Amor y felicidad en el matrimonio (18. Procurar la plenitud del “tú”)

La plenitud del ser querido.

Que sea… y que sea bueno.

Un tú más singular

Como sabemos, el amor no aspira exclusivamente a que el sujeto querido viva, sino, en el mejor sentido de la expresión, a que viva bien, a que conquiste el cumplimiento del propio ser, su más cabal perfección.

No extrañará, entonces, que la búsqueda de la plenitud de la persona amada participe de la misma entraña singularizadora —tú, tal y como eres, único e irrepetible— que compete a la ratificación del ser.

Pues, hablando con propiedad, no puede confirmarse o revalidarse el ser de una persona sin que, simultáneamente y por idéntico motivo, le estemos deseando que adquiera las perfecciones que harán de él un varón o una mujer cabales, cumplidos: o, mejor, este varón o esta mujer que ya son, pero elevados hasta su propio culmen existencial, hasta su plenitud posible.

Nadie puede crecer y desarrollarse
sin ser más a fondo quien ya es

Como fruto del amor

Es el mismo acto de amor el que refrenda en el ser a la persona querida y, acentuando el incremento de su otredad, de su singularidad irreiterable, la impulsa amablemente a avanzar hacia las cimas de su perfección.

Recordemos a Pablo Neruda: «A nadie te pareces desde que yo te amo».

«Desde que yo te amo»: el amor, que hace surgir en toda su pujanza el ser querido, tornándolo realmente real, dibuja también, y por lo mismo, los perfiles consistentes de su singularidad, de su otredad inconfundible. Pronuncia, de manera indisoluble, el sí y el tú.

A nadie te pareces desde que yo te amo

… aunque duela

Y en eso consiste, radical y definitivamente, buscar el bien para alguien. En luchar por ayudarle a extraer todas las virtualidades condensadas en su persona, en esforzarse por «sacar de ti tu mejor tú» —como escribió el poeta—… aunque a veces resulte doloroso para ambos: para quien ama y para quien es amado o amada.

«Perdóname por ir así buscándote / tan torpemente, dentro / de ti. / Perdóname el dolor, alguna vez. / Es que quiero sacar / de ti tu mejor tú. / Ese que no te viste y que yo veo, / nadador por tu fondo, preciosísimo. / Y cogerlo / y tenerlo yo en alto como tiene / el árbol la luz última / que le ha encontrado al sol. / Y entonces tú / en su busca vendrías, a lo alto. / Para llegar a él / subida sobre ti, como te quiero, / tocando ya tan solo a tu pasado / con las puntas rosadas de tus pies, / en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo / de ti a ti misma. // Y que a mi amor entonces le conteste / la nueva criatura que tú eras».

La importancia del tú, del otro, se intensifica y madura conforme crece y mejora el amor hacia él.

El amor pronuncia indisolublemente el sí y el tú

 

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Nota:

Un desarrollo bastante más amplio de este tema puede encontrarse en Melendo, Tomás: Amar, aquí y ahoraEdufamilia (www.amazon).

 

(Continuará)

 Tomás Melendo
www.edufamilia.com