22. Felicidad y olvido de sí

22. Felicidad y olvido de sí

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El “buen” olvido de sí

Dejémoslo claro. No se trata de rechazar la propia mejora y la satisfacción consiguiente. Eso sería obrar contra la naturaleza y encerraría un muy soberbio y rebuscado amor de sí.

Podemos e incluso debemos esperar la felicidad, como plenitud y como gozo: estamos, en definitiva, ante una inclinación natural que, en ese nivel de la naturaleza, no puede ser rechazada. Pero lo que no hemos de hacer, en el ámbito reflejo y libre del amor electivo —fruto del ejercicio de la libertad—, es transformarla en objeto explícito de nuestras pretensiones.

Ni perseguirla desaforadamente, por tanto, de manera refleja y casi obsesiva, ni repudiarla: más bien, si cabe, ignorarla, dirigiendo toda nuestra libre capacidad de amar hacia el bien de los otros, de modo que no quede espacio para nosotros mismos.

Que es, me parece, lo único capaz de perfeccionarnos como personas, y el solo sentido que en la práctica admite la máxima del olvido de sí.

Ni perseguir la felicidad ni rechazarla:
centrar toda nuestra atención y nuestra capacidad de amar en quienes nos rodean

Multitud de testimonios

♦ A este respecto, sostenía Bernanos: «Odiarse a sí mismo es más fácil de lo que se cree. La gracia está en olvidarse de sí».

♦ Y nuestro Benavente: «Cuando hemos renunciado a nuestra dicha y nos contentamos con ver dichosos a los que nos rodean, es quizá cuando empezamos a serlo».

♦ Y Edouard Pailleron, en su Noël: «Nuestra única felicidad es consecuencia de la que a otros hemos procurado».

♦ Y Tolstoi: «No hay más que una manera de ser feliz: vivir para los demás».

♦ Y Dumas padre: «Más feliz que los felices es quien puede hacer a la gente feliz».

♦ Y tantísimos otros en la misma línea, con matices sumamente enriquecedores, pero ahora imposibles de reproducir.

«Nuestra única felicidad
es consecuencia de la que a otros hemos procurado»

Una contradicción dolorosa

Muy oportunas y hondas resultan también las palabras de Dostoewskij que transcribo: «En el sentimiento del amor existe algo singular capaz de resolver todas las contradicciones de la vida y de dar al hombre aquella felicidad total cuya consecución es el fin de la vida».

Pues la contradicción antropológica clave —explico yo: raíz de las demás contradicciones y contrahechuras— es que una persona, que se encuentra llamada por su misma grandeza a darse a los demás, se empequeñezca y esté sólo pendiente de sí misma.

Algo particularmente inquietante en una civilización, que, en parte como consecuencia de varios siglos de desatención a la realidad del otro en cuanto otro, y de encerramiento en las angosturas del yo, ha dado lugar a un tremendo individualismo insolidario. Un vivir cada uno/a para sí, tan feroz y tan extendido, al menos en determinados aspectos, que impide incluso entender el auténtico significado de realidades absolutamente centrales para el despliegue de la vida humana, como serían la libertad, el amor o el matrimonio. A esas nobilísimas realidades las sobrecarga y lastra con una referencia al yo de tal calibre, amplitud e incisividad que, al privatizarlas o ensimismarlas —en el sentido más destructivo de estos términos—, acaba por desnaturalizarlas y tornarlas ininteligibles y estériles.

La contradicción antropológica clave es que una persona,
llamada por naturaleza a darse a los demás,
se empequeñezca y esté sólo pendiente de sí

Respuesta a la contradicción

En el extremo opuesto, el auténtico amor, al abrirnos a los otros, introduce en nuestras existencias la perfección y la consiguiente felicidad-dicha.

Ideas todas que, situadas en un contexto mucho más elevado y amplio, ha tenido más de una vez en sus labios y en sus escritos san Josemaría Escrivá: «La entrega a los demás, con olvido de uno mismo, es de tal eficacia, que Dios la premia con una humildad llena de alegría».

O, expresado quizá con más fuerza y concisión: «Nadie es feliz, en la tierra, hasta que se decide a no serlo».

«Nadie es feliz, en la tierra, hasta que se decide a no serlo»

(Continuará)

Tomás Melendo
www.edufamilia.com