Amor y felicidad en el matrimonio (9. La felicidad: una vieja paradoja)

La felicidad, resultado indirecto

Concluía el artículo precedente con la siguiente pregunta: ¿no existirá alguna relación entre la obcecada persecución del placer —hedonismo consumista, como algunos lo han llamado— y el desencanto imperante a gran escala en nuestra sociedad?

La filosofía tradicional podría ayudarnos a responder a este interrogante. Porque, al menos desde Aristóteles, formuló una ley fundamental: ni la felicidad, ni la dicha, ni el gozo, el placer o cualquiera de esas realidades que gratifican nuestra existencia, deben constituirse en objetivo expreso y directo de una intención humana.

Ni la felicidad ni el placer
deben ser objeto de una búsqueda directa

Felicidad y placeres

O, con otras palabras: ni la felicidad ni ninguno de sus hermanos menores, como la alegría o el deleite, pueden buscarse eficazmente por sí mismos, sino que han de sobrevenir, siempre, como algo añadido, como un corolario, como una consecuencia no perseguida.

¿Siempre?

La verdad es que no. Los placeres más menudos y materiales, esos que en definitiva nos presenta sin cesar la sociedad actual a través sobre todo de los medios de comunicación, sí que pueden ser provocados y obtenidos ex profeso, como término de una intención expresa.

Y ese es el motivo del error de nuestros contemporáneos. Al conseguir en estos casos el deleite de forma directa, no advierten que la regla general de la felicidad es otra: la de la satisfacción como resultado o consecuencia no pretendidos; y el éxito aparente en esos goces casi insignificantes, pero continuos, les hace concluir que la felicidad, con toda la grandeza, hondura e intensidad que implica, puede conquistarse de la misma manera. Algo que, como decía, es una suerte de espejismo, una ilusión engañosa.

Placeres sí, felicidad no

En efecto, deleites como los de la comida o la bebida, o los derivados de la acumulación de bienes materiales, responden al mecanismo de estímulo-respuesta: de la incitación artificial se pasa a la satisfacción también inducida, para, una vez lograda, comenzar de nuevo el ciclo.

Pero todos pueden comprobar, aun cuando no sepan determinar sus causas, que el goce engendrado por este sistema resulta bastante efímero y superficial.

girl-2760607_1920Se trata de un cúmulo incesante de pequeñas gratificaciones, que se esfuman con la misma rapidez que han llegado, dejando de nuevo un vacío… dispuesto para la siguiente, también artificialmente provocada y también escurridiza y pasajera.

Además, el procedimiento de la búsqueda directa falla estrepitosamente conforme nos elevamos en la jerarquía de los gozos y satisfacciones. ¿Quién no ha fracasado, por ejemplo, al intentar recuperar a fuerza de brazos la más elemental de las alegrías, cuando lo embargaba un sentimiento de nostalgia o de tristeza o, simplemente, estaba de mal humor? ¡Pues no digamos nada si lo que se procura, así, sin más, es ser feliz!

Como leemos en el Ecce homo, de Graf, «no hay nada que impida tanto lograr la felicidad como un deseo desmedido y un estudio excesivo para verlo realizado».

La felicidad solo se consigue
cuando no se la persigue

Otros casos similares

La cuestión no debería suscitar extrañeza, pues esta paradoja no atañe en exclusiva a la felicidad y al placer. Bastantes otras realidades humanas obedecen a la misma ley: sólo se consiguen cuando explícitamente no se las persigue.

  • Entre los casos más obvios, y cada día más frecuentes, se cuenta el sueño en una noche de insomnio: la mejor manera de nunca llegar a conciliarlo consiste en fijar obsesivamente la atención en nuestra desdicha, empeñándonos consciente y voluntariamente en «caer en los brazos de Morfeo» y quedar dormidos como un tronco.
  • En la misma línea, el fracaso más rotundo acompañará a un tartamudo o a una persona tímida cuando pretendan a toda costa ocultar sus balbuceos o impedir que se le suban los colores.
  • Algo muy semejante ocurre con el deleite sexual, tanto menos alcanzable cuanto más se concentre la atención en él, en lugar de dejarse llevar por el amor a nuestro cónyuge, un amor que nos pone entre paréntesis y nos hace pensar más en la felicidad y el gozo de aquel o aquella a quien en ese mismo instante estamos manifestando nuestro afecto.
  • E incluso cabría enumerar, entre las realidades del mismo género, los beneficios de cualquier empresa económica: también ellos son una resultante, que se alcanza con más facilidad cuando dirigimos nuestros esfuerzos hacia otros factores, como la atención al cliente, la promoción humana de los trabajadores o la calidad del producto.
El empeño excesivo… ¡conduce al fracaso!

Clive Staple Lewis lo ha expuesto con términos sugerentes y bastante matizados: «No somos woman-1006100_1920propiamente capaces de ver nada cuando tenemos los ojos enturbiados por las lágrimas. No podemos, en la mayoría de los casos, alcanzar lo que deseamos si lo deseamos de una forma demasiado compulsiva, o por lo menos no seremos capaces de sacar de ello lo mejor que tiene. Decir “¡Venga!, vamos a tener una conversación buena de verdad”, condena al más pintado al silencio, y decir “Tengo que dormir a pierna suelta esta noche” desemboca en horas de insomnio. Las bebidas más refinadas no sirven de nada para una sed realmente voraz».

Y Bruckner lo resume, una vez más, desde la perspectiva del sociólogo: «El hombre de hoy en día sufre también por no querer sufrir, igual que podemos enfermar a fuerza de buscar la salud perfecta. Por otra parte, nuestra época cuenta una extraña fábula: la de una sociedad entregada al hedonismo a la que todo le produce irritación y le parece un suplicio. La desdicha no solo es la desdicha, es algo peor: el fracaso de la felicidad».

No podemos, en la mayoría de los casos, alcanzar lo que deseamos
si lo perseguimos de una forma demasiado compulsiva

 

 

(Continuará)

 Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

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Nota:

Un desarrollo bastante más amplio de este tema puede encontrarse en Melendo, Tomás: Amar, aquí y ahoraEdufamilia (www.amazon).