Amor y felicidad en el matrimonio (13. El fundamento de la felicidad)

Felices o infelices, según nuestro modo de obrar.

Quedó claro en el artículo anterior que la felicidad solo se consigue cuando no se la persigue.

Pero ¿es también correcta la proposición contraria? ¿Basta con dejar de perseguir expresa y directamente la felicidad, para que ésta llame a nuestras puertas? ¿Es suficiente con olvidarse de la propia dicha, para que la felicidad nos sobrevenga y nos sintamos felices y dichosos?

Más adelante expondré lo que hay de cierto en este planteamiento. Por ahora, me enfrentaré a él dando un rodeo. Ya que, según recordaba con acierto Cervantes, «cada uno es artífice de su ventura»: de su buena o de su mala ventura.

Lo cual, con otras palabras, significa que la felicidad o la infelicidad dependen en gran parte de nuestra propia conducta, de la manera como cada cual nos comportamos. Y con ello comienza a apuntarse la respuesta al interrogante que más nos interesa responder: ¿cuál es el fundamento de la felicidad?

¿Cuál es el fundamento de la felicidad?

Perfección y deleite

Acudamos a la filosofía, para distinguir entre dos elementos clave, de gran importancia para nuestro tema: la perfección o plenitud, por un lado, y el gozo o deleite, por el otro.

  •  Por una parte, estaría la perfección que alcanza el ser humano cuando consigue un beach-2179624_1920determinado bien: cuando escucha una buena sinfonía, contempla una puesta de sol, vence la pereza para hacer un favor a un amigo…
  •  Y, por otra, se situaría el gozo derivado de esa conquista. Por ejemplo, ante el espectáculo del amanecer, la vista, la memoria, la imaginación y las restantes facultades cognoscitivas actúan de manera fluida y conveniente. Es decir, ejercen con perfección la tarea que por naturaleza les corresponde, y de esa perfección se deriva el deleite que experimentamos.

Conviene distinguir entre la perfección que alcanzamos con nuestro obrar y el gozo que de ahí se deriva

Lo objetivo y lo subjetivo

Estamos, pues, ante dos aspectos de la realidad estrechamente ligados, pero que se pueden y se deben diferenciar.

  • El primero de ellos —la perfección— constituye un bien objetivo. Algo que incrementa la valía del ser humano, contribuyendo a su desarrollo.
  • El segundo elemento —el placer, en sus más variadas formas— constituye la resonancia subjetiva de esa perfección o mejora objetiva. No es tanto algo que nos perfecciona, sino un indicio o señal de que nos hemos perfeccionado, de manera similar a como el dolor es normalmente un síntoma de que algo anda mal en nosotros.

El placer o el gozo son normalmente indicios
de que se ha alcanzado cierta perfección

Habitualmente unido, pues, aunque distintos

Y la prueba más clara de que no se identifican es que pueden separarse, natural o artificialmente.

  • Por ejemplo, en ocasiones, el primero de los componentes puede darse sin el segundo, que de audience-868074_1920ordinario sí se deriva de él: y, así, en circunstancias de especial nostalgia o de decaimiento físico, la melodía que otras veces nos había entusiasmado, ahora nos deja fríos…
  • Y, al contrario, como se comprueba abundantemente con el alcohol y la droga, hay veces en que el deleite, el segundo elemento, se logra de manera artificial, sin conquistar antes —como sería lo natural— la perfección de la que ese gozo normalmente deriva; o, más todavía, uno se procura de manera directa ese gusto… precisamente porque se siente decaído, sin fuerzas, insatisfecho: humanamente no-realizado.

El gozo y la felicidad se distinguen de su fundamento

El deleite, síntoma de perfección

Perfección objetiva, por tanto, y delectación subjetiva, derivada de ella: esta distinción filosófica nos ayudará a acabar de entender lo que antes considerábamos desde la perspectiva de la psiquiatría.

  • El deleite, cualquier placer de cierta envergadura, no debe perseguirse de manera directa porque, por su misma naturaleza, constituye la secuela o consecuencia, subjetivamente experimentada, de cierta perfección.
  • De manera semejante a como el dolor fisiológico constituye un síntoma, un aviso de que algo no funciona en nuestro organismo, el gozo que experimentamos suele ser una señal de que se ha logrado un bien: la impresión subjetiva que deriva de la perfección alcanzada.

De forma natural, pues, la delectación va a remolque del bien objetivo, de la perfección. Por consiguiente, empeñarse en generarla directamente, prescindiendo del progreso real y objetivo al que sigue, nos condena al más rotundo de los fracasos.

Incluso en las circunstancias en las que, de forma artificial, lograra suscitarse el placer —la droga, por ejemplo—, se estaría actuando contra el orden de la naturaleza: se introduciría, entonces, una especie de fractura en lo más íntimo de nuestro ser, que lo conduciría hacia su destrucción, manifestada a menudo por medio de perturbaciones psíquicas y siempre, por una fundamental insatisfacción o infelicidad.

El placer sigue a la propia mejora
como el dolor sigue a la enfermedad

¡Respetemos la naturaleza!

Conclusión:

Invertir la secuencia de las relaciones entre perfección y dicha —intentar engendrar esta segunda prescindiendo del bien que la provoca, o sustituyéndolo por un bien sólo aparente— es obrar contra natura, contra la misma naturaleza. Y esto no puede hacerse impunemente.

Lo recuerda, de nuevo, Lukas: «El placer no es la meta central de nuestras aspiraciones. Es algo que acompaña a la acción dotada de sentido».

O, con palabras muy semejantes, que refiere a su maestro, Víktor Frankl: «Cuando el ser humano encuentra un sentido, entonces (y solo entonces) es feliz».

Pretender alcanzar la dicha prescindiendo de su fundamento…
tarde o temprano desemboca en fracaso

 

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Nota:

Un desarrollo bastante más amplio de este tema puede encontrarse en Melendo, Tomás: Amar, aquí y ahoraEdufamilia (www.amazon).

 

(Continuará)

 Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es