6.2. Quererlos mejor de lo que son

6.2. Quererlos mejor de lo que son

Solo un poco mejor de lo que son.

Según recuerda un eminente pensador francés, la clave de la educación consiste en ver y querer en cada momento a aquel a quien amamos un poco mejor de lo que en realidad es.

Por este y otros muchos motivos, cuando un hijo hace una observación correcta —también cuando contradice lo que nosotros acabamos de comentar o sugerir—, no hay que tener miedo a darle la razón.

No se pierde autoridad. Al contrario, más bien la ganamos, puesto que no la hacemos residir en nuestros puntos de vista, sino en la misma verdad objetiva de lo que se propone y en la calidad personal que con ese gesto —reconocer que el hijo tiene más razón que nosotros— ponemos de manifiesto.

Educar consiste en ver y querer en cada momento
a aquel a quien amamos…
un poco mejor de lo que en realidad es.

Alentar y elogiar

Al alentar y elogiar, es preferible estar más atentos al esfuerzo realizado que al resultado obtenido.

En principio, y en contra de una actitud hoy demasiado frecuente, no se debe recompensar al niño por haber cumplido un deber o por haber tenido éxito en algo, si el conseguirlo no le ha supuesto un empeño muy especial. Un regalo por unas buenas calificaciones, pongo por caso, es deformante. Las buenas calificaciones —con lo que implican de crecimiento personal—, junto con la demostración de nuestra alegría por ese resultado, deberían ser ya un premio que diera suficiente satisfacción al niño.

Tampoco es bueno multiplicar desmesuradamente las gratificaciones.

Por un lado, porque se enseña al niño a actuar no por lo que es bueno en sí mismo, sino por la recompensa que él recibe. O, lo que es idéntico, se le incita a pensar más en sí mismo (en su recompensa) que en los otros. Y, en definitiva, a anteponer el amor propio desordenado al amor hacia los demás, que es donde se cumple la auténtica perfección de cualquier persona y, como consecuencia, se va alcanzando la felicidad.

Y, además, porque, cuando tales «premios» vinieran a faltar, el pequeño se sentirá decepcionado. Recompensar reiteradamente lo que no lo merece, equivale a transformar en un castigo todas las situaciones en que esa compensación esté ausente.

No conviene multiplicar
desmesuradamente las gratificaciones.

Querer que sea bueno, no solo que se sienta bien

Lo cual no significa que no mostremos la satisfacción que nos produce el que nuestros hijos actúen como deben. Al contrario, esa manifestación, tras cada nuevo logro —sobre todo cuando el hijo es muy pequeño—, constituye el apoyo imprescindible para ayudarle a mantenerse en el buen camino.

Conviene, por tanto, estar atentos para que nunca falte.

Por ejemplo, resulta mucho más eficaz felicitar a un hijo a tiempo por haber realizado ya dos de los diez problemas —o las sumas o las multiplicaciones— que componen sus deberes, cosa que le lleva a enfrentarse con renovado brío con los que siguen, que echarle en cara —tras no haberle ofrecido antes la atención que merecía— el que «todavía no haya terminado», cuando a duras penas y con tremendo esfuerzo ha logrado, sin nuestro aliento, resolver los cinco primeros ejercicios.

Felicitar a tiempo a un hijo por un pequeño logro
es mucho más eficaz que echarle en cara los errores cometidos.

Ayudarle a disfrutar al obrar bien

No obstante, de manera progresiva y sin impaciencias, hay que procurar que las metas alcanzadas le vayan sirviendo por sí mismas como refuerzo para la consecución de las que siguen.

Y situar siempre por delante el que cumpla con su deber que el que se muestre alegre o descontento.

En definitiva, conviene no olvidar una ley básica: educar a alguien no es hacer que siempre se encuentre (superficialmente) contento y satisfecho, por tener cubiertos todos sus caprichos o deseos, sino ayudarle a sacar de sí (e-ducir), con el esfuerzo imprescindible por nuestra parte y la suya, toda esa maravilla que encierra en su interior y que lo encumbrará hasta la plenitud de su condición personal, haciéndolo, como consecuencia, muy dichoso.

Ayudarle a ser bueno,
no necesariamente a que se sienta bien.

(Continuará)

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
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