Amor y felicidad en el matrimonio (17. Confirmar el “tú”)

El bien del otro.

Recordemos que la energía afirmativa contenida en el amor, busca para el ser querido dos bienes fundamentales.

A saber:

  • Que esa persona sea o exista.
  • Y que sea buena, alcanzando la plenitud de perfección a que se encuentra llamada.

Los bienes de la persona amada se reducen a dos: que sea o exista
y que sea buena, que alcance su perfección

Como es patente, el primero de estos dos bienes constituye la condición de posibilidad del segundo y de cualquier otro beneficio que pretenda otorgarse a la persona querida.

Corroborar en el ser

Por eso, ya Aristóteles y —más claramente aún— la tradición que lo continúa advirtieron que el amor auténtico consiste en la re-creación, en la corroboración del ser, de aquel o aquella a quien amamos.

Y algunos de esos filósofos hicieron esta verdad más intuitivamente accesible, al proponer como la más honda manifestación de que uno se encuentra enamorado, expresiones tan entrañables como: «¡qué maravilla que existas!», «¡quiero con toda mi alma que vivas!», «¡me entusiasma que hayas sido creado (o creada)!»

Sabemos también que todas estas afirmaciones, lejos de configurarse como una simple veleidad sin consecuencias, perfilan y dan vida realmente al al que se encuentran dirigidas. Lo hacen, para nosotros, realmente real: alguien que nos importa, que nos afecta, que nos lleva a transformar nuestro modo de comportarnos, sacando de nuestro interior lo mejor que hay en él.

Y así, frente a la relativa “irrealidad” de los múltiples individuos con quienes a diario nos cruzamos por la calle, y que ni siquiera recordamos ni modifican lo más mínimo nuestra conducta, la llegada al hogar, o al punto de reunión con los amigos, inaugura un universo de personas amadas y, por eso, realmente reales (para nosotros), cuyo ser y cuya actividad nos atraen e influyen poderosamente en el propio comportamiento.

El amor torna realmente real,
para quien ama,
a la persona querida

Lo más opuesto al amor

Cuestión que se torna aún más patente por contraste. En efecto, para el egoísta, para quien no ama, el resto de la humanidad es como si no existiera; a ninguno de sus componentes le concede el vigor o la consistencia necesaria para alzarse como un incuestionable otro, al que vale la pena prestar atención.

Por eso, cuando actúo movido por el amor propio, las personas con quienes trato obtienen todo su significado de una relación unilateral y constituyente conmigo:

  • Modeladas en lo posible a mi propio antojo, sólo las apreciaré en cuanto sirvan a mis intereses, a mi utilidad o a mi placer.
  • Dejarán ya de ser ensí —otras—, para existir únicamente pormí y para-mí.
  • Las transformaré, con expresión feliz de Miguel Delibes, en un «apéndice de mi egoísmo», de mi yo, tal como expone en el texto que transcribo:

«He aquí la novela del hijo único. Cecilio Rubes, negociante en materiales higiénicos, representante del burgués por excelencia, ha procurado siempre apartar los obstáculos que se oponen a una vida de placer. Sin embargo, un día su esposa le anuncia que espera un hijo. Cecilio va asimilando la novedad paulatinamente y cuando Cecilín —Sisí— nace, hace de él un apéndice de su egoísmo. Sisí podrá disfrutar de la vida porque para eso ha nacido en una familia próspera y, según su padre, la educación debe reservarse para los pobres. Cecilio Rubes no necesita, por tanto, educar a su hijo. Desde el primer momento le da lo que pide y muchas veces se anticipa a sus deseos colmándole de caprichos. Sisí crece en la demasía y a partir de los doce años su amigo Ventura Amo le inicia en la vida del sexo, de la que Sisí, como Cecilio, llegará a ser un insaciable degustador. Cuando Sisí cumple los dieciocho años estalla la guerra civil y aunque su padre procura por todos los medios librarle del peligro, Sisí muere en un destino sin apenas riesgo, y Cecilio Rubes, incapaz de soportar su ausencia, se quita la vida».

En efecto, quien se enclaustra de manera radical en la afirmación del propio yo, rechazará todo lo que no sea él; y habrá de sufrir a los demás como inevitable peligro, que amenaza sin remedio la propia autorrealización.

¿Cómo no recordar aquí las conocidas palabras de Jean Paul Sartre, uno de los más cualificados representantes de la moderna opción por el yo, cuando sostiene con total convencimiento que «el infierno son los otros»?

El desamor —la indiferencia o el odio—
expulsa del ámbito de lo existente

a todo lo que se opone o amenaza al propio yo

Gozarse en la diferencia

En el extremo opuesto, al crearlo o recrearlo, al conferirle o ratificarle el ser, el amor afirma al otro en su calidad de otro, se goza en la diferencia.

Y de ahí que las personas que sienten con más pujanza el influjo afirmativo del amor, experimenten también la valía insustituible de la singularidad del otro, del tú: el hecho de que sea —y sea quien es y tal como es—, con todas sus consecuencias; el que constituya algo firme y estable, distinto de mí, que no puede ni debe ser moldeado a voluntad por mi propio yo.

Para comprobarlo, basta comparar el radical pesimismo de Sartre con el pensamiento que recoge Lewis en Una pena observada, cargado a la par de hondura metafísica y de entrañable y noble poesía: «El regalo más precioso que me hizo el matrimonio —escribe pocos días después de morir su esposa— fue el de brindarme un choque constante con algo muy cercano e íntimo, pero al mismo tiempo indefectiblemente otro y resistente, real, en una palabra».

¿Puede extrañar, a quien alguna vez ha querido de veras, que aquí se celebre como un gran bien la resistencia que, en el seno del matrimonio o en cualquier otro contexto amoroso, ofrece la inalienable consistencia del amado, de la amada, del amigo? ¿Asombrará tampoco que, siguiendo con este género de apreciaciones, Lewis califique como otredad a la plena realidad del ser querido, para después utilizar el mismo neologismo y acabar hablando del «áspero, agudo, tonificante regusto de su otredad»?

En suma, ya en su misma raíz, amar a una persona es confirmarla en el ser, hacer de ella un consistente, dotado de densidad, de peso específico.

Por tanto: desde su mismo nacimiento, la fuerza irrefrenable del amor obliga a inclinar la balanza a favor de la persona amada, del , de los otros.

El amor desplaza el centro de gravedad,
desde uno mismo o una misma,
hacia el tú de la persona amada

 

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Nota:

Un desarrollo bastante más amplio de este tema puede encontrarse en Melendo, Tomás: Amar, aquí y ahoraEdufamilia (www.amazon).

 

(Continuará)

 Tomás Melendo
www.edufamilia.com