existe otro camino.

¿Nos extraña todavía la afirmación de que sin familia no hay persona íntegra, cabal, plenamente madura? ¿Seguimos convencidos de que la familia es solo o principalmente necesaria para los más débiles: para los niños, para los disminuidos, para los enfermos y ancianos?

No nos asombremos, entonces, de las consecuencias prácticas de semejante persuasión. No nos sorprenda que nuestros hijos adolescentes —adultos ya a sus propios ojos— busquen fuera de casa las vías de su crecimiento. Y tampoco nos lamentemos ante la huida del hogar, intermitente y cotidiana… o desgraciadamente definitiva, de los más hechos: del marido o de la mujer, que persiguen su propia realización en otros ámbitos, sobre todo en la vida profesional o pública. Esas y actitudes parecidas habrán de considerarse normales cuando la familia se concibe solo como un refugio para los más enclenques y desvalidos: quienes se estimen más desarrollados no tendrán ya necesidad de ella.

¡Pero no! Insisto en que sin familia, sin un entorno de hogar, no hay persona cabal y cumplida nunca: ni entre los niños, ni entre los adolescentes, ni entre los presuntamente más desarrollados… ni dentro del propio Dios.

Recordemos las conocidas palabras de Juan Pablo II, decididas y sin ambages: en su más recóndita intimidad —venía a decirnos—, el Dios de la fe cristiana no es soledad, sino familia. Él lo ha afirmado y nosotros lo sabemos; pero ¿por qué motivos?

Pues porque la persona es lo más excelso que existe en todo el mundo: perfectissimum in tota natura, según la clásica expresión de Tomás de Aquino: lo perfectísimo. Por eso, porque «le sobra» grandeza, realidad, vigor… se encuentra destinada a la entrega de sí misma, a salir de sí y enriquecer a los otros. También las Personas divinas.

Pero, según es fácil intuir, la dádiva resulta imposible sin la simétrica y correspondiente recepción: nadie puede entregarse, de verdad, si no es recibido —mejor, libremente aceptado— por otro. Su intento, frustrado, quedaría en eso: en mero intento, en una suerte de aborto. Y, a su vez, el que lo acoge tiene que poseer la grandeza suficiente para poderlo hacer sin reservas. La entrega del varón o de la mujer suponen, por tanto, un receptor también personal: una persona abierta a asumir agradecida el don que alguien hace de sí.

Y lo mismo en Dios. Por eso el Padre no podría ser Persona —¡Entrega, Dádiva plenas!— sin el Hijo. Y viceversa.

¿Y el Espíritu Santo? Aquí cabe otra consideración jugosa y repleta de implicaciones: el Espíritu Santo es imprescindible, sostiene Tomás de Aquino apoyado en la fe, porque con solo dos personas, incluso divinas, no se realizarían en plenitud las delicias del amor: porque el Querer mutuo que se ofrendan, al no revertir en beneficio de un tercero, no alcanzaría el culmen a que se encuentra destinado. He ahí el sabroso y entrañable motivo que aduce Tomás de Aquino, tantas veces acusado de «intelectualista».

Concluyendo: la familia no proviene ni original ni substancialmente de un déficit, sino de una tremenda superioridad en el ser: de la grandeza constitutiva de la persona. La familia, también la humana, es necesaria en primer término para que, en ella y gracias a ella, la persona pueda entregarse, amar: porque solo en la familia uno es recibido de manera incondicional —incondicionada e incondicionable—, por su exclusiva condición de persona.

La familia humana no procede, pues, solo ni principalmente de la escasez. Es obvio que en su interior obtenemos multitud de objetivos que sin ella resultarían inalcanzables: el de la simple supervivencia, entre otros. Pero la familia humana es indispensable, antes y más, para que cada uno de sus miembros conquiste su plenitud a través del amor y de la entrega.

La familia compone, por consiguiente, como afirmó también Juan Pablo II, el único camino hacia la completa humanidad del hombre.

Cuanto más perfecta es una persona, habría que concluir entonces, tanto mayor es la exigencia de darse… y más imprescindible le resulta la familia (incluso aunque psicológicamente no lo advierta).

Y no al contrario, como de ordinario se piensa.

3. Los males de nuestra sociedad
Despersonalización

Aseguraba asimismo Juan Pablo II:

«Nuestra civilización […] debería darse cuenta de que, desde diversos puntos de vista, es una civilización enferma, que produce profundas alteraciones en el hombre. ¿Por qué sucede esto? La razón está en el hecho de que nuestra sociedad se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre, de la verdad sobre lo que el hombre y la mujer son como personas […]. El ser humano no es el presentado por la publicidad y por los modernos medios de comunicación social. Es mucho más, como unidad psicofísica, como unidad de alma y cuerpo, como persona. Es mucho más por su vocación al amor, que lo introduce como varón y mujer en la dimensión del “gran misterio”».[7]

Enfermedad, pérdida del sentido de la persona, menosprecio del amor… Si atendemos a estas palabras, cabría afirmar que todos los males de nuestra época se resumen, desde el punto de vista humano, con un término emblemático: des-personalización.

Muchos de nuestros conciudadanos se encuentran despersonalizados, no han alcanzado la estatura que les corresponde por su condición de personas. ¿Por qué motivos? Porque con más o menos complicidad por su parte, se han visto privados de sus capacidades más altas y, muy en concreto, de su más radicalmente personalizante posibilidad de amar. Además, y al cabo viene a ser lo mismo, porque con más o menos culpa se han adocenado, masificándose: han quedado reducidos a número o fracción. A un «tanto da» no comprometido.

Homogeneizantes son hoy muchas de las estructuras sociales: el mundo de la economía, el de la educación, el de la política, el del trabajo, el de la diversión, el de las posibilidades de pensar —¡o de no pensar!, si atendemos a lo que de hecho ocurre—, los sistemas de comunicación de masas…

Consideremos solo dos de los exponentes citados, muy cercanos y centrales: la educación y el trabajo. En el modo como de hecho se concibe y vive hoy la educación, y en las instituciones y procedimientos en que esa concepción fragua, ¿se persigue efectivamente el desarrollo de la persona como tal, como persona? Al término del proceso educativo, ¿nos encontramos con un sujeto más íntegro, más cumplido, que ha desplegado el entero conjunto de virtualidades, formidablemente enriquecedoras, contenidas de forma germinal en el mismo núcleo de su ser cuando fue concebido? ¿Estamos ante alguien que sabe efectivamente quién es, de dónde ha surgido y a dónde se encamina? ¿Ante un individuo que conoce con hondura el sentido del universo y el papel fascinante que le corresponde desempeñar entre sus hermanos los hombres? ¿Ante alguien, por consiguiente, capaz de gozar —en el sentido más noble de la expresión— de los pletóricos tesoros que ofrece la realidad, la naturaleza creada, la vida…? ¿O nos topamos, simple y reductivamente, con el técnico (aunque sea en humanidades)?

Me temo que, en una buena porción de los casos, la respuesta se decanta hacia el último de los miembros propuestos en cada interrogante. En lugar de abrir al niño y al joven a la verdad del mundo, de sí mismo y de Dios, a la bondad y a la belleza, ¿no nos hemos empeñado durante diez, quince, veinte años, con más o menos conciencia y repletos de buena pero poco lúcida intención, en agostarlo como persona: en sacar a la luz, única y exclusivamente, al especialista? ¿A dónde se han dirigido en realidad los esfuerzos de los profesores, de los padres y, casi como consecuencia, los del mismo alumno? A la construcción de un mero faber, o de un laborans, sin alma ni peso específico: casi, casi, sin humanidad. Lo que a menudo se anda buscando, sin clara conciencia, es la pieza que encaje con menos fricciones en el interior de un sistema laboral y económico, capaz de asegurar al conjunto el máximo posible de comodidades, de un bienestar a veces infrahumano, que se tiene como fin a sí mismo.

Y en el mundo del trabajo, ¿no se concreta y consolida con frecuencia la función despersonalizadora realizada durante lustros con la educación? Estamos ya en el engranaje de una maquinaria supeditada, no al crecimiento de lo humano a través de la labor profesional, sino —de manera bastante habitual— a la economía. Y a una economía cuyo gran ausente es justo la persona.

En efecto, en un sistema de producción donde los valores personales tuvieran prioridad todo desembocaría en la creación de bienes que en verdad lo fueran: realidades que colmaran una necesidad real o que, en cualquier caso, supusieran un incremento efectivo en la categoría personal de sus destinatarios. No obstante, ¿cuál es el fundamento del economicismo occidental contemporáneo? En buena medida, la demanda provocada; la creación de necesidades superfluas, casi siempre materiales, que convierten a los individuos en meros consumidores y que obligan tantas veces a realizar un trabajo sin sentido, porque no arroja como saldo otro beneficio que el meramente monetario.

Y de esta suerte el círculo se cierra. Porque un trabajo cuya única justificación sean las ganancias, y no un bien real que perfeccione a sus destinatarios, es en fin de cuentas un trabajo sin justificar, incapaz de engrandecer la fibra personal de quien lo lleva a término. Una labor profesional de este tipo, en lugar de supeditarse a la persona del trabajador y contribuir de manera eficacísima a su desarrollo, subordina a quienes lo realizan a un desorbitado e impersonal imperio del dinero, en el que también son consumidos quienes consumen los productos de semejantes tareas. Unos y otros resultan despojados de sus dimensiones más altas. De nuevo la persona se ve abandonada, sumergida de manera inquietante en una realidad infrapersonal: en el monstruo anónimo de un mercantilismo desquiciado.

Miedo al compromiso

Una pregunta resulta ahora clave. Cuanto acabo de resumir, en la medida en que de veras se dé en nuestro universo junto con otros síntomas similares, ¿desemboca primaria y exclusivamente en un adocenamiento de los individuos, en un simple atentado contra su individualidad o, según he sugerido otras veces, les impide también su desarrollo como principios y términos de amor? Y si la respuesta al segundo miembro es afirmativa, indaguemos de nuevo: ¿por qué?

Porque, en definitiva, se trata de dos aspectos de una misma y única realidad. Si volvemos a preguntarnos a fondo para qué hemos sido creados singulares, irrepetibles, únicos, la contestación final será siempre una: para poder amar.

Sabemos que el auténtico amor culmina en dádiva, que la entrega es el apogeo del amor y que nadie ama de verdad hasta que no se entrega. ¿Pero cuál es el requisito imprescindible para darse? Uno muy claro: tener el convencimiento de que, al hacerlo, procuramos al ser querido algo de enorme e irremplazable valía: nuestra persona, encarnada en mil modo diversos y complementarios, que ningún otro puede ofrecer en nuestro lugar.

En el extremo opuesto, cuando no se ha alcanzado una conciencia plena de la propia irrepetibilidad, la simple idea de entregarse deviene un sinsentido. Por ejemplo, cuando el amor entre varón y mujer se entiende en simples términos de función sexual. Pues si amarse es generar mutuamente el placer o el consuelo afectivo derivado de la cópula, si no hay otra perspectiva, ¿por qué motivo habría yo de entregarme de por vida a una mujer? ¿Por qué razones, si lo que soy capaz de ofrecerle puede dárselo cualquier otro «macho» y, en muchas ocasiones, «bastante mejor» de lo que yo lo hago? Si el amor no alcanza el interior irrepetible de la persona, el más tenue compromiso se convierte en desvarío.

En un universo homogeneizado, gris y sin contornos, ese pacto responsable se rechaza frontalmente o acaso ni se plantea: resulta inconcebible. ¿Para qué empeñarse para siempre en el matrimonio o en cualquier otro proyecto vital de envergadura, si lo que yo aporto puede también introducirlo otro u otro… pues al cabo todos somos iguales? El compromiso, en el matrimonio o en cualquier otro contexto serio, solo cobra sentido en un mundo de personas radicalmente intransferibles. Solo entonces lo que yo ofrende a mi mujer, a Dios, a mis amigos, por muy modesto y menudo que fuere, nadie está capacitado para darlo en mi lugar: ¡ni siquiera el propio Dios, pues libre y amorosamente así lo ha decidido!

Se entiende entonces la viabilidad de resumir todos los «males» de la civilización presente en torno a una y definitiva pérdida: la de la capacidad de amar. O, mejor: junto a ventajas también innegables, nuestra sociedad encierra una valencia radicalmente negativa por cuanto, de forma casi estructural, pone dificultades para el ejercicio desinteresado del amor: en la propia familia, en el ensamblaje sociopolítico, en el mundo laboral, en la relación entre las naciones…

Y es que el mayor obstáculo que hoy se opone al crecimiento de los individuos ha echado raíces muy profundas: surge, en última instancia, de la concepción del hombre que reina, más o menos confusa, en la civilización occidental. Concretando un tanto: el modelo de hombre que está en la base de bastantes de las constituciones de los países en apariencia más desarrollados es, en realidad, un homúnculo, una minipersona, una persona rebajada, contrahecha.

Lo sugeriré a través de un par de preguntas. ¿Por qué el divorcio se considera absolutamente imprescindible, como una ganancia irrenunciable, en la mayoría de esas Cartas magnas? En fin de cuentas, porque no se reconoce, al varón y a la mujer actuales, la aptitud para amar en serio: es decir, para empeñarse de por vida, jugándose a cara o cruz, en una sola tirada, el porvenir del propio corazón. Se razona, más o menos, desde la convicción de semejante pequeñez: si el ser humano no es capaz de eso, de un pacto irrevocable, vamos a ofrecerle la posibilidad de sanar con otro aceite las heridas del fracaso de su matrimonio. ¿Se soluciona algo? Quizá. Pero lo indudable es que así, con lo que estamos tratando no es ya con una persona: desprovistos de su capacidad de amar a fondo, esos individuos, principios y términos de amor, decaen de su categoría personal.

De nuevo: ¿por qué el aborto?, ¿por qué la eutanasia?, ¿por qué, en un terreno no tan vistoso, tantas barbaridades en torno al surgimiento y a la supresión arbitrarias de la vida?

Porque no se reconoce al hombre de hoy su estricto derecho al dolor, a lo que contraría mínimamente su sobredimensionado y un tanto enfermizo afán de goce. Derecho irrenunciable al sufrimiento, decía, no por masoquismo, como es obvio, sino porque el dolor constituye un requisito ineludible para amar. Como sin una cierta dosis de padecimiento el amor al cónyuge o a los hijos o amigos no puede siquiera darse, eliminar a toda costa esas contrariedades equivale a suprimir, de un plumazo, la posibilidad de que la persona alcance su plenitud… pues ésta solo se logra a través de un amor íntegro, cuajado. (Y advierto que este negar el «derecho a padecer», como medio irrenunciable de adelantamiento personal, no lo debemos situar allá lejos, en los pabellones oscuros y velados de ciertos hospitales, sino que lo ejercemos a diario con nuestros hijos, siempre que, por evitarles molestias, les impedimos superarse a sí mismos y desarrollarse.)

Cabría presentar otros muchos síntomas de las dificultades que hoy introducen las estructuras sociales —los hombres que las hemos forjado y las componemos— para la maduración del amor. En su médula, late el prejuicio no expreso, pero de tremenda eficacia, de que el hombre no puede querer desinteresadamente: buscar el bien del otro por él, por el otro, para hacerlo feliz. Cuántas veces, en el intento de explicar que la auténtica dicha se encuentra amando, en la entrega desinteresada a los otros, con olvido de uno mismo, he tenido que enfrentarme con la misma monótona y arraigadísima convicción: «¡eso es imposible!, ¡nadie puede hacer nada sin buscarse en el fondo a sí mismo… con una dosis más o menos consciente de hipocresía, si lo que manifiesta de cara a la galería es un gratuito desinterés!»

Me ha sucedido con jóvenes y con adultos, con personas unidas a mí por lazos familiares o de amistad o por su condición de alumnos, o con otros con los que por casualidad ha salido esta conversación en circunstancias inesperadas, como un largo viaje o un encuentro fortuito. Recuerdo —hace ya años— mis esfuerzos por hacer ver a los integrantes de una escuela de Marketing el sentido más radical del trabajo. El asombro casi despreciativo con que me observaban cuando, las primeras veces, intentaba comunicarles que ese significado lo da el amor, la búsqueda del beneficio personal del destinatario de mi tarea. Y la desilusión con que a veces, al cabo de un par de meses, ya más o menos convencidos, me confesaban: «pero, don Tomás, si yo obrara así, no duraría ni una semana en mi empresa…»

Y tal vez tuvieran razón.

¿No se ha instaurado en buena porción de nuestra sociedad una suerte de mecanismo subrepticio y demoledor frente a quien solo y palmariamente persigue el bien? ¿No nos tropezamos en más de una ocasión con la sospecha de un objetivo oculto o de una doble intención, cuando deseamos simplemente servir o ayudar a los demás? ¡Cuántas anécdotas podría narrar a este respecto! En última instancia, opera a menudo la horrible convicción de Sartre, tan extendida vitalmente en un mundo habitado por la lucha y la competitividad, de que los otros son «el mal», «el infierno».

La conclusión de estas cuatro pinceladas, que han subrayado voluntariamente lo más negativo de nuestra civilización, es que en la medida en que algo o alguien impiden amar, despersonalizan. Por eso vivimos sumergidos en una crisis de despersonalización. Y por eso la necesaria respuesta, ante este mal endémico, es el empeño personal en una tarea hondamente personalizadora. Sin atender para nada al pasado, que no nos interesa, sino mirando al presente para asegurar un futuro mejor.

¿Y en concreto? Puesto que se trata de luchar contra un proceso despersonalizador, habrá que poner en juego, hasta el fondo, la institución más radicalmente personalizadora: la familia, única realidad en cuyo seno se vive —si de veras se empeña es ser familia—, actualizando todos los resortes de nuestra condición de personas. Amando y siendo amados por un único motivo: porque somos personas, lo más grande de la naturaleza: amigos, al menos virtuales y mientras no lo rechacemos definitivamente, de Dios. ¿Cabe pedir más?

Por eso repetía Juan Pablo II que el hombre solo puede desarrollarse en plenitud viviendo en un hogar. Que este es del todo insustituible. O, con palabras literales; «que el hombre no tiene otro camino hacia la humanidad más que a través de la familia», que, por tanto «debe ser colocada como el fundamento mismo de toda solicitud para el bien del hombre y de todo esfuerzo para que nuestro mundo humano sea cada vez más humano».[8]

(Sigue)

Tomás Melendo

tmelendo@uma.es

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[1] Charles Péguy, «Clio I (Cahiers)», en Temporal and Eternal, Nueva York 1958, p. 108.

[2] Gilbert Keith Chesterton, Lo que está mal en el mundo, en El amor o la fuerza del sino, Rialp, Madrid 1993, p. 46.

[3] Juan Pablo II, Carta a las familias, cit., núm. 13.

[4] Juan Pablo II, Homilía en Nowy Targ, 8-VI-1979, en Juan Pablo II a las familias, EUNSA, Pamplona, 5ª ed. 1982, núm. 90.

[5] Francisco, Exhortación apostólica “Amoris laetitia”, 2016-03-19, núm. 7.

[6] Carlos Llano, Nudos del humanismo en los albores del siglo XXI, CECSA, México 2001, pp. 15-16. Las cursivas son mías.

[7] Juan Pablo II, Carta a las familias, cit., núm. 20.

[8] Juan Pablo II, «Homilía en la plaza de San Pedro, en la «Jornada de la familia»», 12-X-1980, en Juan Pablo II a las familias, EUNSA, Pamplona, 5ª ed. 1982, núm. 237.


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