Amor y felicidad en el matrimonio (20. La entrega, único camino para el perfeccionamiento humano)

Dar y recibir.

La mejor antropología de todos los tiempos concuerda en señalar que la radical diferencia entre el hombre y el animal consiste en que el ser humano, cuando lo estime conveniente, puede olvidarse de sí mismo y atender al bien de los otros.

Así revela su infinita superioridad respecto a los seres irracionales, y así conquista su perfección definitiva.

Cuanto en los artículos que preceden analizábamos a propósito del amor confirma este resultado. Pero el asunto reviste tal trascendencia, que voy a intentar mostrarlo, además, a través de una especie de argumento, en pleno acuerdo con el sentido común, y comprensible, por tanto, sin una particular formación filosófica.

A diferencia del animal, el ser humano
puede olvidarse de sí mismo y atender al bien de los otros

Dos tipos de operaciones

Según explica Tomás de Aquino, existen dos tipos fundamentales de operaciones:

  • Una, por la que quien actúa busca su propio perfeccionamiento o su simple conservación.
  • Y otra segunda, más noble, que atiende de forma expresa al bien ajeno.

 

Y agrega: la primera es propia de los agentes imperfectos o indigentes; la segunda, de quienes gozan ya de cierta plenitud.

En términos coloquiales, aunque cargados de resonancias bíblicas, esta distinción podría resumirse diciendo que es más perfecto —y signo de perfección— dar que recibir; que procurar el bien a otro implica mayor categoría y grandeza que andar en pos del propio beneficio.

Buscar exclusivamente el propio bien es signo de imperfección

Superioridad del hombre respecto a los animales

Para entender con más hondura esta verdad, habría que comparar de nuevo las realidades situadas por debajo del hombre, por una parte, y el hombre mismo, y los seres superiores a él, por otra. Es decir, señalar la profunda diferencia que eleva a las personas muy por encima de todo los demás: a una distancia infinitamente infinita, como señaló Pascal.

  • En este sentido, la energía de las plantas o de los animales es tan tenue, que tienen que reservar casi todo su vigor para proteger y acrecentar su propia perfección: casi, casi, para mantenerse en el ser. De ahí que, al obrar, busquen sin remedio, aunque no siempre de forma exclusiva, su propio provecho, individual o específico: como la planta, que absorbe y asimila, transformándolas en sí misma, las sustancias cercanas a sus raíces, con las que se alimenta.
  • Por el contrario, las realidades personales —y el ser humano, en particular— pueden atender a la confirmación en el ser de otras personas, pueden amar, en la estricta medida en que su superior categoría ontológica tiene ya resuelta, en cierto modo, la propia conservación y cumplimiento.

Y así, en el hecho de poder relativizar esa atención a sí mismo, que en las realidades inferiores viene exigida por la misma pobreza de su ser, demuestran las personas su peculiar grandeza.

Porque son más y más intensamente, porque su acto constitutivo es más noble, se encuentran ya suficientemente aseguradas en sí mismas —son inmortales—, y poseen la espléndida capacidad de ocuparse del bien de los otros, de quererlos: pueden dar y darse.

La persona es tan “grande”, goza de un ser de tal categoría,
que puede darse el lujo de desatenderse

La perfección definitiva del hombre

Como es lógico —y me muevo por unos instantes en el plano de la fe—, esto sucede de manera eminente en el seno de la Santísima Trinidad, donde la vida de cada Persona se halla originaria y plenamente dirigida hacia las Otras dos, en una donación absoluta: el Padre engendra al Hijo, y ambos dan origen, por expiración, al Espíritu Santo.

Lejos de confirmar o perfeccionar su propio Ser, lo cual sería una muestra de indigencia, cada una de las Personas divinas es Relación constituyente respecto a las Otras dos: el Padre afirma al Hijo, y ambos al Espíritu Santo, y viceversa.

El hombre, ciertamente, es una criatura, y por eso tiene necesidad de perfeccionarse a través del obrar. Pero es una criatura nobilísima, imagen y semejanza del propio Dios. Y de ahí que su progreso más característico, el que le compete en cuanto persona, sólo resulte posible en virtud de aquellas operaciones que guardan una estricta similitud con el obrar divino: las de donación o entrega.

Precisamente en virtud de su grandeza, el hombre solo crece como persona
cuando realiza operaciones similares a las de Dios: cuando se entrega por amor

Grandeza e indigencia del ser humano

Con otras palabras:

  • Por ser creado, el hombre no encuentra su plena perfección ya dada con el propio ser, desde el comienzo de su existencia; sino que ha de conquistarla mediante su obrar.
  • Pero su excelsa categoría como persona implica que una actividad centrada en sí mismo, similar a la de las plantas y animales, resulte pobre e incapaz de perfeccionarlo (como la monótona repetición de escalas no mejora la técnica de quien es ya pianista consumado: para progresar como pianista, precisamente a causa de su excelencia, tiene que crear, al interpretar y/o al componer).
  • En conclusión: sólo el modo superior de obrar, el que procura el bien de los otros —el amor, en una palabra, asimilable a la auténtica creación artística—, posee la consistencia suficiente para mejorar al hombre en cuanto persona: y sólo la entrega, en la que el amor culmina, cierra y otorga el resello definitivo al ser humano.

Solo el amor posee la suficiente grandeza
para mejorar al ser humano en cuanto persona

El refrendo de la teología

Contienen, por tanto, una profundísima verdad las palabras de la Gaudium et spes, mediante las que la Iglesia afirma, con todo el peso de su autoridad magisterial: «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».

La precisa formulación del texto —no puede… si no es…— resulta muy reveladora. No es que el amor sea uno de los medios a través de los que el hombre —varón y mujer— puede alcanzar su plenitud; sino que esa perfección es posible, solamente, gracias a la entrega de sí mismo: único y exclusivo medio del que dispone para tan gran tarea.

El hombre no encuentra su plenitud
sino en la entrega sincera de sí mismo a los demás

No extraña, entonces, que el que acabamos de transcribir sea el texto más citado a lo largo del entero magisterio de Juan Pablo II, tan atento a subrayar la grandeza del hombre. Y que, a lo que afirma expresamente el concilio, Juan Pablo II añada por cuenta propia: «El modelo de esta interpretación de la persona es Dios mismo como Trinidad, como comunión de Personas. Decir que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de este Dios quiere decir también que el hombre está llamado a existir “para” los demás, a convertirse en un don».

A lo que agrega todavía… ¡y no es poco!: «Puede afirmarse que en estas palabras de la Constitución pastoral del Concilio se compendia toda la antropología cristiana: la teoría y la praxis fundada en el Evangelio».

Con expresiones quizá menos sonoras, pero con la misma convicción de fondo, lo repite también el papa Francisco, desde sus primeros documentos magisteriales. Y, así, en la Evangelii gaudium podemos leer: «Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud, no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien».

El hombre está llamado a existir para los demás,
a convertirse en un don
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Nota:

Un desarrollo bastante más amplio de este tema puede encontrarse en Melendo, Tomás: Amar, aquí y ahoraEdufamilia (www.amazon).

 

(Continuará)

 Tomás Melendo
www.edufamilia.com