Amor y felicidad en el matrimonio (10. La felicidad, recompensa no buscada)

Un auténtico regalo.

Sabemos ya que la felicidad y la alegría no pueden alcanzarse de manera directa, sino que sobrevienen como consecuencia no perseguida, como un efecto secundario no buscado, como una estricta e inmerecida recompensa.

Mme. Amiel-Lapeyre lo había ya anunciado en sus Pensées sauvages, con expresiva metáfora: «Cuando la felicidad nos sale al paso nunca lleva el hábito con que nosotros pensábamos encontrarla».

Antoine de Saint-Exupéry ha insistido en la misma idea: «Si deseas comprender la palabra “felicidad”, debes entenderla como retribución y no como meta».

Y Josef Pieper ha sabido recordarlo, con austera claridad: «Puesto que nos movemos hacia la felicidad en una ciega búsqueda, siempre que llegamos a ser felices nos sucede algo imprevisto, algo que no podíamos anticipar y que, por tanto, permanecía sustraído a toda planificación y proyecto. La felicidad es esencialmente un regalo».

La felicidad es esencialmente un regalo

El gozo de lo imprevisto

Irá quedando claro, en artículos posteriores, el sentido en que debe entenderse que la búsqueda de la felicidad es ciega y constituye una dádiva gratuita.

boy-476092_1920Por ahora basta acudir a la experiencia y comprobar que los hilos que mueven el propio bienestar no se encuentran por completo en nuestras manos; que con la propia dicha nos enfrentamos como con esos objetivos que no dependen inmediata ni plenamente de nuestra voluntad ni de nuestro esfuerzo; que muchas veces no sabemos determinar, ni siquiera de forma aproximada, los motivos de nuestro regocijo o, en el extremo opuesto, de nuestros malhumores, desánimos o depresiones.

Pero, sobre todo, interesa subrayar otra experiencia también bastante común: que, especialmente en las alegrías más entrañables y profundas, el alborozo y la satisfacción interiores se nos ofrecen como algo radicalmente gratuito, como una delicia que viene a colmar nuestras ambiciones… mucho más allá de lo que, en estricta justicia, considerábamos merecer.

Es lo que asegura Étienne Rey, en su Peau Neuve: «para gustar plenamente de la felicidad, no hay como sentirse indigno de ella».

Lo que subraya Thiandière, en sus Notes d’un pessimiste: «las venturas más dulces para el alma son las que nos llegan sin esperarlas».

Y lo que, de manera en extremo intuitiva y sin duda bellísima, dejó escrito Pedro Salinas: «Y súbita, de pronto, / porque sí, la alegría. / Sola, porque ella quiso, / vino. Tan vertical, / tan gracia inesperada, / tan dádiva caída, / que no puedo creer / que sea para mí».

Para gustar plenamente de la felicidad,
no hay como sentirse indigno de ella
Leer también:

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Nota:

Un desarrollo bastante más amplio de este tema puede encontrarse en Melendo, Tomás: Amar, aquí y ahoraEdufamilia (www.amazon).

 

(Continuará)

 Tomás Melendo
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