Diez principios y una clave para educar correctamente (8: Corregir adecuadamente).

Más que limitarlas, nuestras correcciones deben
encauzar las energías de nuestros hijos,
multiplicando así su eficacia.

Regañar y castigar… por amor.

Los ánimos y las recompensas no son normalmente suficientes para una sana educación.

Un amable reproche o una punición serena, dados de la manera oportuna, proporcionada, y sin arrepentimientos injustificados —lo cual implica la reflexión adecuada e imprescindible antes de pasar a la acción—, contribuirá a formar el criterio moral del muchacho.

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Diez principios y una clave para educar correctamente (7-1: La autoridad, manifestación de buen amor).

El amor es exigente,
pero con una exigencia amablemente amable.

La autoridad, absolutamente necesaria.

Para educar no son suficientes el cariño, el buen ejemplo y los ánimos. Es preciso también ejercer de forma expresa la autoridad, explicando siempre, en la medida de lo posible —y con brevedad—, las razones que nos llevan a aconsejar, imponer, reprobar o prohibir una conducta determinada.

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Diez principios y una clave para educar correctamente (6-1: Fomentar cualidades, más que corregir defectos).

Aunque no acabemos de convencernos,
es mucho más eficaz y gratificante
fomentar cualidades que corregir defectos.

Amor clarividente y eficaz.

Como vimos en otro artículo, solo un amor auténtico y desprendido sabe descubrir la verdadera grandeza y las aptitudes de cada uno de nuestros hijos y, sin necesidad de excesivas palabras, ponerlas ante su vista como el ideal al que cada uno de ellos ha de aspirar.

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Diez principios y una clave para educar correctamente (2: Amor real a cada hijo).

En la confluencia de tres amores.

Planteando el asunto del modo más hondo y radical posible, las claves de la educación, y de todas las tareas que lleva consigo, se encierran en un solo término: amar (amar ¡bien!), que sería entonces «la clave de las claves», y en los dos corolarios que de ahí se siguen:

1. ¡Aprender a amar!, sin nunca, nuncaen contra de lo que a menudo sucede— dar por supuesto que uno ya sabe hacerlo.

2. Y sin imaginar tampoco que vamos a lograrlo como por arte de magia, sin poner de nuestra parte cuanto fuere necesario para ser mejor persona y, como consecuencia, poder querer cada vez más y mejor.

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