Amor y felicidad en el matrimonio (8. La paradoja de la felicidad humana)

Sociedad del bienestar, ¿sociedad feliz?

Entre los apelativos que ha recibido la sociedad contemporánea, hay uno muy directamente relacionado con la paradoja a la que alude el título de este artículo.

Me refiero al de sociedad del bienestar, que bastantes han considerado casi equivalente al de sociedad de consumo, sociedad de la abundancia, del hedonismo consumista y otros parecidos, cada uno con sus matices.

Estas denominaciones resultan enormemente significativas porque, al menos en lo que respecta a buena parte de Occidente, la civilización actual ha logrado satisfacer en tal grado las necesidades materiales básicas y hacer también posible tal cúmulo de lujos y caprichos, que, desde su propia perspectiva, nunca hasta el presente se había presentado una situación tan favorable para la instauración universal de la dicha humana.

La falta de sentido

Sin duda, cabría e incluso habría que matizar el cuadro. Podría objetarse que existen muy amplios sectores de población a los que la abundancia general apenas llega. O que las desigualdades entre quienes habitan los distintos sectores del planeta, así como entre las diversas clases sociales dentro de un mismo país o región, se han acentuado en question-mark-1872665_1920proporciones no alcanzadas en ningún otro momento de la historia.

Pero mucho más revelador resulta comprobar que incluso aquellos que gozan de todas las ventajas y privilegios del súper-desarrollo con frecuencia distan mucho de sentirse dichosos e incluso, en ocasiones, no encuentran sentido alguno a su vida.

Así lo resumía Víktor Frankl hace ya algunos decenios, y parece que el paso de los años no ha hecho sino fortalecer y agravar su diagnóstico: «El problema de nuestro tiempo es que la gente está cautivada por un sentimiento de falta de sentido, […] acompañado por un sentimiento de vacío […]. Nuestra sociedad industrial está preparada para satisfacer todas nuestras necesidades, y nuestra sociedad de consumo incluso crea necesidades para satisfacerlas después. Pero la más humana de todas las necesidades, la necesidad de ver el sentido de la vida de uno mismo, permanece insatisfecha. La gente puede tener bastante con qué vivir, pero con más frecuencia que con menos, no tienen nada por lo que vivir».

Incluso quienes gozan de todas las ventajas del súper-desarrollo…
distan mucho de sentirse dichosos

Infelicidad masiva…

¿Índices globales de infelicidad en nuestros tiempos?

  • En primer término, el espectacular incremento del número de suicidios, en particular entre los adolescentes y, más significativamente aún, en los países que se consideran más desarrollados.
  • Después, el progresivo aumento de las separaciones y divorcios. Un incremento sin duda favorecido por la relajación de las leyes que impedían la disolución del vínculo, por el descrédito de la institución matrimonial o, incluso, por el propio consumismo, que impele al sad-2635043_1920ciudadano a usar y tirar… Pero exponente claro, en cualquier caso, de que un considerable número de varones y mujeres no encuentran la felicidad en aquel ámbito en el que razonablemente pensaban obtenerla: en el propio matrimonio.
  • En tercer lugar, la mencionada proliferación de enfermedades psíquicas: depresiones, anorexia, bulimia, vigorexia y un dilatado y creciente etcétera, en el que en cierto modo, y con reservas, se incluye la cada vez más difundida e inquietante hiperactividad infantil… Dolencias muchas veces generadas por una especie de hastío ante la vida, de desilusión perenne y pronunciada, que la moderna psiquiatría ha tipificado como vacío existencial y que hoy, desde ámbitos inicialmente filosóficos, se califica más bien como nihilismo.
  • Por fin, el recurso constante e indiscriminado al sexo, a la droga y sus sucedáneos, con los abusos que a menudo llevan consigo: manifestaciones tanto más reveladoras por cuanto, al actuar así, se pretende, precisamente, conseguir un escape a la propia desdicha, un sustituto para la felicidad que se anhela y no se alcanza.

Porque, obsérvese bien: lo más característico de estas últimas situaciones, y de otras a las que en cierto modo cuadraría el término adicción —y entre las que en nuestros días ocupan un puesto de relieve las relacionadas con el uso masivo e inadecuado de la informática—, es que con ellas se persigue de manera explícita y directa, y a veces enconada y obsesiva, precisamente, conseguir el placer y la felicidad.

Es propio de nuestra época
buscar de manera directa y obsesiva la felicidad

E inconscientemente auto-provocada

No siempre ha sido así. Ha habido épocas históricas menos preocupadas por el bienestar y la dicha. Como explica Bruckner, en un libro repleto de sugerencias y cuyo mismo subtítulo —el deber de ser feliz— resulta ya sumamente esclarecedor, «nuestras sociedades clasifican como patológico lo que otras culturas consideran normal, la preponderancia del dolor; y clasifican como normal, incluso necesario, lo que las demás experimentan como algo excepcional, el sentimiento de felicidad».

alone-2666433_1920A lo que añade de inmediato: «No se trata de saber si somos más o menos felices que nuestros antepasados […]. Pero probablemente somos las primeras sociedades de la historia que han hecho a la gente infeliz por [el simple hecho de] no ser feliz».

Por eso la denominación de sociedad del bienestar resulta tan reveladora. Porque los síntomas a los que acabo de referirme proliferan justo en una cultura que, como pocas, o tal vez como ninguna antes que ella, se empeña en una lucha sin tregua por conquistar la propia dicha.

De ahí que el diagnóstico no acabe de dar en la diana hasta que ponga de manifiesto que en el mundo contemporáneo conviven una pasión por la felicidad desconocida hasta el presente y una desazón y descontento sólo comparables a la misma magnitud con que se persigue el bienestar.

La pregunta surge inevitable: ¿no existirá alguna relación entre la obcecada persecución del placer —hedonismo consumista, como algunos lo han llamado, es decir, el intento de ser felices, mediante «el consumo, todo el consumo… y nada más que el consumo»— y el desencanto imperante a gran escala?

Cuanto más buscamos la felicidad,
más infelices nos sentimos

 

(Continuará)

 Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

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Nota:

Un desarrollo bastante más amplio de este tema puede encontrarse en Melendo, Tomás: Amar, aquí y ahoraEdufamilia (www.amazon).