3. Querer: la voluntad… y más

3. Querer: la voluntad… y más

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La voluntad… aunque no sólo

Cuando Aristóteles describe el amor como querer, pretende dejar muy claro que el núcleo del amor se asienta en la voluntad. Que amar es, en esencia y fundamentalmente, un acto voluntario y libre. Una determinada determinación, estable e imperecedera.

No obstante, quienes tenemos la suerte de llevar muchos años enamorados, sabemos que el amor no se agota ahí, en la sola y desnuda voluntad. Que, hablando con propiedad, se ama con la totalidad de la persona. Que, para amar de veras, hay que ponerlo en juego todo.

Todo nuestro ser

¡Todo!

♠ Desde los actos más trascendentes, como la oración y el sacrificio por el ser amado, o el diseño conjunto de un proyecto de vida en común.
♠ Pasando por los sentimientos, afectos y emociones: ternura, gratitud, delicadeza, confianza, empatía y simpatía…
♠ Hasta las acciones más menudas y en apariencia irrelevantes, en las que se concreta el bien que buscamos para la persona amada.

Entre otras:

♣ El empeño por mostrarse elegantes y atractivos: él y ella, ella y él (es decir: también él).
♣ El esfuerzo de la sonrisa amable, la caricia delicada o la mirada de aprobación, ánimo y cariño…
♣ Los pequeños detalles que hacen más jugoso y entrañable el retorno al hogar, que iluminan la vida cotidiana con destellos fulgurantes de entrega, que encarnan y dan vida a la dedicación de los padres a cada hijo o de los hermanos entre sí…

Amamos con todo lo que somos, sabemos, sentimos, podemos, hacemos, tenemos, anhelamos… ¡e incluso nos falta!

Es decir, también con nuestras carencias o defectos, en la medida en que los damos a conocer o, al menos, los reconocemos… y pedimos ayuda o, si procede, perdón.

Absolutamente con todo.

En este sentido, amar equivale a apoyar con todo nuestro ser el ser de la persona amada.

Amar consiste en volcar nuestro entero ser
en apoyo y elevación de la persona querida

Pero… ¡la voluntad!

Son muchos, por tanto, y muy variados, los actos de amor: la palabra o el silencio comprensivos; el trabajo constante y esforzado o la generosa disponibilidad hacia los hijos, amigos o compañeros, también cuando andamos muy escasos de tiempo; la puesta a punto de la propia imagen o la de la casa, con detalles a menudo casi desapercibidos, pero siempre indispensables…

Numerosísimos y muy diversos, como acabo de sugerir.

Pero ese inmenso repertorio de acciones o actividades sólo se transforma en amor cuando va de la mano del querer libre y voluntario.

O, con palabras más sencillas: sólo son amor en la medida en que se encuentran englobadas o inmersas —y como vertebradas— a través de la operación más propia de la voluntad, a la que llamamos querer.

Una acción que busca de manera noble, franca, intensa, constante y eficaz el bien de la persona amada.

Cualquier actividad legítima se transforma en amor
en cuanto quiere y busca el bien de la persona amada

(Continuará)

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es