23. Prioridad del amor al otro

23. Prioridad del amor al otro

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Un testimonio autorizado… al menos para los creyentes

Sostenía en el artículo precedente la absoluta prioridad del amor al otro respecto al amor a sí mismo, también como garantía de felicidad y de dicha.

Consciente de lo que está en juego con estas puntualizaciones, el papa Francisco las ha traído también a colación con insistencia.

La síntesis de la moral cristiana: el amor al prójimo

Y, así, ya en el primero y más programático de sus escritos —la exhortación apostólica Evangelii gaudium—, afirmaba la prioridad absoluta del amor, como se advierte, entre bastantes otros, en el siguiente texto, en el que el modelo por excelencia es el amor divino («como yo os he amado»), que se corresponde estrechamente con el amor al prójimo («el amor de unos con otros» y «el amor para con todos»):

Se trata de “observar” lo que el Señor nos ha indicado, como respuesta a su amor, donde se destaca, junto con todas las virtudes, aquel mandamiento nuevo que es el primero, el más grande, el que mejor nos identifica como discípulos: “Éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12). Es evidente que cuando los autores del Nuevo Testamento quieren reducir a una última síntesis, a lo más esencial, el mensaje moral cristiano, nos presentan la exigencia ineludible del amor al prójimo: “Quien ama al prójimo ya ha cumplido la ley […] De modo que amar es cumplir la ley entera” (Rm 13,8.10). Así san Pablo, para quien el precepto del amor no sólo resume la ley, sino que constituye su corazón y razón de ser: “Toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Ga 5,14). Y presenta a sus comunidades la vida cristiana como un camino de crecimiento en el amor: “Que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos” (1 Ts 3,12). También Santiago exhorta a los cristianos a cumplir “la ley real según la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (2,8), para no fallar en ningún precepto.

La síntesis de la moral cristiana
es «la exigencia ineludible del amor al prójimo»…
no a uno mismo

Absoluta prioridad de «la salida hacia el hermano»

Más adelante, en la misma exhortación, tratando precisamente de los dos primeros mandamientos y de las relaciones que se establecen entre Dios, el tú y el yo, en cuanto términos del amor debido, el papa explica que el amor hacia los demás compone una especie de prolongación del amor a Dios y la medida certera que permite discernir la calidad moral de cualquier hombre… y del mismo amor a Dios de esa persona:

La Palabra de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros: “Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicisteis a mí” (Mt 25,40). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente: “Con la medida con que midáis, se os medirá” (Mt 7,2); y responde a la misericordia divina con nosotros: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará […] Con la medida con que midáis, se os medirá” (Lc 6,36-38). Lo que expresan estos textos es la absoluta prioridad de la “salida de sí hacia el hermano” como uno de los dos mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual en respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios.

«… la absoluta prioridad de la “salida de sí hacia el hermano”»

Mayor nobleza del amor a los demás

Y, por si quedara lugar a dudas, en otra de sus mayores y más cuidadas exhortaciones —la Amoris laetitia—, en la que el amor es el gran e indiscutido protagonista, afronta directamente —para rechazarla— la que me atrevo a calificar como la convicción más dañina, y enormemente difundida, de cuantos, queriendo hacer el bien, no acaban de descubrir la dimensión ineludiblemente centrífuga del amor («la salida de sí hacia el hermano», en expresión del papa).

Me refiero a la pretensión —que Francisco recoge literalmente— de que «para amar a los demás primero hay que amarse a sí mismo». Como explica de inmediato el papa, la clave del engaño —tan nocivo como difundido— es ese primero, que me he permitido poner en cursivas, y que otorgaría una prioridad cronológica y de naturaleza al amor de sí respecto al amor al otro.

Con palabras literales: 

Hemos dicho muchas veces que para amar a los demás primero hay que amarse a sí mismo. Sin embargo, este himno al amor afirma que el amor “no busca su propio interés”, o “no busca lo que es de él”. También se usa esta expresión en otro texto: “No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad, todos, el interés de los demás” (Flp 2,4). Ante una afirmación tan clara de las Escrituras, hay que evitar darle prioridad al amor a sí mismo como si fuera más noble que el don de sí a los demás.

«Hay que evitar darle prioridad al amor a sí mismo
como si fuera más noble que el don de sí a los demás»

Más amar… que ser amado

De inmediato, el papa aclara lo que existe de verdadero en la afirmación que nos ocupa y sin lo que, sin duda, no habría inducido a engaño a tantas personas bienintencionadas:

Una cierta prioridad del amor a sí mismo sólo puede entenderse como una condición psicológica, en cuanto quien es incapaz de amarse a sí mismo encuentra dificultades para amar a los demás: “El que es tacaño consigo mismo, ¿con quién será generoso? […] Nadie peor que el avaro consigo mismo” (Si 14,5-6).

Y prosigue, a renglón seguido, para devolver definitivamente las aguas a su cauce:

Pero el mismo santo Tomás de Aquino ha explicado que “pertenece más a la caridad querer amar que querer ser amado” y que, de hecho, “las madres, que son las que más aman, buscan más amar que ser amadas”. Por eso, el amor puede ir más allá de la justicia y desbordarse gratis, “sin esperar nada a cambio” (Lc 6,35), hasta llegar al amor más grande, que es “dar la vida” por los demás (Jn 15,13).

Es más propio del amor
querer amar que querer ser amado

(Continuará)

Tomás Melendo
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