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3. El bien de la persona amada: que sea o exista

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Confirmar en el ser a la persona amada

1. Los bienes radicales de la persona amada

El conjunto de artículos titulados El verdadero rostro del amor tiene como principal objetivo responder a la pregunta: ¿cuál es el bien de la persona amada?, ¿cómo se concreta el amor a los demás?

Al iniciar una respuesta, nos encontramos con dos caminos: el del análisis y el de la síntesis.

El análisis

Si nos introducimos por el primero, el de la descripción detallada de los bienes de la persona amada, el sendero se torna infinito.

Para quienes quiero debo perseguir todos los bienes que les aprovechen realmente, en la medida en que estén a mi alcance.

Pero, entonces, la tarea deviene inacabable, pues el número de esos bienes no tiene límite.

¿Por qué habría de abstenerme de proporcionar un bien a mi mujer, a mis hijos o amigos, si está en mi mano conseguirlo y contribuye a su perfeccionamiento?

Embocar esta vereda nos introduce, pues, en un callejón sin término.

el bien de la persona amada

Para la persona amada,
debo intentar conseguir
todos los bienes que le aprovechen.

Y la síntesis

Probemos la otra vía, la de la síntesis o resumen, y veremos que la cuestión se simplifica.

Podremos afirmar que todos los bienes de la persona amada se reducen a dos:

1. Que esa persona sea, que exista.

2. Y que sea buena, que vaya alcanzando su plenitud en cuanto persona y, como consecuencia, la felicidad y la dicha.

Todos los bienes de la persona amada
se reducen a dos:
que sea y que sea buena.

2. Un “sí” a la persona amada

Con todo nuestro ser

Como sugerí en otro artículo, amar a una persona es confirmarla en el ser, decirle que sí, no tanto con palabras, sino con la vida entera:

con nuestras cualidades;

con nuestras limitaciones;

y también con nuestros defectos, cuando los reconocemos y sabemos enfrentarnos a ellos.

Amar es apuntalar, con todo nuestro ser, el ser de la persona amada. Volcar en apoyo de quien amamos cuanto somos, sentimos, podemos, poseemos o deseamos remotamente conseguir.

Amar es apoyar,
con todo nuestro ser,
el ser de la persona amada.

Buscando su plenitud

Y hacerlo, todo, con el fin de que la persona amada alcance su plenitud o se acerque a ella.

La cuestión viene de antiguo: como mínimo, de Aristóteles.

Y en nuestros tiempos la ha puesto de relieve Pieper.

Cuando nos enamoramos —viene a decir este filósofo alemán—, lo primero que surge en nosotros es un radical a la persona amada.

Un sí que, de ordinario, se encarna en sentimientos y exclamaciones del tipo: ¡es estupendo que existas!, ¡yo quiero, con todas las fuerzas de mi alma, que tú existas!, ¡qué maravilla que hayas sido creado o creada!

Amar a una persona es decirle que sí,
no tanto con palabras,
sino con la vida entera.

3. Un “sí” eficaz a la persona amada

“Realmente real” para quien ama

Esa confirmación no es una veleidad, un deseo ineficaz o inconsistente.

Al contrario, el amor tiene como principal efecto hacer realmente real, para quien ama, a la persona amada: conseguir que, para el amante, la persona amada exista de veras.

Lo ilustraré con un ejemplo:

Cuando damos un paseo o hacemos un viaje, cuando nos trasladamos de un lugar a otro, nos cruzamos con cientos de personas.

Pero, de ordinario, ninguna de ellas es la persona amada. 

Más bien, se trata de personas anónimas, de las que no podremos decir nada, a las que no sabríamos reconocer y que no influyen en nuestro comportamiento.

Cabría afirmar que ninguna de ellas existe para nosotros: nos daría igual que no hubieran nacido o que, en su lugar, hubiera otras.

el bien de la persona amada

Y capaz de modificar su conducta

Lo contrario ocurre con la persona amada.

Cuando entro en casa, cuando me reúno con mis amigos, a los que sí quiero, todos existen para mí.

Despiertan sentimientos y reflexiones, me instan a ocuparme de ellos y modifican mi modo de obrar.

Me llevan a estar en los detalles materiales y espirituales, para hacer más gozosa su vida.

Y, cuando se trata de personas muy queridas y cercanas, me ayudan a sacar lo mejor de mí.

El primero y principal efecto del amor humano
es hacer realmente real,
para quien ama,
a la persona amada.

Los dos opuestos del amor: la indiferencia y el odio

Confirmar en el ser, hacer de la persona amada alguien realmente real: en eso consiste el amor.

Se advertirá mejor si lo enfocamos desde el extremo opuesto.

Lo contrario del amor, al que va unida la vida, son:

Por un lado, la indiferencia, que actúa como si el otro no existiera.

Lo ningunea, lo convierte en ninguno, en nada.

Y, por otro, en su sentido más duro y certero, el odio, al que se liga la muerte.

La indiferencia es, en cierto modo, más radical, pues supone la no-existencia del otro y obra como si no existiera.

Mientras que el odio resulta más activo, en la medida misma en que va siendo más hondo y real: busca aniquilar al sujeto al que rechaza y, si puede, acaba con él.

Al amor se oponen la indiferencia y el odio,
aunque de distinto modo.

Eliminar a quien se odia

En última instancia, con más o menos conciencia, cuando alguien odia de veras pretende eliminar el ser de lo no-querido, de una de estas dos maneras:

Suprimiéndolo en cuanto otro, valorándolo solo en la medida en que sirve a mis propios gustos o intereses: configurándolo, con palabras de Delibes, como un apéndice de mi egoísmo o una prótesis de mi yo.

O anulándolo de forma radical y absoluta (no solo para mí): arrojándolo fuera del conjunto de los existentes o impidiendo que entre en el festín de la vida: eutanasia, aborto, contraceptivos, terrorismo, fobias racistas o de otro tipo, violencia en general…

Y si, por una excesiva y casi neurótica atención de cada uno de sus miembros a sí mismo, toda una civilización se encuentra dominada por el desamor, dará a luz a una cultura del desinterés o de la indolencia, del egoísmo, del descarte, del terror o incluso de la muerte.

Cuando alguien odia, y odia de veras,
pretende eliminar al ser no-querido.

4. Un “sí” absoluto a la persona amada

el bien de la persona amada

¡No sin la persona amada!

Volvamos a las dimensiones afirmativas.

El amor auténtico no solo confirma en el ser a la persona amada.

Lo hace con tal franqueza y radicalidad que la persona amada resulta imprescindible para todo: desde lo más menudo e intrascendente, hasta el conjunto del universo.

Ortega lo ha expuesto con maestría, en sus Estudios sobre el amor:

«Amar a una persona es estar empeñado en que exista; no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde aquella persona esté ausente».

Amar a una persona
es estar empeñado en que exista;
no admitir un universo en el que la persona amada esté ausente.

¿No sin la persona amada?

Cabe entonces formular un interrogante práctico, de enorme relevancia, sobre todo para los esposos: ¿eres capaz de concebir la vida sin la persona amada, sin tu cónyuge?; ¿te ves a ti mismo funcionando con relativa normalidad sin él o sin ella?

No se trata de que si, por desgracia, fallece uno de los cónyuges, el otro no se rehaga, con la ayuda de Dios y de las restantes personas que lo aman.

Sino de si, en este preciso instante, te sientes capaz de seguir viviendo, sin la persona a la que dices amar con locura: si te imaginas, si eres capaz de concebirte sin la persona amada.

Si la respuesta es afirmativa, tal vez ese amor no se haya fortalecido ni madurado como sería de desear.

¿Te “ves” ahora mismo viviendo
sin la persona a la que más amas,
sin “tu persona amada”?

Comprobación positiva

1. Un mundo renovado, gracias a la persona amada

el bien de la persona amada

La radical afirmación de la persona amada, primer fruto del amor, presenta dos claras ratificaciones: una positiva y otra negativa.

Confirmación radiante

La comprobación gozosa se da, de la manera más patente, en el enamoramiento.

Cuando uno se enamora o cuando sigue más y más y más enamorado —que ese es el destino del matrimonio—, no es solo que la persona amada resulte maravillosa, excepcional; es que el entero conjunto de cuanto existe resplandece con una luz inédita, con un fulgor, con unas irisaciones absolutamente desconocidos fuera de la condición de enamorado.

Y aquí cabría recordar un buen número de poemas y canciones, que manifiestan intuitivamente el brillo particular de la naturaleza toda, como consecuencia de la transformación que experimenta quien enloquece de amor.

Bien clara resulta, a los efectos, la conocida canción latinoamericana:

Hoy todo me parece más bonito, hoy canta con más fuerza el ruiseñor… ¡Estoy contento, yo no sé qué es lo que siento!, ¡voy cantando como el río y como el viento…!

Como también lo son las certeras palabras de Alberoni:

El enamorado desea amor incluso si sufre, incluso si se atormenta. La vida sin amor le parece estéril, muerta e insoportable.

La persona amada no es solamente más hermosa y deseable que las otras. Es la puerta, la única puerta para penetrar en este nuevo mundo, para acceder a esta vida más intensa.

A través de ella, en presencia de ella, gracias a ella, encontramos el punto de contacto con la fuente última de las cosas, con la naturaleza, con el cosmos y con lo absoluto.

Pues, según señala Gautier —y considero la afirmación de una hondura poco común, aunque cueste percibirla o aceptarla—, «supone ya una gran felicidad poder amar, aun no siendo correspondido».

La persona amada es la única puerta
que nos da acceso a un mundo enriquecido.

¿Razones?

Intentaré apuntar los motivos profundos de este enriquecimiento.

No me parece sencillo, por lo que pido al lector que no se preocupe si no acaba de entender lo que expongo.

Hace ya bastante tiempo, en un trabajo especializado, llegué a la conclusión de que cabría concebir la belleza como «el ser llevado a plenitud y hecho presencia»: desplegado hasta su culmen y brillantemente manifiesto.

Y hacía ver, de acuerdo con la tesis más clásica de Occidente, que semejante plenitud requiere la integridad.

Que una obra artísticamente inacabada difícilmente es bella.

Y que, por el contrario, lo que conocemos como toque maestro, ese detalle final propio del genio, puede transformar un trabajo, incluso físicamente sin terminar, en un prodigio de hermosura.

Pues bien, la persona amada vendría a ser como el toque genial del propio cosmos.

Es justo la persona amada quien completa el mundo, me lo acerca, y hace que todo él reverbere con un vigor y una intensidad que unos momentos antes de enamorarnos resultaban imposibles de predecir.

La persona amada es como el toque genial del universo,
que completa el mundo,
me lo acerca,
y hace que reverbere
con un vigor y una intensidad inimaginables.

Transfiguración

Cuando el amor hace presa en nosotros, todo revive y se transfigura: incrementa su categoría, manifiesta su radiante y más honda brillantez.

En relación con la vida matrimonial, en la que la persona amada ocupa un lugar único, lo ha expresado certeramente Rafael Morales:

Yo estaba junto a ti. Calladamente / se abrasaba el paisaje en el ocaso / y era de fuego el corazón del mundo / en el silencio cálido del campo.

Un no sé qué secreto, sordo, ciego, / me colmaba de amor; yo ensimismado, / estaba fijo en ti, no comprendiendo / el profundo misterio de tus labios.

Puse mi boca en su insistencia pura / con un temblor casi de luz, de pájaro, / y vi el paisaje convertirse en ala / y arder mi frente contra el cielo alto.

¡Ay, locura de amor!, ya todo estaba / en vuelo y en caricia transformado… / Todo era bello, venturoso, abierto… / y el aire ya tornóse casi humano.

También resultan reveladoras las palabras de Alberoni.

En efecto, cuando el amor despierta en nosotros, cuando en nuestra vida entra la persona amada,

toda nuestra vida física y sensorial se dilata, se hace más intensa; sentimos olores que no sentíamos, percibimos colores, luces que no veíamos habitualmente, y también se amplía nuestra vida intelectual porque descubrimos relaciones que antes creíamos opacas.

Un gesto, una mirada, un movimiento de la persona amada nos habla hasta lo más íntimo, nos habla de ella, de su pasado, de cuando era un niño o una niña; comprendemos sus sentimientos, comprendemos los nuestros.

Experimentamos, entonces, deseos

… de estar en el cuerpo del otro, un vivirse y un ser vivido por él en una fusión corpórea, que se prolonga como ternura por las debilidades del amado, sus ingenuidades, sus defectos, sus imperfecciones. Entonces, logramos amar hasta una herida de él transfigurada por la dulzura.

Y, en otro lugar, escribe:

El enamoramiento nos hace amar al otro por lo que es, hace amables incluso sus defectos, incluso sus carencias, incluso sus enfermedades.

Cuando nos enamoramos es como si abriéramos los ojos. Vemos un mundo maravilloso y la persona amada nos parece un prodigio del ser. Cada ser es, en sí mismo, perfecto, distinto de los otros, único e inconfundible.

Así agradecemos a nuestro amado que exista, porque su existencia no solo nos enriquece a nosotros mismos, sino también al mundo.

El enamoramiento hace amables
incluso los defectos de la persona amada.

2. Los defectos de la persona amada

A la luz de lo que acabo de apuntar, se entiende mejor lo que sucede con los defectos de la persona amada. En concreto, los del cónyuge, que son posiblemente los que más problemas causen.

En tres etapas

Medio en broma, medio en serio, me decía un amigo que, con ellos, ocurre algo bien curioso.

Durante la época de noviazgo, podemos llegar al ingenuo convencimiento de que la persona amada no tiene defectos.

O, más bien, es posible que partamos de semejante convicción y que nos mantengamos firmes en ella.

Y no porque nuestro novio o nuestra novia haga ningún esfuerzo particular para ocultarlos o, simplemente, los disimule.

Sino porque los ratos que pasamos juntos, precedidos del anhelo por encontrarnos con quien más queremos, son los mejores del día.

De ordinario, nos hallamos especialmente relajados y llenos de júbilo. Y, movidos por auténtico cariño, justo para hacerlo o hacerla feliz, sin proponérnoslo y a veces sin advertirlo siquiera, mostramos lo mejor y más atractivo de nosotros.

Más adelante, incluso en el mismo viaje de novios o en la noche de boda, esos defectos se nos muestran con toda su crudeza, tercos y resistentes.

Podrían ser el inesperado ronquido de aquel con quien nos acabamos de casar, su continuo dar vueltas en la cama, la tendencia inadvertida a ocupar en ella el lugar que nos corresponde…

Y, como no los habíamos descubierto en los meses previos al matrimonio, como ni siquiera los imaginábamos, nos desconciertan y tienden a desfigurar la imagen un tanto idílica que habíamos forjado de la persona amada.

Además, como a nosotros nos resulta fácil evitarlos —porque no son los nuestros, los que realmente nos parecen invencibles—, podemos incluso concluir que nuestro cónyuge obra de ese desafortunado modo ¡precisamente para molestarnos!

Del «no tiene defectos»
podríamos pasar
al «solo lo hace para fastidiarme».

¡Más defectos!

Injustos, sin pretenderlo

Aunque en el fondo constituya una verdad obvia, a menudo no advertimos que los únicos defectos que a cada uno nos suponen esfuerzo y lucha son los nuestros.

Los propios se nos presentan como insuperables y fácilmente los disculpamos, justo porque percibimos claramente la dificultad de eliminarlos: ¡vivimos ese conflicto en carne propia!

Al contrario, los de los demás, si no coinciden con los nuestros, nos parecen sencillísimos de suprimir.

De ahí que, si nos descuidamos, los califiquemos como extravagancias y chiquilladas. Como manías sin justificación.

O, dando un paso más y trayéndolo al propio terreno, como una manera especialmente hiriente, infundada e inoportuna, que utilizan quienes nos rodean para hacernos la vida imposible.

Un auténtico defecto

Por otro lado, no cabe considerar como defecto de alguien, simplemente, lo que nos molesta, porque choca con nuestro modo de ser.

Un auténtico defecto supone siempre para quien lo tiene un daño real, que lo incapacita para el armónico desarrollo de su humanidad.

A todo lo anterior habría que agregar que, de ordinario, habremos vivido durante años en el seno de la propia familia de origen, con unos modos de actuar relativamente estables.

Entonces, de manera semiconsciente, puesto que no conocemos otro, concluimos que ese, el de nuestro hogar, es el modo normal y bueno de hacer las cosas ¡para todo el mundo!

Como consecuencia, en bastantes ocasiones, tras la boda, habrá un buen número de comportamientos de nuestro cónyuge —nacido y crecido en un ambiente diverso— que nos desconciertan, nos incomodan o incluso nos parecen inadecuados, erróneos y éticamente reprobables: ¡malos! y dignos de ser corregidos.

Somos injustos con él o con ella,
¡y sin advertirlo!

el bien de la persona amada

Distingue y triunfarás

En definitiva, para salir de este atolladero, habría que distinguir bien entre auténticos defectos, simples limitaciones y meras diferencias en el modo de ser y de obrar de los demás, incluida la persona amada.

¿Qué sucede si no tenemos en cuenta esas distinciones?

Pues que minucias como las de dormir con la ventana abierta o cerrada; leer o no en la cama; disponer la mesa, los cubiertos y la comida de un modo u otro; tener un horario inamovible o una amplia elasticidad en función de las necesidades, de la disponibilidad o incluso de la mera costumbre o de las ganas…

Tales menudencias, y otras del mismo estilo, pueden transformarse en montañas insuperables. En obstáculos casi invencibles, que acaban por dar al traste con un matrimonio, que contaba con todas las posibilidades de salir adelante y hacer muy felices a sus componentes.

Cómo sacarles partido

Un último comentario. He sugerido en un par de ocasiones que amamos con todo lo que somos ¡y con todo aquello de lo que carecemos!

Y me refería, muy particularmente, a este tipo de insuficiencias: nuestros defectos.

La verdad es que pueden transformarse en algo insufrible, en particular para nosotros mismos, que tanto tiempo llevamos aguantándonos. Pero también que, con la experiencia que da el paso de los años y un sereno batallar contra ellos, podemos convertirlos en nuevo y eficacísimo instrumento de amor:

En primer término, porque deberían hacernos más comprensivos con las manías de los otros.

Además, porque —con una pizca de buen humor: riéndonos de nosotros mismos— no es muy difícil utilizarlos como medio para hacer más amable la vida a quienes nos rodean.

Por ejemplo, trayéndolos escandalosamente a colación cuando alguno de nuestros hijos, o nuestro cónyuge, se sienten hundidos o desanimados por caer una y otra vez en sus propias faltas.

Si los dos miembros del matrimonio están dispuestos a luchar de veras, el propio combate sirve casi como justificación para el del esposo o la esposa, consigo mismo y con cada uno de los hijos.

Cuando los dos cónyuges están decididos a luchar,
el propio combate ayuda a comprender mejor
el del otro miembro del matrimonio.

¡Y más todavía!

Volvamos a los defectos y al itinerario normal de un matrimonio normal, en el que los dos buscan la felicidad del otro, de la persona amada.

En tales casos, si se continúa alimentando y crece el auténtico cariño, con el tiempo las aguas vuelven a su cauce:

Movidos por un amor más maduro, marido y mujer se esfuerzan por evitar cuanto pudiera perturbar la paz y la armonía familiar o molestar a la persona amada: al cónyuge y a los hijos.

No cambian de manera radical —excepto en contadas ocasiones—, porque ese cambio es bastante difícil entre los seres humanos.

Pero mejoran: buscan los medios de hacer que aquellos detalles que apenas pueden soslayar sean menos gravosos para el cónyuge.

Y ese empeño por complacerlo provoca, en el cónyuge, auténtica ternura.

Entonces, como afirmaba Alberoni, logramos amar hasta una herida de él transformada por la dulzura.

En resumen y enlazándolo expresamente con la formación y el desarrollo humano:

las personas somos capaces de perfeccionarnos en proporción directa al amor que nos dan;

avanzamos velozmente cuando nos quieren mucho y es casi imposible que mejoremos si nadie nos ama de veras.

Las personas mejoramos
en proporción directa al amor que nos dan.

el bien de la persona amada

3. Nuestra propia mejora, gracias a la persona amada

Mejora personal = incremento del amor

Pero hay más.

Con el amor no solo se pule y acrecienta aquello que nos rodea y, muy en particular, la persona amada.

El embellecimiento es total.

También nos completamos nosotros, cambiamos de clave, de calidad.

En un libro ya antiguo, dirigido a adolescentes, aseguraba el doctor Carnot:

Un buen día, sin saber por qué, está uno alegre, se siente mejor. Todo parece más amable en derredor. Se tienen ganas de reír y de cantar, de caminar a grandes pasos a través de las calles. Se está mejor dispuesto para el trabajo.

Al mismo tiempo, descubrimos en nosotros mismos una fuerza desconocida que nos empuja al deseo de realizar algo grande. Tenemos necesidad de salir de nosotros mismos, de abrirnos. Nos volvemos más cordiales, más generosos, más entusiastas, más benévolos para con todo el mundo.

¡Ha nacido el amor!

Acaso estas palabras pequen de excesivamente sentimentales o exageradas. Pero lo que dicen no es una simple metáfora. Veremos que una de las verdades más profundas de la antropología de todos los tiempos, en la que han insistido los mejores de nuestros contemporáneos, es que el amor nos perfecciona, que nos hace crecer hasta límites a menudo insospechados.

Más aún, solo el amor inteligente es capaz de hacer progresar al hombre como tal. Es decir, no desde puntos de vistas sectoriales, como la profesión, las aptitudes, las capacidades físicas, las destrezas, la propia imagen…; sino justo en cuanto persona.

Lo sostenía Wojtyla desde sus años jóvenes:

A la gente le gusta creer que Wujek querría ver casado a todo el mundo. Pero se trata de una imagen falsa. El problema más importante lo constituye en realidad otra cosa. Todo el mundo […] vive, por encima de todo, por el amor. La capacidad de amar de modo auténtico, y no la gran capacidad intelectual, constituye la parte más profunda de una personalidad. No es accidental que el mayor de los preceptos sea el de amar.

«Todo el mundo vive,
por encima de todo,
por el amor».

Distintos modos de revelarse

Esta principalidad del amor ha tenido diversas manifestaciones a lo largo de la historia.

Valga, como botón de muestra, la siguiente reflexión de Marías respecto al amor cortés:

  El hombre va a desear y admirar ciertas condiciones en la mujer: la gentileza, la compasión, si es posible el intelletto d’amore; pero la mujer va a exigir también: cortesía, destrezas, esfuerzo, valor, sacrificio, decir cosas hermosas. Es el doble motor de la mutua perfección, que se despliega, enriquece y transforma en el Renacimiento, y se diversifica en estilos nacionales.

O estos versos de Morales, que nos aseguran que todo —hombre y mundo—, tocado por el nervio alado del amor, despliega su propia energía, hasta alcanzar, de forma paulatina, la plenitud final:

Pero tú no eres libre, no lo eres, / hombre sin nadie, hombre que no amas; / estás solo en la tierra: nada eres, / oh, prisionero de divina ansia. // Llena de amor tus labios y tu frente / y confunde tu alma en otra alma, / y todo el cosmos girará contigo, / pleno de dicha, como inmensa ala.

Solo el amor inteligente hace progresar al hombre,
a la persona amada,
justo en cuanto persona.

Comprobación negativa

1. Amar es decir a la persona amada: «no morirás»

Acabo de esbozar algunas verificaciones gozosas de que el cometido principal del amor es pronunciar un “sí” sin condiciones para la persona amada: confirmarla en su ser, refrendar la acción creadora, recrearla una y otra vez con el propio cariño.

También existen comprobaciones punzantes, dolorosas y destructivas.

La más clara, la muerte de quien amamos o el amor no correspondido.

Sin duda, sentimos como un vacío auténtico la pérdida de alguien a quien queremos de veras: marido, esposa, hijo, novio o novia, amigo o amiga íntimos. Pero no es solo eso. El universo entero, que el amor había hecho resplandecer, se torna de repente sin sentido, tedioso y falto de color, de textura y de relieve.

Nada de lo que nos rodea, nada de lo que hacemos y con lo que otras veces gozábamos, tiene ahora razón de ser. Parece como si todo se desvaneciera junto con la persona amada.

Esa persona a la que, según recuerda Agustín de Hipona, «habíamos amado como si nunca hubiera de morir».

Cuando fallece la persona amada,
sentimos el vacío de su pérdida…
y todo el universo se torna un sinsentido.

2. De maneras muy distintas, una misma convicción

Testimonios de la literatura…

Por su parte, la historia y la literatura nos ofrecen multitud de testimonios en la misma línea, a la vez semejantes y diversísimos.

O, más bien, los múltiples y muy diferentes intentos de explicar el amor coinciden en esta propiedad concreta: en cualquiera de ellos, la pérdida del ser querido provoca la carencia de significado de uno mismo y cuanto hace y de todo y todos los que lo circundan.

Entre los clásicos, lo manifiestan estos cuatro célebres versos de Garcilaso de la Vega:

Echado está por tierra el fundamento / que mi vivir cansado sostenía. / ¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día! / ¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!

También lo vivió un poeta contemporáneo, Antonio Machado, según cuenta José Luis Cano:

… en Soria, Machado se convierte en enfermero de su mujer, cuya salud es lo único que le preocupa. Tras una aparente mejoría, Leonor vuelve a agravarse, pero antes de morir, aún tiene un momento de alegría al recibir de manos de Antonio el primer ejemplar de Campos de Castilla.

Pocos días después, el 1 de agosto, muere Leonor en brazos del poeta. La muerte de su esposa hunde a Machado en un dolor tan hondo que el éxito de Campos de Castilla —cuya publicación es recibida con entusiasmo por la crítica madrileña, Ortega y Azorín al frente— no logra atenuar.

Y prosigue:

En algún momento pensó suicidarse, según le confiesa en una carta a Juan Ramón: «Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro. El éxito de mi libro me salvó, y no por vanidad, ¡bien lo sabe Dios!, sino porque pensé que, si había en mí una fuerza útil, no tenía derecho a aniquilarla».

La pérdida del ser querido provoca la carencia de significado
de uno mismo y sus actividades,
y de todo y todos los que lo circundan.

… y de la propia vida

No extraña, entonces, que algo semejante experimentara Simone de Beauvoir, cuya concepción del amor se sitúa casi en las antípodas de la que esbozo en este conjunto de escritos.

Cuando la amante de Sartre cree que él ha muerto, a raíz de una huelga de hambre, no puede sino exclamar:

«Ya no había hombres, ya no los habría nunca, y yo no sabía por qué sobrevivía absurdamente».

Y tampoco debería asombrar, si se reflexiona sobre el hecho, que el sentimiento que estoy tratando resulte común, hasta cierto punto, a quienes niegan la existencia de Dios y a quienes creen firmemente en Él.

Entre estos últimos, son bien conocidas las palabras de Agustín de Hipona que enseguida transcribo:

¡Qué terrible dolor para mi corazón! Cuanto miraba era muerte para mí: la ciudad se me hacía inaguantable, mi casa insufrible y cuanto había compartido con él se me volvía sin él crudelísimo suplicio. Lo buscaba por todas partes y no aparecía, y llegué a odiar todas las cosas, porque no lo tenían ni podían decirme como antes, cuando venía después de una ausencia: «he aquí que ya viene» […].

Solo el llanto me era dulce y ocupaba el lugar de mi amigo en las delicias de mi corazón […]. Me maravillaba que la gente siguiera viviendo, muerto aquel a quien yo había amado como si nunca hubiera de morir; y más me maravillaba aún que, muerto él, siguiera yo viviendo, que era otro él.

Otro espléndido testimonio lo ofrece Lewis, pocas semanas después de que falleciera su esposa.

No es verdad que esté pensando siempre en H. —explica—. El trabajo y la conversación me lo hacen imposible. Pero los ratos en que no estoy pensando en ella pueden que sean los peores. Porque entonces, aunque haya olvidado el motivo, se extiende por encima de todas las cosas una vaga sensación de falsedad, de despropósito.

Como en esos sueños en que no ocurre nada terrible —ni siquiera que parezca digno de mención al contarlos a la hora del desayuno—, y sin embargo la atmósfera y el sabor del conjunto son mortíferos. Pues igual. Veo rojear las bayas del fresno silvestre y durante unos instantes no entiendo por qué precisamente ellas pueden resultar deprimentes. Oigo sonar una campana y una cierta calidad que antes tenía su tañido se ha esfumado de él.

¿Qué pasa con el mundo para que se haya vuelto tan chato, tan mezquino, para que parezca tan gastado?

Y entonces caigo en la cuenta.

La radical energía que nos hace ser
se nos transmite, en parte,
a través de la persona amada.

3. La fuerza inagotable del amor

el bien de la persona amada

El amor, única fuente segura de felicidad

Para ilustrar este último punto, aduciré un par de testimonios significativos y no muy lejanos en el tiempo.

Se advierte, a través de ellos:

a) Que la fuerza del amor es capaz de generar la dicha, aun en medio de circunstancias tremendamente adversas, dolorosísimas.

b) Y que esa misma energía —la del amor auténtico— parece superar incluso la muerte ¡y la supera de hecho!

Lo narra Viktor Frankl, psiquiatra, creador de la logoterapia. Después de años en el campo de concentración, en momentos de especial tristeza y desamparo, se aferra al amor que otorga vida a su esposa, cuyo destino ignora —no sabe si vive o ha muerto—, y a través de ella recupera y conserva la vida él mismo.

Por razones didácticas, ofrezco en primer lugar el hecho, y en párrafos sucesivos las reflexiones de Frankl.

Escribe, en primer término, el inicio de la experiencia:

Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi esposa, imaginándola con una asombrosa precisión. Me respondía, me sonreía y me miraba con su mirada cálida y franca. Real o irreal, su mirada lucía más que el sol del amanecer.

Y comienzan sus descubrimientos y, para nosotros, las enseñanzas.

Ante todo, la sublime grandeza del amor, con el que el hombre alcanza su plenitud.

En ese estado de embriaguez nostálgica se cruzó por mi mente un pensamiento que me petrificó, pues por primera vez comprendí la sólida verdad dispersa en las canciones de tantos poetas o proclamada en la brillante sabiduría de los pensadores y de los filósofos: el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre.

De inmediato, la relación entre amor y felicidad, entendida como plenitud y como dicha.

Entonces percibí en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del hombre solo es posible en el amor y a través del amor. Intuí cómo un hombre, despojado de todo, puede saborear la felicidad —aunque solo sea un suspiro de felicidad— si contempla el rostro de su ser querido.

«La salvación del hombre
solo es posible en el amor y a través del amor».

El amor, más fuerte que la muerte

Por fin, la imperiosa victoria del amor sobre la muerte y sobre cualquier otro mal, así como su capacidad de perfeccionar al ser humano, en cualquier circunstancia.

Aun cuando el hombre se encuentre en una situación de desolación absoluta, sin la posibilidad de expresarse por medio de una acción positiva, con el único horizonte vital de soportar correctamente —con dignidad— el sufrimiento omnipresente, aun en esa situación ese hombre puede realizarse en la amorosa contemplación de la imagen de su persona amada.

Pero no todo acaba aquí. La experiencia se completa con otro texto de Frankl, que afirma de forma expresa la superioridad del amor sobre la muerte.

Mi mente todavía se aferraba a la imagen de mi mujer. De pronto me asaltó una inquietud: no sabía si aún vivía.

Sin embargo, ahora estaba convencido de una cosa, algo que había aprendido demasiado bien: el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su sentido más profundo en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo.

Que esté o no presente esa persona, que continúe viva o no, de algún modo pierde su importancia. Ignoraba si mi mujer vivía y carecía de medios para averiguarlo (a lo largo de mi cautiverio jamás tuvimos contacto postal con el exterior); aunque en ese momento esa cuestión tan vital dejó de importarme.

No sentía ninguna necesidad de comprobarlo: nada podía afectar a la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o a la mirada amorosa de su figura espiritualizada. Si por aquel entonces hubiera conocido la muerte de mi mujer, creo que aun así me habría entregado —insensible a la realidad— a la contemplación de su imagen y mentalmente habría conversado con ella con la misma viveza y satisfacción.

«Sella conmigo tu corazón… pues fuerte como la muerte es el amor» (Cantar de los Cantares 8,6).

«El amor trasciende la persona física del ser amado
y encuentra su sentido más profundo
en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo».

el bien de la persona amada

Amar es decir un sí de tal alcance
que todo el universo queda transfigurado:
también nosotros mismos.

(Continuará)

Tomás Melendo
Presidente de Edufamilia
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