Amor y felicidad en el matrimonio (15. El gran equívoco)

Una distinción fundamental.

La ciencia y la filosofía confirman que la búsqueda directa del deleite acaba por transformarse en su contrario, la desdicha.

Y, como vimos en artículos anteriores, distinguen claramente entre el fundamento del gozo y el gozo mismo, derivado de ese fundamento.

Felicidad-perfección y felicidad-dicha

Esa distinción resulta clave para comprender y lograr la felicidad.

En su sentido más directo, la felicidad sería el bien más propiamente humano: el bien global de la persona en cuanto persona, considerada como un todo, y no el de uno u otro de sus integrantes.

Algo así como lo que, con un deje de metáfora y centrándose sobre todo en el segundo de los elementos, recuerda Joubert: «El placer no es más que la felicidad de un punto del cuerpo. La verdadera felicidad, la única felicidad, la entera felicidad estriba en el bienestar de toda el alma».

Pero en ese bien global se incluyen los dos componentes a los que vengo aludiendo, y que de ordinario se confunden: la perfección objetiva y el deleite subjetivo.

Los denominaré, respectivamente, felicidad-perfección y felicidad-dicha.

La felicidad como “perfección”
se distingue de la felicidad como “dicha”

La felicidad como perfección o plenitud, no como dicha

Una vez establecida esta distinción, interesa dejar claro que, para los pensadores clásicos, la felicidad no estaba esencial o substancialmente constituida por el segundo elemento —gozo, delectación, dicha o placer—, sino por el primero: la perfección.

Y, así, al hablar de un hombre feliz, ni Aristóteles ni Tomás de Aquino aludían directa o esencialmente a la dicha o satisfacción de alguien, sino a su plenitud o desarrollo en cuanto persona.

Al hablar de alguien feliz,
ni Aristóteles ni sus contemporáneos aludían a la dicha de alguien,
sino a su perfección como ser humano

No, por tanto, a ese «estar bien en la propia piel» o «encontrarse a gusto» o incluso «a tope», hoy tan traídos y llevados; sino a su progreso objetivo como persona humana.

No a la felicidad-dicha, sino a la felicidad-perfección.

Para ellos, la felicidad consistía primordial y esencialmente en la adeptio boni seu ultimi finis: en la conquista progresiva, y luego total, del bien o fin último del hombre en cuanto hombre. O, con otras palabras, en su perfección como persona, en su estado pleno o completo: por cuanto el último fin era ese bien perfecto que completaba a quien lo conseguía en su índole estrictamente personal (bonum perfectum et completivum sui).

Y de la consecución de esa perfección o mejora (la felicidad-perfección) se seguía o derivaba la dicha consiguiente (la felicidad-dicha).

Para los filósofos clásicos, la felicidad-“perfección”
era la causa o fundamento de la felicidad-“dicha”

La versión actual: el «derecho» a ser feliz

En la actualidad, no. Hoy las cosas han cambiado radicalmente. Hoy, cuando alguien se queja de que no es feliz, apela por lo común a un estado subjetivo de insatisfacción más o menos acentuada: la vida que lleva, el trabajo que realiza, el dinero de que dispone, las personas con

quienes se relaciona, los bienes que consume y de los que pretende disfrutar, no consiguen proporcionarle el placer, la dicha, a los que tiene… ¡derecho!

Porque esta sería una segunda gran diferencia entre el planteamiento clásico y el contemporáneo.

  • Cuando los discípulos medievales de Aristóteles hablaban de tendencia natural de todo hombre a ser feliz, entendían la conquista de la perfección última personal como un deber que afecta naturalmente a cualquier ser humano, instándole a dirigir todos sus esfuerzos hacia el logro de la perfección en que la felicidad esencialmente consiste.
  • En la actualidad, por el contrario, se reivindica de continuo el derecho a ser feliz, dichoso; y toda la existencia se encamina en pos de la felicidad, entendida tantas veces como simple gozo hedonista.

Pero suele olvidarse la índole de efecto colateral que corresponde a  esa delectación. Y como tampoco se considera en serio la obligación de perfeccionarse en cuanto persona, resulta imposible que sobrevenga esa dicha que, según su esencia más íntima, no constituye sino un índice y consecuencia de la propia mejora personal.

Hoy se busca la dicha,
olvidando la perfección en la que se fundamenta

¡Tremenda injusticia, frustración y rencor!

Y no es eso lo peor.

1) Por una parte, al concebir la felicidad-placer como un derecho fundamental, debido a toda persona por el simple hecho de serlo, el no conquistarla se vivencia como flagrante injusticia, y genera un continuo estado de frustración, e incluso de rencor o resentimiento, que incrementa más y más la propia desdicha, desembocando a veces en desesperanza y en desesperación.

2) Por otra —y esto sería lo más decisivo—, la persecución del propio gozo como objetivo supremo resulta —según veremos— frontal y absolutamente incompatible con la efectiva consecución de la plenitud real, que colma al hombre como hombre, perfeccionándolo.

3) En consecuencia, en la medida en que se persigue de forma directa la dicha, se descuida, asimismo —o incluso se impide—, el logro de la propia perfección y, por tanto, la satisfacción que de ella se derivaría. Al buscar directamente el gozo… se hace imposible alcanzarlo.

El gran equívoco de la civilización actual consiste, entonces, en haber tergiversado el sentido radical de la felicidad: pues esta ya no alude de manera inmediata a un estado de perfección o desarrollo personal, derivado de la obtención de un bien, sino a una impresión subjetiva, que pretende alcanzarse con independencia del propio perfeccionamiento real u objetivo.

Hasta qué punto este planteamiento trastocado resulte lesivo para la conquista del objetivo que se proponen —vivir dichosos—, es algo que experimentan en su propia carne, desencantados y doloridos, una buena porción de nuestros contemporáneos.

Perseguir directamente la dicha
implica desatender su fundamento…
e impide alcanzarla

 

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Nota:

Un desarrollo bastante más amplio de este tema puede encontrarse en Melendo, Tomás: Amar, aquí y ahoraEdufamilia (www.amazon).

 

(Continuará)

 Tomás Melendo
www.edufamilia.com